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Madiba: Lecciones para Chile


"Tuvo todo para ser uno más de los innumerables presidentes africanos de izquierda que llegaron al poder (... ) y terminaron hundiendo a sus pueblos en corrupción, miseria y violencia. Madiba fue distinto en 3 conceptos que no abundan en la política..."

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Con esa mezcla de grandeza, solemnidad y sencillez, que muchos quieren atribuir a su condición de abogado, pero que yo aprecio en los estadistas, se fue Nelson Mandela o Madiba como lo trataban con respeto los suyos. Pasará a la historia como uno de los líderes más grandes del siglo XX, integrando el salón de la fama que completan Churchill, Thatcher y Adenauer. Tuvo todo para ser uno más de los innumerables presidentes africanos de izquierda que llegaron al poder revestidos de popularidad, autoridad y apoyo extranjero (Kabila, Mugabe, Mobutu, etc.) y terminaron hundiendo a sus pueblos en corrupción, miseria y violencia. Madiba fue distinto en 3 conceptos que no abundan en la política.

Liderazgo. Madiba entendió que no lo eligieron Presidente de Sudáfrica para obedecer a la mayoría que lo apoyó, sino que para liderar a todos los sudafricanos hacia un mundo de democracia, tolerancia y prosperidad. Desde el primer día se sintió Presidente de todos y gobernó como tal, no tuvo reparos en desoír a la mayoría cuando su instinto político y su sentido común le enseñaban que su país debía transitar por otro camino.

Perdón y reconciliación. Madiba, teniendo las mejores razones personales e históricas del mundo y gozando de un apoyo gigantesco, no se dejó llevar por el humano deseo de revancha del "ni perdón ni olvido", sino que promovió el "perdón sin olvido". Por conveniencia y convicción entendió que su país necesitaba de todos y especialmente de la minoría blanca mejor educada. Madiba como estudioso de la historia, sabía el efecto devastador que tuvo para la economía y cultura española la intolerancia y posterior expulsión de los judíos; para Turquía la expulsión de los griegos; para los polacos la de los alemanes y sin ir más lejos para Zimbawe la pérdida de capital humano que sufrió por la intolerancia hacia la minoría blanca. Por eso, Madiba impulsó la tolerancia y reconciliación racial y social, evitando revanchismos. A Sudáfrica no le sobraba nadie y él se preocupó de que fuera un hogar multirracial.

Prosperidad. Madiba entendió cuál era el origen del desarrollo y la prosperidad y la resumió en una sola frase: "La riqueza no asegura el éxito, solo la libertad para crearla lo hace". Contra toda recomendación lo primero que hizo fue asegurar derechos de propiedad, recorrió el mundo tratando de atraer inversión extranjera, se preocupó de combatir el crimen creciente y se centró en mejorar la educación de su pueblo. Madiba tenía claro que la riqueza de un pueblo está en la educación, el respeto al derecho de propiedad y generar una economía inclusiva en que todos puedan participar con libertad y sin miedo a ser esquilmados por el poderoso de turno, sea, una casta, el Estado, la tribu vecina o una combinación de ellos.

Hoy está entre los libros más vendidos en el mundo uno que se llama "Por qué fracasan las naciones" (Acemoglu y Robinson). En síntesis, el libro señala que los países prosperan cuando dan libertad a sus ciudadanos para crear y el gobierno les respeta los derechos para prosperar sin expoliarlos. Con innumerables ejemplos muestra el auge y caída de sociedades cuando permiten que unos pocos se enquisten en el poder, restrinjan la libertad del resto para prosperar y se dedican a explotarlos, limitando competencia y debilitando el derecho de propiedad.

Con ese instinto, inteligencia y humanidad que solo aparecen rara vez en la historia, Madiba, intuyó el contenido de ese libro y tuvo el sentido común de reinsertar a su país en el mapa del mundo civilizado, de la democracia, del respeto de los derechos personales y de la promoción de la libertad como motor del desarrollo de los países. Por eso, Madiba puede descansar en paz: vivió, sufrió, lideró y dejó un país mejor del que encontró.

