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El lobo que llevamos dentro


Personajes como Jordan Belfort en el Lobo de Wall Street son los malos, tipos sin escrúpulos. Pero la vida de los buenos, los honrados, aparece miserable.

por Andrés Benítez - Diario La Tercera 04/01/2014 

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“HE sido pobre y he sido rico. Y les digo, no hay nada de noble en la pobreza. Si pudiera elegir, siempre sería rico”. La frase, de alguna manera, resume la filosofía que hay detrás de Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio), en la recién estrenada El lobo de Wall Street, que recrea la historia real de un corredor de bolsa en los años 80. El tema ya es un clásico del cine: abusos, excesos, desmesura, drogas y sexo en torno al mercado financiero. Sus personajes parecen calcados: tipos listos que, buscando ganancias extraordinarias, actúan fuera de la ley. El final, otro cliché: el derrumbe, la crisis, la cárcel. Pero, ojo, también la redención. No deja de llamar la atención la verdadera obsesión que existe en Estados Unidos con este tema. La trama de la nueva película de Martin Scorsese es casi una copia de la ya clásica Wall Street, estrenada en 1987, donde Michael Douglas inmortaliza a Gordon Gekko, un tipo sin escrúpulos, cuya máxima es “la ambición es buena”, frase que sigue siendo el lema de muchos en el mercado bursátil. De ahí en adelante, los filmes y documentales sobre el tema no paran. Too big to fail; The Margin Call; Inside Job; The Company Men, e incluso la última y alabada película de Woody Allen, Blue Jasmine, puede incluirse en esta verdadera saga que busca desnudar el sórdido ambiente que mueve los hilos del mercado financiero mundial. El mensaje, sin embargo, es difuso. Por una parte, de condena, pero por otra, también de coquetería con un mundo que, al final, se presenta demasiado atractivo. Por ello, personajes como Belfort o Gekko transitan entre héroes y villanos. Claro, ellos son los malos, los tipos sin escrúpulos; pero la vida de los buenos, los tipos honrados, aparece miserable. “Quieres volver a tu casa en metro o en un Ferrari. Quieres vivir atormentado por las deudas o veranear en Los Hamptons. Quieres que tu mujer sea fea o bonita”, repite DiCaprio a quienes muestran dudas, a quienes lo cuestionan. Y nadie se rebela. La idea de que para ser rico y exitoso hay que ser pillo se presenta sin mucho pudor. Casi sin culpa. Tanto que, cuando todo se derrumba, cuando triunfa el bien, se produce una cierta decepción. Un vacío incontenible, que no es otra cosa que la triste realidad del ciudadano común. Por eso, estos filmes siempre se encargan de salvar al villano. Los redimen y, por supuesto, nunca quedan pobres. Oliver Stone hace renacer a Gordon Gekko en la segunda parte de Wall Street. Scorsese lo hace al final de su filme, cuando limpia la imagen de Jordan Belfort y, de paso, aniquila la del detective que lo apresa, cuando lo muestra viajando en metro, como un cualquiera, en medio de personajes marginales. En suma, un perdedor. ¿Ficción o realidad? Bueno, al menos la vida actual de Belfort no es muy distinta a lo que sugiere la película. Luego de cumplir una condena de 28 meses, pasa sus días entre su mansión en California y sus viajes por el mundo a dar charlas motivacionales. El video que las promociona tiene ahora una frase memorable del mismo DiCaprio. “Jordan es un ejemplo destacable de las cualidades transformadoras de la ambición y el trabajo arduo”. ¿Locura o será el lobo que todos llevamos dentro? La respuesta no deja de ser inquietante.

Que vuelva el tren Valparaíso-Santiago


¿Por qué no tenemos un tren que una las dos ciudades, siendo que lo hubo hasta 1986? Fuera del argumento poco creíble que siempre se esgrime, el mercado, se suele mencionar un poderosísimo lobby. Es como para investigarlo.

