Hoy es el funeral del papá de Rodrigo Undurraga. 11.00 hrs iglesia san fco.de sales(mercurio) Después cinerario parque del recuerdo, Acompañemos a Rodrigo en la partida de su padre,
CLASE DEL 70 SGC
WELCOME TO YOUR BLOG...!!!.YOU ARE N°
QEPD.PADRE DE RODRIGO UNDURRAGA
Entusiasmo por la ciencia

Señor Director:
Tuve el honor de participar en la organización de la visita a Chile del Premio Nobel de Física 2011 Brian Schmidt. Sabíamos que la asistencia a la charla magistral "Las grandes interrogantes del universo" que él daría en el ex Congreso Nacional, el pasado lunes, llenaría el salón plenario.
Sin embargo, la "cruda realidad" nos explotó, cual supernova, en la cara. La fila de jóvenes esperando en la calle por conseguir un espacio para oír a Brian en Santiago fue un fenómeno que luego volvimos a ver en universidades de Valparaíso y Concepción.
Esto confirma la relevancia que está alcanzando en Chile el estudio del universo. No solo tenemos los cielos más limpios del planeta, sino que la construcción de telescopios de alta tecnología nos hará concentrar en nuestro desierto el 70% de la capacidad de observación del mundo.
Es el momento para que los universitarios no solo se propongan aportar al estudio del universo desde la astrofísica. Chile necesitará de matemáticos, ingenieros, estadísticos, expertos en óptica, como desarrolladores de software, entre un largo número de profesiones que se requerirán para analizar la avalancha de datos que nos traerán estos observatorios. No es descabellado pensar que dentro de los próximos premios Nobel de Física podría haber un chileno.
Mario HamuyDirector Instituto Milenio de Astrofísica MAS
La literatura de los padres
Revista Qué Pasa, miércoles 11 de marzo de 2015

Roberto Merino (1961) acaba de publicar Padres e hijos (Hueders), un volumen que recopila sus columnas sobre el tema publicadas en LUN a través de diez años. Con Andrés Braithwaite como coeditor, la presente obra complementa Pista resbaladiza (editado el año pasado) y funciona como una reflexión profunda sobre el tema de la paternidad, sus fantasmas y los modos en que los hijos reflejan a los padres y viceversa, construyendo una especie de laberinto circular donde su autor se pierde para encontrarse con los fantasmas de la memoria, pero también con los destellos del presente. De este modo, en el libro conviven su desconfianza hacia las instituciones y las majaderías del didactismo con los retazos de sus lecturas de infancia. Cronista, poeta, profesor de Literatura en la UDP, padre de dos hijos de 13 y 16 años, miembro de la banda de rock Ya se fueron (donde también toca su hijo mayor), Merino avanza así a tientas por el camino de espejos de la propia experiencia, para volver de ahí con una escritura carente de autocompasión, tan perpleja como sorpresiva, tan reflexiva como lúcida.
-1-
-1-
-¿Cuánto conservas de los libros de la infancia, de esa biblioteca a la que aludes muchas veces y donde recordabas, por ejemplo, la edición de Quimantú de Shólojov?
-Algunas cosas andan todavía por ahí. El primer Papelucho que me regalaron en 1967 lo tengo todavía. Y otro libro ilustrado de Marcela Paz, Caramelos de luz, que traía pequeños relatos muy enigmáticos. Y dos silabarios, el Hispanoamericano, que venden todavía en la calle, y el Lea, que correspondió a un experimento increíble de familiarización con el lenguaje. Los textos de ese libro eran un como delirio de sonoridades e imágenes. A veces me vienen a la mente algunas de sus frases: “Era un rey de rancios abolengos el lagarto engreído”.
-Padres e hijos tiene una idea bien radical, que es la desconfianza tuya hacia ciertos lugares comunes: el colegio, las bibliotecas infantiles, la lectura, el didactismo.
-Es posible que se trate de un trauma. Yo tuve de niño una curiosidad permanente por el mundo. Me interesaban las ciudades, los paisajes, las personas en un sentido bastante amplio. Fantaseaba mucho, pensaba libremente en las cosas, era eso lo que me gustaba. Y la intención didáctica de los adultos la vivía como una intromisión culpógena: “Usted no sabe nada, usted está en falta, yo le voy a enseñar”. Hay un ninguneo en esa actitud, la certeza de que la experiencia del niño no vale un comino. En el colegio era otra cosa, ahí uno jugaba el rol del alumno, abierto a que le transfirieran conocimientos. Pero el tiempo libre lo consideraba tiempo propio y prefería vivir mis propias fantasías antes que las ajenas.
-Leyendo Padres e hijos no dejé de recordar la idea de una cinta como Boyhood, que es captar en tiempo real los cambios físicos de los personajes. En el libro tus hijos van creciendo en la medida que leemos, lo mismo que la ciudad y tú mismo. Es un efecto interesante.
-Preferiría que los textos se mantuvieran intemporales, pero es imposible. Siempre aparecen estos rasgos que acusan momentos que ya quedaron a recaudo del pasado. Los niños crecen, yo voy envejeciendo, la ciudad cambia. Me imagino que es el mismo efecto inquietante de la película que mencionas. Lo peor de los cambios es que son imperceptibles. Vi una vez un trabajo de un tipo que se había sacado una foto cada día por un par de años. Si tú miras foto tras foto no hay mayor diferencia entre una y otra, pero la primera es radicalmente distinta a la última.
-2-
-Tengo una teoría: leídos de modo conjunto, tus libros de columnas funcionan como una novela. O como varias. ¿Cuál es tu relación con el género?