La nostalgia de lo que nunca fue...‏


Somos depositarios 
de un impulso muy latinoamericano:
la nostalgia de lo que nunca fue. 
El inquietante enigma 
que tal vez acompañe
un estado de ánimo como ese
-de cara al futuro-
es su incierto pronóstico,
ya que es sabido 
que lo mas difícil de predecir 
es el pasado que no ocurrió...

Sergio Larraín, pintor

Revista Qué Pasa, jueves 26 de diciembre de 2013
http://www.quepasa.cl/articulo/opinion---posteos/2013/12/20-13465-9-sergio-larrain-pintor.shtml

En su libro "Mi padre, la pintura y yo", Gregoria Larraín, hija del mítico fotógrafo Sergio Larraín, fallecido el 2012, reflexiona sobre la libertad que el reclusivo genio encontró en los pinceles cuando decidió abandonar el lente.
Hubo un momento, nadie sabe con certeza cuándo, en que el fotógrafo chileno Sergio Larraín (1931-2012) decidió colgar la cámara. Abandonar el mundo que había retratado, incansable, talentoso, para revistas como Life, Paris Match y O’Globo.  Hay quienes piensan que el punto de quiebre fue su inmersión, durante meses, en la mafia siciliana. Que el retrato de un capo di tutti lo perturbó de tal manera que quiso romper con todo. Otros creen que su participación en el grupo Arica, a comienzos de los 70, cambió su perspectiva de ver el mundo. Que lo volvió más austero todavía, un ermitaño, alguien volcado hacia lo mínimo. Alguien obsesionado con el presente, con la abolición del ego.

En 1999, Sergio Larraín sumaba años convertido en el gran mito de la fotografía chilena. Miembro de la prestigiosa agencia Magnum y dueño de un estilo único, sutil, vivía retirado en un campo de la IV Región. Por entonces me encomendaron entrevistarlo, pero en su vida de anacoreta no cabían las grabadoras ni las entrevistas. Al golpear la puerta de su casa en Ovalle, Larraín me dijo que no recibía a periodistas. Que ya no le interesaba la fotografía. Que la solución al caos y a la sobrepoblación mundial era la práctica del yoga. Que su última afición era el óleo. Y que salía a pintar atardeceres, en tiempo real, mientras durara la luz del sol.

Sergio Larraín tenía 68 años. 

Pese a su negativa inicial, me abrió la puerta de su casa, una construcción de adobe con un largo zaguán, un patio en el centro, una banca donde se sentaba “a aburrirse”. Me mostró la habitación que le servía de sala de pintura: había una alfombra de totora sobre el suelo, un bolso café con dos pinceles y una pequeña brocha. Todo lo que sabía de óleo se lo había enseñado Adolfo Couve.

Hace unos meses su hija Gregoria publicó el libro Mi padre, la pintura y yo, en la que recoge sus reflexiones personales sobre el oficio artístico -Gregoria estudió Licenciatura en Arte con mención en pintura-, aborda la compleja relación que tuvo con su padre y cuenta de qué modo la pintura le dio al viejo fotógrafo una libertad insospechada que compartía con sus alumnos de yoga: “Olvidándose por unos momentos de sus preocupaciones por el planeta, iba con sus alumnos al campo. Ponía un poncho en el suelo y ahí se instalaba. Partían de madrugada y, cuando el día estaba más avanzado, regresaban con sus obras… Eran paisajes al óleo, con un estilo que intentaba acercarse al impresionismo. Nadie podía firmarlos, para no ‘fomentar el ego’. Mi padre lo hacía a veces con las letras AD, que significaban ‘Adorando a Dios’”.

En algún momento, Gregoria quiso que su padre retomara la fotografía y se ofreció a ayudarlo. Sólo consiguió despertar su ira, que la echara de la casa, que la enviara a hacer sus propias cosas. Ella construyó su propio camino. En algún momento, ambas rutas se encontraron. Meses antes de su muerte, el viejo fotógrafo ya sabía que estaba enfermo y se negaba a visitar un hospital. Gregoria decidió respetar sus renuncias, seguirle el ritmo. El final lo pilló, escribe ella, “a la hora azul, cuando los blancos de las paredes cambian de color, en su celda de monje, sin doctores ni hospitales, rezando por el mundo…”. 