por Alfredo Jocelyn-Holt - Diario La Tercera 04/01/2014 
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ES SIGNO de nuestro desarrollo, que “quiere pero no se la puede”, que no dispongamos de un tren rápido entre la capital y su histórico puerto (a un paso y densamente residencial ahora último, súmenle Viña y el resto), como existiría en cualquier parte del mundo si fuésemos de veras desarrollados. Toesca y Ambrosio O’Higgins -progresistas a ultranza- y quienes trazaron el primer camino, si resucitaran, no lo creerían. Vicuña Mackenna, quien escribió mucho sobre la ruta, nos daría duro. A Piñera, que alguna vez se las dio de “locomotora”, al parecer no le pareció buen negocio (el último proyecto ingresado al MOP en 2010 requería sólo 611 millones de dólares). Y eso que hubo tren desde la década de 1860 hasta 1986. Se dan varias razones de por qué esta dejación. Fuera del argumento poco creíble que siempre se esgrime, el mercado (poco creíble porque ¿no se supone que éste crea necesidades, no sólo responde a ellas?), se suele mencionar un poderosísimo “lobby” en contra. Complicado argumento: en Chile, la voz lobby es eufemística, una manera elegante para evitar decir “mafia” y, de hecho y con razón, el lobby entre nosotros no es regulado: uno no “regula” una organización ilícita que se colude para causar daño y aprovecharse de los demás. El tema es como para investigarlo. Thomson y Angerstein (autores del libro Historia del ferrocarril en Chile, 1997) mencionan como una causa de la suspensión del servicio de tren entre las dos ciudades “una serie de atentados”, no dicen más. Cuando los historiadores nos topamos con este tipo de dato no podemos dejar de levantar cejas. Los trenes no eran queridos en los años 80. Recuerdo que, por aquel entonces, si uno viajaba de noche en el tren del Sur, un poco antes de llegar a la Estación Central apagaban las luces en los vagones de pasajeros. Desde hacía tiempo las ventanas tenían rejillas para impedir los piedrazos. La entrada a Santiago era de terror. Pero ¿por qué se ensañaban con los trenes y no con los autos y buses? Nunca lo entendí muy bien. La antipatía al tren viene, incluso, de antes. Si uno revisa los indicadores de desarrollo desde la década de 1960 a la fecha, se encontrará con que todos mejoran. Población, esperanza de vida, alfabetización, escolaridad, matrículas universitarias, mortalidad infantil, edificación en altura, casa propia, red vial, parque automotor, agua potable y alcantarillado, crecimiento económico, todos menos… sí, por supuesto, lo adivinó: líneas férreas. Las cuales descendieron de 6.484 km a sólo 2.144 km, entre 1962 y 2012. Y esto en el país sudamericano que primero desarrollara el tren, siendo su geografía también la más apta. Las alternativas al tren son infinitamente peores. El viaje en auto es altamente riesgoso, atascado y caro (con cierta frecuencia semanal: prohibitivo). En bus puede ser hasta más fatal, además que una vergüenza nacional. No existe Chilean experience más atroz que viajar en bus: terminales donde uno no puede sentarse cuando espera (que pueden ser varias horas), televisión a todo full, calefacción dudosa, fetideces que la Ocde ni se imagina (por eso tampoco las mide) y espacio vital peor que en avión clase económica. Bien raro, ¿no?, que no tengamos tren entre las dos ciudades.

Chéjov escribe libros tristes para lectores con humor:


“Es decir, sólo el lector provisto de sentido del humor 
sabrá apreciar  verdaderamente su tristeza”.

POR ANDRÉS GÓMEZ, DIARIO LA TERCERA, SÁBADO 4 DE ENERO DE 2014HTTP://VOCES.LATERCERA.COM/2014/01/04/ANDRES-GOMEZ/CHEJOV-EL-TRAVIESO/

