Un sabio sacerdote una vez hizo la siguiente observación:
«...No se crea que amar a los jóvenes
sea algo tan simple y agradable
como, por ejemplo, amar a los niños.
En los jóvenes sobreabunda la prisa,
la exigencia, el cuestionamiento, la denuncia.
No tienen la gratitud por costumbre o virtud predilecta.
Acarician su libertad como un derecho sin límites.
Se consideran ya, o al menos
suelen actuar como si fueran
omniscientes, omnipotentes, autosuficientes.
Y sabemos que no lo son.
¡Dios santo, cómo nos consta que no lo son!
Conociéndolos, es decir amándolos, observándolos
y escuchándolos con cariño, los vemos tan desvalidos
bajo su coraza de invulnerable seguridad.
Tan audaces, tan ingenuos.
Tan agresivos y tan desprotegidos.
Tan reinvindicadores de su libertad
y tan necesitados
de firme disciplina y sabia autoridad.
Tan herméticos y tan angustiosamente
ansiosos de comunicación y confidencia.
Vemos el mundo que los espera y rodea
y asoma a nuestras mentes la imagen
del 'león rugiente, buscando a quien devorar';
con que San Pedro prevenía a los primeros cristianos
para que estuvieran vigilantes y oraran.
Entonces nos aflige el no saber qué hacer,
y reaccionamos tornándonos agresivos,
desconfiados y sobreprotectores,
o, a la inversa, los impulsamos
a que vivan sus propias experiencias
mientras nosotros miramos a cualquier parte...»
No hay comentarios:
Publicar un comentario
COMENTE SIN RESTRICCIONES PERO ATÉNGASE A SUS CONSECUENCIAS