WELCOME TO YOUR BLOG...!!!.YOU ARE N°

No está mal para darle un instante de protagonismo a Camila Vallejo, pero estaría pésimo para darle un futuro a Chile.‏




Mauricio Rojas, el chileno que llegó a ser diputado en Suecia, habla sobre cómo de ser exiliado en la dictadura llegó a convencerse de las ideas de la libertad:

“El Liberalismo no nos ofrece el paraíso en la tierra, sino una tierra un poco mejor”



Pocas veces uno se topa con personajes que han pasado por tantas experiencias como Mauricio Rojas. El chileno que llegó el año 2002 a ser diputado en Suecia por el centro derechista Partido Liberal, tiene un pasado revolucionario en el Chile de los 70, por el cual debió irse al exilio con la llegada de la dictadura.
Sin evadir ningún tema, en esta entrevista Rojas nos habla de su paso por el MIR, de su conversión a las ideas de la libertad en Europa, y la situación actual de nuestro país. De Piñera y Camila. En tiempos de agitación política y social en Chile, es revelador escuchar a alguien que ha transitado por ambas veredas.
Por Juan José Lyon N.
En los años 70 pertenecías a la izquierda guevarista que soñaba con cambiar al mundo de un golpe. ¿Cómo fue tu experiencia en ese ambiente, específicamente en el MIR?
Es la experiencia decisiva de mi vida, la más fuerte, la más apasionada y también la más peligrosa. En cierto sentido, yo estaba predestinado a vivir la aventura del extremismo revolucionario. Mi madre era militante de aquel Partido Socialista que se proclamó marxista-leninista y que veía en el enfrentamiento armado el único camino para llegar a instaurar la dictadura del proletariado. El MIR era la alternativa lógica para un joven ya formado en ese ambiente de radicalización, donde no ser revolucionario era casi no ser joven. Entré a militar en el MIR en 1967, el mismo año en que comencé a estudiar en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Eran tiempos espectaculares para ser joven, pero también para perderse en ese tipo de ideologías genocidas que bien representa el marxismo. El hombre nuevo, el mundo nuevo, el paraíso en la tierra, todo parecía estar al alcance de la mano y bastaba un acto de heroísmo y entrega sublimes para alcanzarlo.
Con el tiempo entendí que este sueño redentor es la clave de la barbarie a que han conducido esas ideas aparentemente tan hermosas. El fin es tan maravilloso que cualquier medio parece bueno para alcanzarlo. ¿Cómo no estar dispuesto a morir y a matar por algo tan grandioso? En ese mundo me moví durante los diez años siguientes, en el MIR o en grupos con ideas similares, hasta que comprendí que la transformación de los movimientos comunistas triunfantes en dictaduras totalitarias no era casual, que nacía de su voluntad de arrasar con todo lo que se opusiese al sueño revolucionario, que era la coartada perfecta para el crimen perfecto.
Y podría haber llegado a ser un verdugo como tanto otros. No me exime de culpa el que las circunstancias no lo hayan permitido. Es terrible reconocerlo, pero es fundamental hacerlo.
¿Sentiste que el gobierno de Allende iba por la senda correcta?
Por supuesto que no. Allende era un reformista desde nuestro punto de vista. Nosotros queríamos la revolución, de una vez por todas. Nuestro horizonte era el enfrentamiento armado, definitivo, sin concesiones ni claudicaciones. Ese era el pensamiento común de la mayoría de los socialistas, del MAPU y por supuesto del MIR y los grupos similares. Por ello que Allende quedó tan solo, tan patéticamente desbordado por esos revolucionarios obcecados que terminaron provocando un enfrentamiento terrible y para el cual, además, no estaban de manera alguna preparados. Jugamos con fuego y terminamos como víctimas.
Nuestra culpa no es pequeña en el desenlace que culminó con la destrucción del Chile democrático que le abrió las puertas al golpe militar y a los crímenes imperdonables cometidos bajo la dictadura de Pinochet. Sembramos vientos y cosechamos tempestades, y debemos asumir la responsabilidad que nos cabe por ello, no para hacer menor la culpa de otros sino para poder exigirla responsablemente.
¿Te arrepientes de tu paso por el MIR?
Arrepentirse es poco. Cuando uno ha pasado por esa experiencia y le ha visto de cerca el rostro a la barbarie no basta con arrepentirse. Hay que comprender a fondo y testimoniar, hay que hacerse presente para advertir a aquellos que se dejan llevar por aquel sueño redentor que un día los puede convertir, con las palabras de Che Guevara, en “una violenta, selectiva y fría máquina de matar”.
En octubre del 73 saliste de Chile rumbo a Suecia. ¿Cómo fueron esos primeros años en el exilio?
Esos años están todavía marcados por la idea revolucionaria: volver a Chile para derrocar a Pinochet y hacer nuestra revolución comunista era todo mi horizonte. Por ello me alisté en 1977 en la “Operación Retorno” del MIR que, afortunadamente en mi caso, no llegó a hacerse realidad. Vivíamos una existencia de secta, controlándonos mutuamente para evitar toda desviación, todo síntoma de “aburguesamiento”, todo aquello que pusiera en cuestión nuestra entrega absoluta al partido y a la lucha revolucionaria. Era un mundo pequeño y terriblemente opresivo, una especie de minisociedad comunista, con su destrucción del individuo, con sus ideales que aplastan a los seres humanos reales. Fue una escuela muy instructiva para comprender aquel germen del totalitarismo que portábamos nosotros mismos.