Chéjov el travieso


No lo tomaban en serio. Podían reírse con sus cuentos, celebrar sus juegos de palabras, sonreír con sus bromas, pero no le reconocían gran talento. Es más: le recomendaban que no cometiera la locura de abandonar la medicina por las letras. Su destino estaba en los hospitales, no en la literatura. “Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos docenas que escriben, y no puedo recordar ni a uno solo que haya visto en mí a un artista”, decía Chéjov. Tenía entonces 26 años y en los siguientes 18 se transformaría en un dramaturgo fundamental y acaso en el mayor cuentista de la historia.
La mejor noticia para un lector de Chéjov la dio el sello español Páginas de Espuma. En las próximas semanas publicará el primer volumen de una nueva edición de sus Cuentos completos. Es una edición monumental, que por primera vez trae a nuestro idioma toda su narrativa, con mucho material inédito. Gran parte de esa producción desconocida corresponde a sus trabajos más subvalorados: sus relatos breves publicados con seudónimo en la prensa rusa.
Nieto de un siervo que compró su libertad, hijo de un comerciante católico, Chéjov nació en 1860 y murió en 1904, hace 110 años. Tuvo una vida breve y a menudo difícil: el fantasma de la pobreza y la enfermedad lo persiguió hasta la muerte. Pero en sus 44 años construyó una obra de enorme riqueza, hecha de personajes a ras de suelo, de sutilezas, melancolía y humor. Una obra de enorme influencia.
Chéjov escribió en el siglo de oro de la literatura rusa, el siglo de Tolstoi, Dostoievski y Gogol. A diferencia de ellos, escribió sobre seres comunes y corrientes, ni héroes ni protagonistas de la historia: soldados, mujeres, funcionarios públicos. Comenzó a los 20 años en la pequeña prensa: publicaciones populares ajenas a la narrativa seria y dramática de sus antecesores. En ellas experimentó las distintas posibilidades del relato corto: fueron su taller literario. En los textos de esta época Chéjov se muestra juguetón, divertido, a veces sarcástico. Y según los editores de sus nuevos Cuentos completos, esos son los rasgos que más destacan entre los inéditos.
Se suele asociar a Chéjov con la tristeza, las tribulaciones y la muerte. Y si bien esos temas están muy presentes en su obra, lo están fatalmente unidos al humor. Ese es, entre muchos otros, uno de los aportes que lo distingue en la narrativa rusa: su mirada jocosa de la vida. Según Vladimir Nabokov, Chéjov escribe libros tristes para lectores con humor: “Es decir, sólo el lector provisto de sentido del humor sabrá apreciar  verdaderamente su tristeza”.
Chéjov era médico y conocía bien los problemas humanos. “Como médico, necesito los pacientes y el hospital. Como literato, necesito vivir entre el pueblo”, decía. Sabía también que la risa no es menos noble que el drama. Diversos testimonios lo retratan alegre y bromista. De hecho redactó aforismos empapados de ese espíritu. “Déme una mujer que, como la Luna, no aparezca todos los días en mi cielo”, escribió a su editor. “A una mujer le es mucho más fácil encontrar muchos maridos que uno solo”, anotó otra vez.
Desde luego, su obra tiene más capas, texturas, atmósferas y emociones. Una muestra de ello podrá verse también en estos días en la versión de El jardín de los cerezos que dirige Héctor Noguera y que forma parte del festival Santiago a Mil. Es otra oportunidad de encontrarse con este autor entrañable, que nunca escribió una novela y que a la hora de su muerte -dice la leyenda- tuvo un último deseo: una copa de champaña.

Blue Jasmine "Ginger es la sombra carenciada de la que Jasmine ha huido durante toda su existencia"




Esta es la historia de dos mujeres, hermanastras y adoptadas, esto es, sin vínculos genéticos y apenas culturales. Jasmine (Cate Blanchett), rubia, alta y elegante, ha tenido una vida de lujo y opulencia en Nueva York, con un marido exitoso (Alec Baldwin) en el mundo de las finanzas. La otra, Ginger (Sally Hawkins), morena, baja y tosca, trabaja como vendedora, vive con sus dos hijos en un departamento de San Francisco y ha llevado una vida modesta con parejas de la clase trabajadora.

Todo comienza cuando Jasmine, agitada por una ansiedad contradictoria con su apariencia, llega al hogar de Ginger huyendo del naufragio de su vida; su marido ha sido acusado de múltiples estafas y se ha suicidado en la prisión. Ginger, receptiva y generosa, le da cobijo en un mundo completamente distinto, acaso opuesto.

El relato se desarrolla con sucesivos regresos al pasado de Jasmine, que van progresando por la tragedia que la aguarda al final de la riqueza. La historia -en el sentido de avance desde un punto a otro- pertenece a Jasmine. Con la sola excepción de un matrimonio destruido tiempo atrás -que en realidad sirve para completar el pasado de Jasmine-, Ginger solo habita en el presente, lo que también significa que su vida no está modelada por sus aspiraciones, sino por lo (poco) que encuentra en su camino. Ginger es la sombra carenciada de la que Jasmine ha huido durante toda su existencia.

