Diario El Mercurio, Jueves 16 de Agosto de 2012
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Erramos sin rumbo fijo, mi mujer y yo, por un camino secundario que sale desde Frutillar y atraviesa un campo y unas colinas tan idílicas, tan bellas, tan puras, que parece no fueran reales. Pero, ¿es acaso más real el mundo desde donde venimos, un mundo contaminado y envenenado de miedo, aceleración, desconfianza y desmesura? ¿Por qué cuando nos encontramos a solas otra vez en nuestra casa, la tierra, nos sentimos extranjeros en ella y nos paseamos como extraterrestres en nuestro propio jardín?
Ponemos en silencio nuestros celulares para escuchar el sonido del viento que mueve las copas de unos fresnos y que suenan como el oleaje del mar.
Cada cierto tiempo, algún automovilista amable -de esos que ya no existen en la ciudad- se detiene para ofrecer llevarnos. Pero somos nosotros los que debiéramos invitarlos a bajarse para que nos acompañen por este camino solitario como nosotros, un camino en el fin del mundo. Aquí todo cambia en segundos, de pronto hay un cielo radiante, y después una lluvia copiosa nos envuelve, una bandada de queltehues o bandurrias irrumpe, sonora y destemplada, como anunciando una catástrofe inminente: pero ellos son sólo los mensajeros del milagro sereno y cordial de esta tarde de invierno.
Nos topamos con unas cercas y una reja, detrás de las cuales florecen unos rododendros generosos y las infaltables hortensias de los jardines del sur. Nos preguntamos: ¿será acaso un jardín? Sí, pero un jardín de muertos, un invernadero donde florecen los que partieron, un pequeño y delicado cementerio en cuyas lápidas se leen los apellidos de alemanes y chilenos mezclados en la misma tierra trabajada por ellos y sus antepasados. Éste no es, como los grandes cementerios, un mall de la muerte. Aquí no hay cercos eléctricos, ni cámaras de televisión ni publicidad, y la humedad y el tiempo han borrado los nombres de muchas tumbas, pero a ninguna, por anónima que sea, le falta un ramo de flores. Aquí sí que vale la pena morir, confundidos unos y otros con la sencillez de esta tierra.
Nos detenemos frente a un tumba desde cuya lápida nos mira un pequeño ángel de mármol. Recuerdo a Thomas Wolfe, el gran narrador del sur de Estados Unidos, cuyo padre era marmolista de ángeles y autor de la novela "El ángel que nos mira".
Está lloviendo otra vez, y nos dejamos limpiar por el agua que no escasea aquí como en otras latitudes del planeta. Porque el desierto avanza, qué duda cabe. Cerramos los ojos, y todo el dolor, toda la angustia, todo el ruido, la furia y la estupidez del planeta parecen venir con nosotros como una pesada mochila de interferencias de la que nos cuesta desprendernos. Habrá que aprender a olvidar todo lo que nos pesa para avanzar por este rústico camino de aldea.
Abrimos los ojos: unos terneros y unas ovejas se han acercado sigilosamente hacia nosotros desde el campo colindante y nos miran sorprendidos. ¿Somos nosotros los afuerinos, los que ya no pueden regresar? Pero están esta lluvia, este viento, este aire puro que embriaga con cada bocanada que damos. Ellos nos dan la bienvenida todavía.
Cuando cerramos la reja del cementerio anónimo en medio del camino sin nombre, nos hacemos una promesa que no sé si cumpliremos: aquí queremos morir nuestra propia muerte, lo único propio que nos queda, porque en las vertiginosas ciudades nos hemos olvidado hasta de nuestro verdadero nombre. Tal vez algún descendiente -nieto de nuestros nietos- nos quiera visitar en un futuro incierto. Tal vez sea el último que haga este mismo camino a pie y se detenga frente a nuestras lápidas borradas, el último que se embriague con la fragancia de estos árboles y sea sorprendido por la mirada de un ángel. Tal vez diga como dijimos nosotros ahora: "Detente, bello instante".
Tal vez sea el último. ¿O será él o ella la primera mujer o el primer hombre de un mundo nuevo que todavía no podemos imaginar?
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Es una sabia pedagogía
no insistir en lo feo que es estar sucio,
sino poner el énfasis
en lo bello que es estar limpio.
«mundo contaminado»,
«envenenado de miedo»,
«desconfianza»,
«catástrofe inminente»,
«mall de la muerte»,
«cercos eléctricos»,
«cámaras de televisión»,
«pesada mochila de interferencias»...
cada una de esas expresiones
se sienten como lápidas
que nos oprimen al punto
que no logran ser revertidas
por sustantivos gentiles que resultan
familiares a otras latitudes:
un paisaje domesticado
con fresnos, rododendros, hortensias,
terneros y ovejas…
Meritorio el trabajo de los colonos del sur,
pero también mirado desde el punto de vista
de esa otra desmesura todavía más admirable
que era aquel bosque impenetrable por el que
tuvo que abrirse a machetazos Pérez Rosales
hasta que apareció esa vista soberbia
del lago Llanquihue a los pies
del bellísimo e icónico volcán Osorno,
uno siente que lo que se gana
en civilización, es al precio de la barbarie.
Podría nombrar y degustar, uno a uno,
los nombres de las especies nativas,
en la que había una mayor diversidad
de aves y no prosperaba tanto
la estridencia del grito de alarma
del Queltehue, aunque si se escuchara
el trompeteo gentil de una bandada de Bandurrias.
Faulkner decía de Thomas Wolfe
que fue el más grande porque
se atrevió a fracasar más.
Allí está la mayor lección
a un mundo obsesionado por el éxito
y que no logra elevarse sobre sí mismo,
más que para construir monumentos
absurdos a su vanidad.
Pero no se saca nada con «retarlos»
hay que contagiar con la sencillez
de una alegría sin pretensión alguna.
Para terminar a propósito de la cita
de Vicente Huidobro, recordada por María Inés:
«No agreguéis poesía
a la que ya la tiene
sin necesidad de vosotros…»
…una que la hermana, de Witold Gombrowicz
citada por Ricardo Pigla en uno de sus libros:
«No hay que hablar poéticamente de la poesía… »
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