Nadie sabrá, jamás, qué lo llevó a renunciar al lente y dedicar sus últimos años a los pinceles. En am

Sergio Larraín, pintor

En su libro "Mi padre, la pintura y yo", Gregoria Larraín, hija del mítico fotógrafo Sergio Larraín, fallecido el 2012, reflexiona sobre la libertad que el reclusivo genio encontró en los pinceles cuando decidió abandonar el lente.
Hubo un momento, nadie sabe con certeza cuándo, en que el fotógrafo chileno Sergio Larraín (1931-2012) decidió colgar la cámara. Abandonar el mundo que había retratado, incansable, talentoso, para revistas como Life, Paris Match y O’Globo.  Hay quienes piensan que el punto de quiebre fue su inmersión, durante meses, en la mafia siciliana. Que el retrato de un capo di tutti lo perturbó de tal manera que quiso romper con todo. Otros creen que su participación en el grupo Arica, a comienzos de los 70, cambió su perspectiva de ver el mundo. Que lo volvió más austero todavía, un ermitaño, alguien volcado hacia lo mínimo. Alguien obsesionado con el presente, con la abolición del ego.

En 1999, Sergio Larraín sumaba años convertido en el gran mito de la fotografía chilena. Miembro de la prestigiosa agencia Magnum y dueño de un estilo único, sutil, vivía retirado en un campo de la IV Región. Por entonces me encomendaron entrevistarlo, pero en su vida de anacoreta no cabían las grabadoras ni las entrevistas. Al golpear la puerta de su casa en Ovalle, Larraín me dijo que no recibía a periodistas. Que ya no le interesaba la fotografía. Que la solución al caos y a la sobrepoblación mundial era la práctica del yoga. Que su última afición era el óleo. Y que salía a pintar atardeceres, en tiempo real, mientras durara la luz del sol.

Sergio Larraín tenía 68 años. 

Pese a su negativa inicial, me abrió la puerta de su casa, una construcción de adobe con un largo zaguán, un patio en el centro, una banca donde se sentaba “a aburrirse”. Me mostró la habitación que le servía de sala de pintura: había una alfombra de totora sobre el suelo, un bolso café con dos pinceles y una pequeña brocha. Todo lo que sabía de óleo se lo había enseñado Adolfo Couve.

Hace unos meses su hija Gregoria publicó el libro Mi padre, la pintura y yo, en la que recoge sus reflexiones personales sobre el oficio artístico -Gregoria estudió Licenciatura en Arte con mención en pintura-, aborda la compleja relación que tuvo con su padre y cuenta de qué modo la pintura le dio al viejo fotógrafo una libertad insospechada que compartía con sus alumnos de yoga: “Olvidándose por unos momentos de sus preocupaciones por el planeta, iba con sus alumnos al campo. Ponía un poncho en el suelo y ahí se instalaba. Partían de madrugada y, cuando el día estaba más avanzado, regresaban con sus obras… Eran paisajes al óleo, con un estilo que intentaba acercarse al impresionismo. Nadie podía firmarlos, para no ‘fomentar el ego’. Mi padre lo hacía a veces con las letras AD, que significaban ‘Adorando a Dios’”.

En algún momento, Gregoria quiso que su padre retomara la fotografía y se ofreció a ayudarlo. Sólo consiguió despertar su ira, que la echara de la casa, que la enviara a hacer sus propias cosas. Ella construyó su propio camino. En algún momento, ambas rutas se encontraron. Meses antes de su muerte, el viejo fotógrafo ya sabía que estaba enfermo y se negaba a visitar un hospital. Gregoria decidió respetar sus renuncias, seguirle el ritmo. El final lo pilló, escribe ella, “a la hora azul, cuando los blancos de las paredes cambian de color, en su celda de monje, sin doctores ni hospitales, rezando por el mundo…”. 