Hacia finales de los 70 rompes con el marxismo y comienzas a adoptar un pensamiento más liberal, cercano a la centroderecha, ¿qué te llevó a ello?
Muchas cosas. Entre ellas la misma opresión extrema a la que nosotros nos sometíamos. Pero también el encuentro con tantas víctimas de nuestros ideales realizados. Tantos perseguidos en nombre del comunismo.
El liberalismo fue para mí sobre todo un refugio contra el colectivismo y sus utopías asesinas, un conjunto de principios que defiende los derechos del individuo contra la coacción de los colectivos, que no nos ofrece el paraíso en la tierra sino una tierra un poco mejor, que no nos libera de nuestra responsabilidad moral sino que nos la impone, cada día y en cada elección que hacemos.
¿Cómo fue tu experiencia de diputado en Suecia?
Fue sin duda interesante. Había llegado al corazón político del país que me había acogido y tuve responsabilidades significativas tanto en el Partido Liberal como en el Parlamento. Conocí a fondo una forma muy particular de hacer política: muy pragmática, de gran consenso, de mucha racionalidad y poca retórica, aburrida si se quiere pero tremendamente eficiente. Bueno, un espejo de lo que es Suecia podríamos decir.
¿Es el Estado de bienestar sueco un modelo para imitar en Chile?
Sí y no. Definitivamente no en su antigua forma, que se hundió a comienzos de los años 90. Se trata de un Estado que creció sin límites, que se transformó en un gran patrón-patriarca y en una enorme economía planificada que asfixió a Suecia. Hasta que vino la crisis, la cesantía creció, el gasto público se disparó a más del 70% del PIB y el déficit público a más del 10%. Suecia quebró, fue trágico pero es inevitable cuando el Estado se sobre-expande y la gente empieza a vivir de la ilusión de que tienes un gran papá que te va a resolver todos tus problemas.
De allí en adelante sí se puede aprender mucho de Suecia, que hoy es uno de los países más exitosos de la Unión Europea. Se puede aprender cómo limitar el Estado y cómo bajar los impuestos que desincentivan el trabajo. También de lo bueno que es no tener funcionarios públicos de esos que tienen inamovilidad y un estatus diferente al resto de los trabajadores. Y finalmente se puede aprender lo positivo que es tener una izquierda socialdemócrata abierta al cambio y a la colaboración con el sector privado. El Estado no debe reemplazar lo que la gente misma puede y debe hacer.
¿Cuál es tu opinión del Gobierno de Piñera?
Me es difícil juzgarlo a la distancia. Leí el libro de Tironi “¿Por qué no me quieren?” y creo que es una buena aproximación al síndrome de Piñera. En Europa ven los resultados, que son brillantes, pero también ven las grandes movilizaciones y protestas contra el gobierno, y no logran entender esta ecuación. ¿Cómo se explica tanto descontento en el país al que mejor le va en América Latina y que tiene la mejor educación de la región? Cuando he podido, he tratado de hacer un aporte a la comprensión de este misterio diciendo que se trata de lo que podemos llamar “el malestar del éxito”: es justamente porque a Chile le va bien que tantos chilenos piden más y no se contentan con lo ya alcanzado.
¿Qué opinas de los movimientos sociales que se están desatando en Chile?
Me recuerdan a aquellas protestas que agitaron Europa a fines de los años 60. Eran los hijos del progreso y de la paz que de pronto se revelaban contra todo y todos. Habían vivido lo que era el mejor momento de la terrible historia europea y estaban, para sorpresa de todos, tremendamente descontentos. Y sacudieron a Europa, la hicieron avanzar, pero no porque sus líderes extremistas lograsen sus objetivos. No, Europa supo reaccionar, progresar, modernizarse, sin dejarse seducir por aquellos que embriagados por sus sueños mesiánicos querían destruirlo todo para implantar sus utopías. Chile tiene hoy mucho de eso y veremos si es capaz de asimilar este golpe de descontento sin desvirtuar la base de su éxito que no es otra que el esfuerzo, el trabajo, la creatividad, la seriedad.
Camila Vallejo viajó a Cuba y expresó su aprecio por el comunismo más clásico. ¿Por qué crees que un modelo que ha fracasado en tantas partes del mundo aún convoca a gente joven?
No es raro que ella lo haga. Lo que asombra es que tantos la admiren y que se dejen seducir por personas que sin tapujos muestran su amor por los tiranos y las tiranías.
La verdad es que yo no creo ni por un segundo que los chilenos, fuera de una ínfima minoría, quieran que Chile sea una nueva Cuba o algo parecido. Creo que Camila permite articular un malestar más general y difuso, sin  tomarse muy en serio sus ideas comunistas. Es un deseo genérico de algo mejor y menos cotidiano que levantarse temprano, trabajar mucho, hacer las tareas; algo más entretenido, motivador y romántico, soñar un poco… Es como si Chile quisiese tomarse unas vacaciones después de tanto esfuerzo. Camila es, en otras palabras, el nombre de un cansancio, una desorientación y un sentimiento. No está mal para darle un instante de protagonismo a Camila Vallejo, pero estaría pésimo para darle un futuro a Chile.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

COMENTE SIN RESTRICCIONES PERO ATÉNGASE A SUS CONSECUENCIAS