Esta película ha sido saludada como un regreso triunfante del Woody Allen que, después de su periplo europeo, recupera su mundo norteamericano, aunque no en NuevaYork, sino en San Francisco. Esta aclamación ya es un poco rara, dada la pleitesía que muchos seguidores de Allen rindieron a productos tan poco estimulantes como Vicky Cristina Barcelona y, sobre todo, Medianoche en París. Pero es más extraña porque no hay en Blue Jasmine nada que sea mucho más complejo: solo un mundo dual, polarizado, simplificado hasta el límite de la caricatura, que se parece más al melodrama victoriano que a cualquier cosa posterior. En consonancia con esa planicie, no hay nada visualmente distintivo, ni un solo plano que se levante por sobre la estricta funcionalidad del relato.

Tampoco existe la muy supuesta empatía de Woody Allen con las mujeres: ¿a quién se le puede ocurrir que las opciones emocionales femeninas se repartan entre la histeria de la opulencia y la histeria del conformismo? Tal empatía podría sostenerse a propósito de Interiores, Hannah y sus hermanas o Poderosa Afrodita (entre otras). Pero de ningún modo en el conjunto de su obra. Más bien parece que habita en Allen otra dualidad -como la de Jasmine y Ginger-, cuyo polo complementario muestra en esta película lo que ya había en Alice, Melinda y Melinda y Conocerás al hombre de tus sueños (entre otras): una misoginia compulsiva.

Blue JasmineDirección: Woody Allen. Con: Cate Blanchett, Alec Baldwin, Sally Hawkins, Andrew Dice Clay, Peter Sarsgaard, Bobby Cannavale. 98 minutos. 

La flecha, la hoz y el martillo

"Ignacio Walker, premunido de pistolas de agua y guatapiques, ha fustigado al partido comunista casi por cumplir, lo que probablemente se explique por el reporte que debe mandar a la Fundación Adenauer..."

Unos leen a Marx, los otros se supone que a Maritain. Unos explican la historia con el "materialismo dialéctico", los otros con la "Divina Providencia". Unos creen en el Manifiesto, los otros creen en la Doctrina Social de la Iglesia. Unos creen que siempre ha existido "lucha de clases", los otros creen que es posible la "cooperación" entre trabajadores y empresarios. Unos han legitimado la vía armada en múltiples ocasiones, los otros han propiciado siempre la paz. Unos justifican los regímenes totalitarios, los otros llevan a la democracia en su nombre. Unos son comunistas, los otros son democratacristianos.

Pese a las diferencias, ambos se aprestan a hacer ingreso por calle La Moneda s/n° el 11 de marzo. Algunos en la DC han arriscado la nariz, otros están felices. Su presidente hace ya un año dijo que "la DC no va a formar parte de una coalición política con el PC", y el "dueño de la maquinaria" -Gutenberg Martínez- afirmó que "la incorporación del PC al próximo gobierno sería un error". Sin embargo, nadie parece estar, de verdad, muy preocupado.

Ignacio Walker, premunido de pistolas de agua y guatapiques, ha fustigado al Partido Comunista casi por cumplir, lo que probablemente se explique por el reporte que debe mandar a la Fundación Adenauer y para evitar poner en riesgo el cheque certificado que les llega desde Alemania.

Paradójicamente, el Partido Comunista en el mundo ha sido excluido de alianzas con partidos democratacristianos. En Europa, por ejemplo, el bloque que agrupa a los partidos democratacristianos -el Partido Popular Europeo- contrasta completamente con el bloque que conforman los partidos de la izquierda comunista -el Partido de la Izquierda Europea-.

Peor aún, ¿qué hace nuestra DC chilena en la Internacional Demócrata Cristiana que preside Ferdinando Casini (líder de la UDC italiana), que por largo tiempo apoyó al gobierno de Berlusconi en Italia? ¿Qué hace la DC chilena en una organización cuyos vicepresidentes son Lourdes Flores, Mariano Rajoy o Cesar Maia, todos representantes de la centroderecha de sus países? ¿Cuántos de ellos estarían dispuestos a hacer coalición de gobierno con el Partido Comunista? Coincidencia o no, la Internacional Demócrata Cristiana tiene 17 vicepresidentes. Todos de países distintos. Paradójicamente, no hay entre los 17 ningún representante chileno. Y más vale que sea así, porque cuando llegue alguien de Chile tendrá que dar más de alguna explicación...