Nadie sabrá, jamás, qué lo llevó a renunciar al lente y dedicar sus últimos años a los pinceles. En ambas expresiones, sin embargo, persistía la misma austeridad, un estilo alejado de la parafernalia, el que podremos ver en la retrospectiva que para 2014 prepara el MNBA con su obra fotográfica. Quizás la clave esté en aquella cita del propio Larraín que Gregoria recoge en su libro y que habla de una convicción profunda: “El arte es una aproximación al estado de iluminación”.
 
     
  bas expresiones, sin embargo, persistía la misma austeridad, un estilo alejado de la parafernalia, el que podremos ver en la retrospectiva que para 2014 prepara el MNBA con su obra fotográfica. Quizás la clave esté en aquella cita del propio Larraín que Gregoria recoge en su libro y que habla de una convicción profunda: “El arte es una aproximación al estado de iluminación”.

    Bachelet y el triunfo de los idiotas

    Este es un articulo de Mauricio Rojas, "un mirista" que se exilió en Suecia para el 11.  Estudió y se transformó en un liberal. Fué diputado en Suecia y hoy es un renombrado intelectual liberal.

    17 diciembre 2013

    Bachelet y el triunfo de los idiotas

      La Razón
      Madrid
    Como era de esperar, Michelle Bachelet obtuvo un amplio triunfo en las elecciones chilenas. Sin embargo, esta victoria esconde el rotundo fracaso de su aspiración de constituir una “nueva mayoría”. Tanto en la primera vuelta como este domingo, la mayoría no concurrió a sufragar y los votos de Bachelet no llegaron ni a un tercio del electorado potencial. En suma, ganaron los idiotas, en el sentido original de la palabra: los que no se interesan por la cosa pública, volcando toda su atención hacia lo privado. A su vez, ha sido el desinterés de los idiotas el que ha hecho posible que una minoría radicalizada controle la agenda política chilena y le haya puesto su sello a las elecciones recién pasadas. Esta es la paradoja del Chile actual y será la tensión entre estos dos Chiles la que determinará el futuro del país.
    Tanto el Chile político como el apolítico son fruto del rápido progreso de las últimas décadas. De 1986 a 2013 el PIB chileno creció a una tasa anual de 5,5%, lo que triplicó el ingreso per cápita y provocó una transformación extraordinaria de la sociedad chilena. Según un estudio reciente del Banco Mundial, Chile fue el país con mayor movilidad ascendente en América Latina entre 1992 y 2009. En ese lapso, casi dos tercios de la población “cambiaron de clase”, pasando de la pobreza a la vulnerabilidad o de la vulnerabilidad a la clase media. Incluso el ser pobre cambió radicalmente. Los pobres, que hoy son apenas una cuarta parte de lo que eran en 1987, disponen de un ingreso real que, en promedio, más que duplica el que tenían 1990.
    Este enorme cambio ha llevado aparejada una verdadera revolución educativa, que de 1980 a 2013 multiplicó por diez el número de estudiantes de la educación superior. Al mismo tiempo, se amplió enormemente el acceso a viviendas mejores, bienes de consumo duraderos, medios modernos de transporte y comunicación, viajes y otros componentes de un nivel de vida que se acerca al de los países de altos ingresos.
    Estos cambios han redimensionado el horizonte de problemas y aspiraciones de los chilenos. Atrás han quedado las inquietudes propias de una sociedad pobre y se han abierto paso las de los nuevos sectores emergentes. Está evolución desplazó las demandas sociales de la cantidad a la calidad y de la pobreza a la desigualdad. De aspirar a más viviendas, educación o empleos a exigir viviendas, educación o empleos de calidad, y de la tasa de crecimiento en sí misma a la distribución de sus frutos. Con ello, se hicieron visibles las deficiencias de un desarrollo que, efectivamente, dejó mucho que desear en ambos aspectos. Además, se dio un fenómeno paradojal: el progreso mismo hizo que las expectativas crecieran mucho más rápidamente que la capacidad de satisfacerlas, generando un descontento o “malestar del éxito” que aumentaba cuanto más avances se lograban.
    2011 fue el año donde todo este cambio se volcó a las calles de una manera sorprendente: los más beneficiados por el modelo de desarrollo seguido, es decir, los jóvenes chilenos, se volvieron mayoritaria y bulliciosamente en su contra. Los que así lo hacían pertenecen a la generación que de lejos ha gozado de mejores condiciones de vida en la historia del país, y justamente por ello dan por sentado lo que tienen y quieren mucho más, y tienen prisa.
    Lo distintivo de los movimientos del 2011 fue su escalada ideológica. Los problemas concretos que los motivaron derivaron rápidamente en una crítica al conjunto del modelo social imperante. Esta ideologización del descontento respondió a la presencia de dirigentes políticamente formados, que difundieron un potente discurso crítico que describió a la sociedad chilena como una “sociedad de mercado”, abusiva y penetrada por el egoísmo y el consumismo, proponiendo como alternativa un proyecto social con “más Estado y menos mercado”, que entroncase con el Chile socializante previo al golpe militar de 1973.
    Así, el imaginario político de la sociedad chilena dio un salto hacia la izquierda, si bien su cotidianeidad siguió impregnada por los valores y logros de un sistema que ahora concitaba un creciente repudio. Se trata de una notable discrepancia entre objetividad y subjetividad, entre un país profundamente apolítico y las opciones que su minoría ideologizada impone en la escena política. Es como sí, para usar la metáfora de Goethe, dos almas habitaran en el pecho del Chile actual, una aferrada a lo terrenal y cotidiano y otra entregada a lo soñador y utópico.
    Este es el contexto del triunfo de Bachelet, que representa la victoria del Chile minoritario, más político y utópico, sobre el Chile mayoritario, más apolítico y terrenal, que se abstuvo o votó por la candidata de la continuidad, Evelyn Matthei.
    Esto crea una compleja situación a futuro. El dilema de Michelle Bachelet será, guardando las proporciones, similar al de Salvador Allende a comienzos de los 70: los sectores más extremos de su base de apoyo (que manejan “la calle”) tenderán a desbordarla, exigiendo una radicalización del gobierno que, de hacerse realidad, haría peligrar muchos de los logros alcanzados por Chile.
    En ese caso, el Chile apolítico descubriría que la política –en especial la mala política– sí importa: le tocaría sus perspectivas de progreso, sus márgenes de libertad y, no menos, su bolsillo. Y finalmente será ese Chile, más que la actual y mediomoribunda centroderecha, el que será el gran freno de una eventual deriva utópico-socialista de la futura presidenta.
    Así, el gobierno de Bachelet se verá desgarrado por la tensión entre la marejada izquierdista que la llevó al poder y la resaca realista de un Chile mayoritario que no aceptará poner en peligro lo logrado con tanto esfuerzo. A poco andar, Michelle Bachelet descubrirá que, como se dice en Chile, el Palacio presidencial de La Moneda es “la casa donde tanto se sufre”.
    El autor es miembro del Consejo Académico de la Fundación para el Progreso (Chile) y ex diputado del Parlamento de Suecia, país donde se exilió durante la dictadura de Pinochet.

    El Tren de la vida:



    La vida es como un viaje en un tren, con sus estaciones, sus cambios de vías, sus accidentes!!! Al nacer nos subimos al tren y nos encontramos con nuestros padres, y creemos que siempre viajaran a nuestro lado, pero en alguna estación ellos se bajaran dejándonos en el viaje solos. De la misma forma se subirán otras personas, serán significativas: nuestros hermanos, amigos, hijos y hasta el amor de nuestra vida. Muchos bajaran y dejaran un vacío permanente.. Otros pasan tan desapercibidos que ni nos damos cuenta que desocuparon sus asientos!! Este viaje estará lleno de alegrías, tristezas, fantasías, esperas y despedidas. El éxito consiste en tener una buena relación con todos los pasajeros, en dar lo mejor de nosotros. El gran misterio para todos, es que no sabemos en que estación nos bajaremos, por eso, debemos vivir de la mejor manera, amar, perdonar, ofrecer lo mejor de nosotros... Así, cuando llegue el momento de desembarcar y quede nuestro asiento vacío, dejemos bonitos recuerdos a los que continúan viajando en el tren de la vida!!!! Te deseo que el viaje en  tu tren para el año q viene sea mejor cada día, cosechando éxitos y dando mucho amor. Ah! Os doy las gracias a todos por ser pasajeros de mi tren.