El Partido Comunista en el mundo gobierna en países donde no existe democracia, donde las libertades públicas son atropelladas y donde el desarrollo económico está asfixiado. En Chile no se vislumbra en su ideario algo distinto de lo que ocurre en el mundo. De hecho, basta recordar las condolencias dadas a Corea del Norte por la muerte del sanguinario dictador Kim Jong il o la excitación que les produce Cuba. La reciente carta del Partido Comunista ruso a su homónimo chileno tras las elecciones es paradigmática: los felicita por mantener todos los tipos de luchas y por mantenerse fieles al "marxismo leninismo".

Es evidente que no se comen a las guaguas. Es cierto que su real preocupación por los trabajadores ha fomentado la conciencia social en el mundo. Y es lógico que puedan participar del debate político y que aspiren a ser gobierno. Pero cada uno con su cada uno...

El presidente del Partido Comunista chileno ha demostrado ser un gran político. El presidente de la DC ha demostrado todo lo contrario.

Teillier se aburrió de la marginalidad. Se cansó de estar con los dos pies en la calle. Se aburrió de estar en la galería. Logró ir incorporándose a la Concertación y ahora llega al gobierno.

Walker no tiene ni la fuerza ni las ganas para impedir que los comunistas entren al gobierno. Y la verdad es que en la DC a casi nadie le importa. Muchos -como Alberto Undurraga- perdieron todo pudor buscando su apoyo para tratar de ganar la reciente elección, y la mayoría -como el senador Pizarro o el diputado Cornejo- ve con gran alegría juntar la flecha con la hoz y el martillo.

En el futuro hay dos posibilidades con este matrimonio. O la utopía de creer que pueden convivir dentro del programa de Bachelet -terminada la luna de miel- se acaba y las diferencias profundas afloran; o el pragmatismo se impone y definitivamente la Nueva Mayoría termina siendo el partido peronista argentino donde caben todos -derecha e izquierda, corporativistas y populistas, católicos y masones, moderados y radicales- "en el mismo lodo todos manoseados", como dijo Santos Discépolo en Cambalache.

Es difícil saber cuál de las dos primará. Solo hay que sentarse a esperar.

¿Descontento social en Chile?


El banco japonés Nomura identificó a Chile -basado en parte en el coeficiente Gini de distribución del ingreso del Banco Mundial y en el índice de corrupción de Transparencia Internacional- como uno de los 10 mercados emergentes vulnerables a descontento social. De acuerdo con el correspondiente informe de su analista Alastair Newton, Chile se encuentra en compañía de Egipto, Turquía y Tailandia, pero también, Argentina, Brasil y Venezuela.
La primera reacción es rechazar el análisis de Newton. Hay buenos motivos para hacerlo. El cientista político hace un trabajo casuístico y no establece una relación causal rigurosa entre los indicadores que él usa y el descontento social.
No obstante, y a pesar de que en Chile -al contrario de todos los demás países identificados por Nomura- la percepción de corrupción es muy baja, la distribución del ingreso es desigual. Además, hay desconfianza en las instituciones, hemos tenido significativas movilizaciones estudiantiles, se han detectado prácticas abusivas y las expectativas económicas inmediatas no son buenas, como lo auguran la abrupta caída en la tasa de inversión y el comportamiento de la Bolsa de Valores.
El descontento social se produce cuando una proporción significativa de la población se siente injustamente postergada, abusada y/o se frustran las expectativas de progreso. Chile es hoy el líder indiscutido de la región en términos de crecimiento económico, estabilidad de precios, generación de empleo, aumento de salarios reales e incluso movilidad social y reducción de las desigualdades.También lo es, aunque no pareciera ser el caso, en educación.Pero existen los abusos mencionados, nuestra sociedad es menos inclusiva de lo que podría ser y hay la sensación mayoritaria -en buena medida errada- de que la clase media podría progresar en lo económico y social a una tasa mucho mayor, si sólo la clase política hiciera su tarea.
En este último sentido, el gobierno de Sebastián Piñera defraudó a parte de la población y ahora, una mayoría de los votantes está cifrando sus esperanzas en la Presidenta electa. Tal como sucedió en el caso del primero, las expectativas que se han formado ahora son probablemente exageradas y la probabilidad de que se vean frustradas es muy alta.
Una clase media emergente defraudada por un significativo mejoramiento económico-social relativo esperado que nuevamente no se da, y una situación macroeconómica desmedrada por el término del súper ciclo de materias primas y por las negativas expectativas de los inversionistas, es el caldo de cultivo perfecto para el descontento social. Este descontento se puede evitar manteniendo las altas tasas de crecimiento del PIB, del empleo y de los salarios; aumentando -dentro de lo posible- definitiva pero paulatinamente la inclusión social; reformando las instituciones para fomentar la competencia política y económica; evitando los abusos y ajustando las expectativas de progreso de la clase media a lo posible. Chile no necesita de ningún modo caer en la trampa de los países de ingreso medio, pero por las expectativas creadas no será fácil evitarlo. Hacer lo último pasa por revalorizar la Política, así, con una “P” mayúscula