    ¡Feliz y Santa Navidad y un Próspero Año 2014!Árbol de navidadRegalo

    El eremita del Cerro Alvarado‏


    El ermitaño de La Dehesa

    En uno de los barrios más acomodados de la capital, en el límite entre Lo Barnechea y Vitacura, vive Ignacio Nelson Antipán. Un eremita que le hace el quite a la ciudad.  

    por Sebastián Sottorff 
    Diario El Mercurio, lunes 23 de diciembre de 2013

    Antes de las autopistas, los condominios y el TAG. Antes de que La Dehesa fuera La Dehesa, con sus hermosas casas y sus pudientes vecinos, todo el vasto sector que rodea al cerro Alvarado, en el límite de las comunas de Lo Barnechea y Vitacura, era un gigantesco campo. Uno repleto de parcelas y sectores agrícolas que con el paso del tiempo se fue transformando en lo que es hoy: una de las zonas más acomodadas de la capital.
    Y ahí, como un espectador silencioso, Ignacio Nelson Antipán (63) ha visto cómo la tierra le ha cedido espacio al pavimento y cómo es que el progreso, con sus cosas buenas y malas, lo terminaron relegando a la más completa soledad. Él es un ermitaño por opción. Uno que convive hace más de treinta años junto a los "paltones".
    -Este lugar era completamente distinto y no había nada de lo que hay hoy. No había mansiones o autos caros. Es que las cosas han cambiado mucho y la gente está muy mala. En cambio, acá vivo tranquilo, sin riesgos de que alguien me pueda hacer un mal.
    A su lado, un trío de perros no le pierde la pista. El Jaibón, el Teniente y el Pañuelo no se separan de su amo nunca y recorren junto a él el escarpado terreno donde este hombre instaló, hace tres décadas, su vida.
    La casa, una mezcla de paneles de madera y tablones reciclados, mira hacia la Costanera Norte, antes del cruce con la avenida San Francisco de Asís. Está escondida entre las ramas y no tiene luz, agua ni baño. "Es que no necesito más", dice.
    Según la encuesta Casen 2011, con un 0,1%, Vitacura es la comuna de Chile con la tasa más baja de pobreza. Lo Barnechea, en cambio, tiene un 10,3%.
    Ignacio Antipán es parte de esa estadística. Él no lo sabe y tampoco le importa. Las cosas que suceden desde su cerro hacia afuera poco le interesan.
    Del campo a la ciudad
    Oriundo de Nueva Imperial, en la Novena Región, don Ignacio abandonó su ciudad natal para encontrar trabajo. Llegó a Santiago "con lo puesto" y se instaló como pudo en el cerro Alvarado. Vivió algunos años en el campamento Juan Pablo II, en la ribera opuesta del Mapocho, pero nunca se "halló".
    -No fumo, no tomo, no trasnocho. Puro trabajo nada más y algunas personas pasaban tomando o haciendo mal. Nunca me acostumbré a las poblaciones. Si uno no da una chaucha, se ponen agresivos y acá estoy tranquilito, sin preocupaciones.
    Aquí, sus únicos vecinos son una familia evangélica y un hombre que, como él, también vive solo. En construcciones tan frágiles como la suya, y con quienes, en todo caso, no comparte.
    Se gana sus pesos como jornal en una construcción de Lo Barnechea y, consciente de que el lugar donde vive no es suyo, Antipán solo espera que pase el tiempo. En dos años más se jubila y el terreno que habita pronto será urbanizado. Con ello, su frágil hogar pasará a la historia.
    -Van a hacer unos departamentos nuevecitos acá y yo apenas me jubile me devuelvo a mi tierra natal. Solo espero que me alcance el tiempo. Así que voy a tener que dejar el barrio alto no más. Dejar la vida de ricachón y largarme a mi tierra natal. Porque a mí nunca me ha gustado la ciudad.

    La evolución es más sabia para las constituciones que la tábula rasa‏



    Tribuna
    Diario El Mercurio, Lunes 23 de diciembre de 2013

    Asamblea constituyente y página en blanco

    Álvaro Fischer: “...si se quiere cambiar la Constitución, es preferible acometer el camino de la reforma, incluso todas las veces que sea necesario, a pesar de los altos consensos que ello exige...”


    La propuesta de modificar la Constitución mediante una asamblea constituyente, cualquiera sea la metodología para instituirla, lleva implícita la idea de comenzar con una “página en blanco”, como ha dicho el ex Presidente Lagos. En ese sentido, la asamblea constituyente es una fórmula distinta que recurrir al expediente de reformarla. Reformar la Constitución, aun en el caso de cambios fundamentales en su orientación filosófica, implica identificar aquellos elementos que requieran ser eliminados o agregados, así como aquellos cuya redacción necesite ser precisada o corregida, y luego proceder acorde. Incluso, si una vez terminado ese proceso se escribe una nueva Constitución, que armonice y pula los ripios de redacción que hayan quedado, la postura intencional tras esa reforma es muy distinta a la que se tiene cuando se instituye una asamblea constituyente.

    En efecto, la “página en blanco” sugiere que todas las opciones están disponibles y que solo la creatividad y la imaginación de quienes compongan la asamblea es el límite para lo que su redacción contenga. Pero una Constitución es un documento cuyo contenido y redacción, por lo delicado de las consecuencias a que ella da lugar, requiere aprovechar todo el conocimiento y la experiencia acumulada disponible —tanto para utilizar las fórmulas que han probado servir y desechar las que han dado malos resultados, cualquiera sea la filosofía inspiradora como para escoger la correcta manera de redactarlas—, lo que una asamblea constituyente está lejos de garantizar. Piénsese, por ejemplo, en una asamblea constituyente compuesta por todos los concejales de todas las comunas del país, como ha sido sugerido.

    Partir una nueva Constitución desde cero, como frente a un tablero de dibujo, o bien, reformar lo que hay mediante correcciones a los problemas que su aplicación haya revelado son metodologías muy distintas. La primera es creativa y la segunda es acumulativa. El filósofo Daniel Dennett ejemplifica ambos criterios en un contexto distinto. Supongamos, dice Dennett, que alguien desea ser congelado para reaparecer de nuevo el año 2500, y le encarga el diseño del proyecto a un conjunto de especialistas. Estos se ponen a pensar frente a “una página en blanco”. Necesitan una máquina donde instalar al mandante, con conexión a una fuente de energía externa que lo mantenga congelado y con vigilancia permanente que asegure que nada falle. Pero, una vez logrado eso, ¿cómo seguir de ahí al año 2500? ¿El dispositivo estará fijo o podrá moverse? Obviamente, debe tener la capacidad moverse. Y, ¿qué pasa si se le acaba la energía? Debe tener maneras de generarla y, eventualmente, intercambiarla con otras entidades que puedan ofrecérsela de maneras más eficientes. Las preguntas de ese tipo son interminables, como incontables son las situaciones posibles a las que habría que anticiparse para diseñarlo bien. Finalmente, los especialistas concluyen que esa máquina ya existe, y que fue construida por ensayo y error por medio de pequeñas modificaciones a través del tiempo. Es el genoma humano. Este es capaz de replicarse, pasando la misma información, salvo las modificaciones adaptativas que se hayan ido reteniendo, de una generación a otra. El genoma humano no emergió de una página en blanco, sino de un proceso de evolución por selección natural, acumulando diseño a su paso. Partir desde algún punto inicial y luego introducir correcciones siguiendo algún criterio de selección es la metodología que siguió la naturaleza para generar seres vivos, es la que ocupan las compañías en las sucesivas generaciones de productos industriales, es la manera como se acumula jurisprudencia o como se construye Wikipedia. La selección natural a veces genera problemas que marcan para siempre su diseño futuro, como el punto ciego de la retina o la deficiente separación entre la tráquea y el esófago. En cambio, la mente humana, que redacta constituciones usando un lenguaje simbólico, no tiene dificultad para extirparlos.

    Comenzar una nueva Constitución desde una “página en blanco” es, por ello, una mala idea. Un grupo de personas elegidas en votación popular, entusiasmadas en un proceso creativo sin restricciones, que no tienen por qué considerar la enorme experiencia acumulada, pueden transformar la Constitución resultante en un gran obstáculo para la convivencia nacional y el desarrollo económico. De ahí que, si se quiere cambiar la Constitución, es preferible acometer el camino de la reforma, incluso todas las veces que sea necesario, a pesar de los altos consensos que ello exige.

    Álvaro Fischer Abeliuk