A Woody lo que es de Woody‏




POR HÉCTOR SOTO, DIARIO LA TERCERA, VIERNES 3 DE ENERO DE 2014HTTP://VOCES.LATERCERA.COM/2014/01/03/HECTOR-SOTO/BLUE-JASMINE-AL-CESAR-LO-QUE-ES-DEL-CESAR/blue

Blue Jasmine: al César lo que es del César

Es efectivo que en Blue Jasmine el personaje de Cate Blanchet por momentos deja chica a la película. Es efectivo también que su figura, frágil y a la vez distinguida, pareciera desbordar la pantalla para convertirse en un referente universal de encanto sin contenido y de fulgor sin luz interior. Pues bien, ambas impresiones confirman que se trata de una gran película.  Estos efectos no caen del cielo ni son casualidad. Tampoco provienen de una actriz especialmente dotada, en cuya filmografía, sin embargo, abundan títulos por los cuales tendría que dar muchas, muchísimas explicaciones (desde vacunazos como El señor de los anillos hasta leseras como El hobbit, pasando por aprontes que prometieron mucho y dejaron poco tipo Elizabeth o Babel).
A no despistarnos ni un instante entonces: la película funciona no porque en el centro haya una gran actriz sino exclusivamente porque detrás de las imágenes hay un buen cineasta. No sólo eso: es un autor dueño de una muy larga y vasta obra cuyos mejores tramos, no por pura coincidencia, están asociados a personajes femeninos potentes e inolvidables (Annie Hall, Manhattan, La otra mujer…). Así las cosas, no es la primera vez en la trayectoria de Woody Allen que, acabada la proyección de su película y deslumbrados por diversos detalles de puesta en escena o por la agudeza de numerosas observaciones, sintamos que se nos amplió o se nos iluminó mejor el mundo en el cual nos movemos.  Es cierto que Blue Jasmine instala un prototipo, un fetiche muy de estos tiempos, un “caso” acerca del cual estaba faltando masa crítica. La protagonista es una eximia socialite que sabe serlo las 24 horas del día pero que, llegado el momento de hacerse cargo de su vida tras el derrumbe del castillo de naipes que era la fortuna de su marido, no tiene la menor idea de cómo reaccionar. Su drama es terrible: sabe todo lo que no hay que saber y no sabe un ápice de lo que sí debiera saber, ya no para sobrevivir sino incluso para ser.
Blue Jasmine prueba que Woody Allen, aparte de ser un buen contador de historias y un gran director de actrices, es también un observador social de temer. Sus apuntes sobre la vida de los ricos tienen al mismo tiempo filo y complicidad y son la arcilla con la cual el realizador perfiló a la protagonista. Jasmine carece de identidad y lo único que tiene es brillo social. En esto, descontado quizás el impulso inspirador inicial, el personaje no tiene nada que ver con la Blanche Dubois de El tranvía llamado deseo, el portentoso drama de Tennessee Williams al que esta cinta está vagamente asociada. Blanche, un personaje al cual Williams llegó después de trabajar fuertemente con su propia intimidad, no es una socialite ni cosa que se le parezca, aunque sí una flor demasiado delicada para sobrevivir en la vulgaridad del mundo. El caso de Jasmine es distinto. Ella no puede desplegarse, no puede brillar, fuera de la burbuja de dinero, lujo y desaprensión en que la mantuvo su marido estafador. Blanche Dubois, en cambio, sí tiene identidad propia, aunque en sus fugas a la fantasía o al lirismo, en su incapacidad de poner los pies en la tierra, es inviable siempre, entre otras cosas porque para Williams la victoria final en este mundo es de los orangutanes.
Woody Allen, que venía perdiendo altura a ojos vista, ha recordado quién es y que su cine aún califica. Corresponde reconocerlo y celebrarlo. Lo que hay que preguntarse no es por qué esta vez le resultó, sino más bien por qué en los últimos años las cosas no se le daban.

Partiendo el año 2014‏


por Sergio Melnick 
Diario La Segunda, Jueves 02 de Enero de 2014
http://blogs.lasegunda.com/redaccion/2014/01/02/partiendo-el-ano-2014.asp
Les deseo a todos de corazón lo mejor para este año, y en particular al país y al nuevo gobierno. Necesitamos más cohesión social y menos pugnas ideológicas. Vamos todos en el mismo barco.
A partir de marzo le veremos la mano a una administración que ha ofrecido tres grandes ejes de trabajo: Constitución, educación y reforma tributaria. La economía mundial repuntará un poco más el 2014, de modo que eso ayudará significativamente a Chile.
Diversos personeros de la DC han dado por muerta la asamblea constituyente, lo que muestra la prudencia de ese sector, y han acotado los cambios a tres temas: los quórums, el tribunal constitucional y el sistema binominal. Cualquiera sea el camino que adopte el nuevo gobierno, es fundamental que entienda que las constituciones, para ser legítimas, requieren un apoyo del 75% o más de la población. Eso es lo que obliga a ponerse de acuerdo realmente y a considerar de manera efectiva a las minorías. Buscar esos grandes consensos es señal de madurez de un gobierno.
La reforma tributaria irá sí o sí, ya que la Nueva Mayoría tiene los votos. Hay que tener presente que esos cambios no son neutros para la economía, más allá del voluntarismo de algunos sectores de izquierda. Nuevamente, la prudencia es fundamental. Jorge Awad, destacado bacheletista DC, ya ha puesto una gota de cordura al señalar en una entrevista de televisión que el cambio del FUT quizás, podría, eventualmente, ocurrir el cuarto año del gobierno, deslizando así que es una muy mala idea. Si leemos entre líneas, lo da por terminado, dando un aire de esperanza a la mediana empresa, que no tiene posibilidad alguna de repartir dividendos por restricciones permanentes de la caja, y sería ridículo pagar impuestos por dividendos no distribuidos.
Piñera entregará el gobierno con las cuentas fiscales ordenadas, habrá corregido casi todo el déficit fiscal heredado de Velasco (4%, según el FMI), y habrá restituido el fondo del cobre, dilapidado también por Velasco, a una cifra en torno a los US$ 23.000 millones.
Por eso, el verdadero partido de Bachelet se juega en la educación, donde está difícil la pista. La Nueva Mayoría cayó un poco en la trampadel populismo al ofrecer tres condiciones que compiten entre sí: calidad, gratuidad y carácter público. Para mí, lo correcto era ofrecer enfáticamente calidad y que nadie quedara afuera por problema de recursos. En efecto, sólo la calidad es el objetivo central y fundamental en la educación, todo el resto es instrumental, ideológico; poner los tres objetivos a la misma promete tempestades.
De las nueve asociaciones estudiantiles, sólo una es liderada por la Nueva Mayoría, y eso es una mala señal para el gobierno. Todos deberemos apoyarlo para tratar de neutralizar esa marea, que en algunos casos se autodefine como anarquista, pues si bien está calificada legítimamente para representar el problema, no tiene ni cerca la capacidad de definir las soluciones. Son sin duda inteligentes, pero aún muy jóvenes, con poco conocimiento y ninguna experiencia en esas ligas. Los políticos deben comportarse como adultos y poner los límites adecuados.
La discusión sobre calidad, que debe ser anterior a la propuesta de cualquier reforma, ni siquiera ha empezado, aunque hoy se trata de un debate a nivel mundial. La clave de la educación en el siglo 21 es el lenguaje post simbólico, que tiene que ver con la nueva sociedad digital, la cual funciona con otros códigos. Lenguaje no es lo mismo que idioma, una diferencia que los estudiantes quizá ni sospechan. Nuestro sistema de titulación universitaria está claramente obsoleto, es muy rígido y obliga a los alumnos a especializarse a los 16 años, lo que es un absurdo. Eso obliga a la PSU, una aberración que transforma toda la educación media en una fábrica para pasar esa prueba, en desmedrodel sentido profundo de la educación. La brecha digital debe ser una prioridad, pues ése es el verdadero analfabetismo del siglo 21.
Pensar que la educación va a mejorar porque pasa de los municipios al gobierno central es un serio error; pensar que se pueden fijar aranceles universitarios comunes para todas las universidades y mantener la calidad es otro. Esperemos que prevalezcan la sabiduría, la cordura y los acuerdos.