-Claro, hay ahí lo que se denomina un “sujeto” que recorre muchas zonas y al que le suceden muchas cosas. Pero plantear estos textos como parte de una novela implicaría un truco para velar su origen periodístico. Ver una novela aquí -una posibilidad real de transferencia literaria- es una idea de novelista. Y no lo soy. No pienso como novelista.
-¿Cómo piensas ?¿Como cronista?¿Como poeta?
-Es una pregunta muy difícil. Entiendo que tengo una especie de cabeza literaria, pero ignoro si pienso en una modalidad específica. Siento que hay una continuidad entre el modo en que experimentaba el mundo íntimamente cuando chico y ahora. Como que esa línea de pensamiento no se ha cortado nunca, es la misma voz, ampliada quizás por un grado mayor de conciencia. En ese trance puedo pensar momentáneamente como poeta, como ensayista o como místico amateur o como cualquier cosa. Lo único que me interesa conservar en ese proceso es una mirada realista, en atención a esa frase de Jung: he conocido muchas personas que dicen cómo las cosas deben ser y muy pocas que dicen cómo las cosas son.
-¿Cuál es tu relación con el pudor? Me parece que Padres e hijos tiene mucho de confesión, como si la escritura te permitiese procesar ciertas cosas que son nebulosas o abstractas, pero que sobre el papel se vuelven concretas e inapelables.
-Un amigo se negó una vez a ir a la tele a hablar sobre la masturbación, con el argumento de que era lo único íntimo que nos iba quedando. Yo tengo en cuenta esa distinción, hay cuestiones que no pueden saltar fácilmente de la esfera de lo íntimo. La sexualidad, por ejemplo. Encuentro que el género de las confesiones sexuales es muy fome, incluida la literatura erótica. Puedo exponerme a mí mismo hasta que me dé puntada, pero siempre conservando cierto sesgo de indagación objetiva, evitando la obscenidad.
-Vuelvo a la memoria. Muchas de tus columnas fueron escritas sin un plan previo, descubriste lo que querías decir en la medida que lo escribías, lo que me lleva a preguntarme cómo funciona tu memoria, qué la dispara, cómo es la máquina del tiempo de tus recuerdos.
-Vivo con la memoria a un palmo del ojo. Es un misterio en cuyas fronteras me gusta desplazarme. Una vez con mi hermano exasperamos a unas niñas con las que salimos al ir recordando, en un viaje en micro, en qué boliches de los que se veían habíamos estado alguna vez. Recuerdos fútiles e inútiles pero que igual provocaban un efecto de sentido. Para mí el pasado no está zanjado en absoluto, ni el personal ni el colectivo. Es un fenómeno totalmente involuntario, como lo prueba la súbita irrupción de lo remoto en los sueños. Mis abuelos, mis bisabuelos son un enigma para mí y todavía no acabo de conocerlos cabalmente. En sus vidas hubo zonas inconclusas, equívocos que me parece que me determinan. Todo se hereda de manera diferida, desde los miedos a las fortalezas.
-3-
-Me imagino que tener un padre escritor es raro. ¿Te tocó alguna vez explicarles lo que hacías?¿Tus hijos leen lo que escribes?
-Debe ser raro, pero no más raro que tener un padre farmacéutico o aviador. Sé que el mayor ha estado leyendo el último libro, y ambos se saben los títulos de los libros que he publicado. Pero no les pregunto la opinión. En todo caso, todos los niños tienen siempre la idea de que su familia es rara. No hay cómo escapar de esa ilusión. Hay una edad en que la vergüenza más grande nos la proporciona la propia familia.
-Tienes una banda de rock con tu hijo mayor. Me imagino que escuchan música juntos. ¿Qué les gusta? ¿Qué detestan?
-No solemos escuchar música juntos. De vez en cuando nos mostramos un video o un tema específico, pero son cinco minutos. Hay, de todos modos, una transferencia de información de lado a lado y se producen situaciones raras, como que Clemente ande entusiasmado con algún grupo de mi época juvenil al que yo no le puse atención en su momento, como Pixies.
-¿Pixies?
-A fines de los 80 yo estaba magnetizado por The Smiths. Escuchaba otras cosas pero los Smiths era lo que más me gustaba. Cuando escuché a Pixies la primera vez en la casa de Carlos Bogni -quien me dio a entender que la onda venía por este lado-, como que me cerré, no quise enganchar, me dio lata cambiar de frecuencia.
-En uno de los primeros textos del libro dices que detestas Los Simpson.
-En el caso de Los Simpson hay algo molesto, una especie de simpatía focalizada en personajes que se mueven por intereses mezquinos, en un nivel de realidad que no despega nunca de la superficie. La combinación es, a mi modo de ver, desagradable. Todo es feo en Los Simpson y nos piden que nos identifiquemos con eso. Prefiero Beavis and Butt-Head, que no aparecen edulcorados por la mirada de sus creadores. Al contrario de Los Simpson, no pretenden generar identificación. Lo peor, en todo caso, es esa voz de garganta apretada que tiene Homero en el doblaje, y su permanente deseo de bagatelas. No sé, a mí estos monos me hacen mal para el ánimo.
-Algunas cosas andan todavía por ahí. El primer Papelucho que me regalaron en 1967 lo tengo todavía. Y otro libro ilustrado de Marcela Paz, Caramelos de luz, que traía pequeños relatos muy enigmáticos. Y dos silabarios, el Hispanoamericano, que venden todavía en la calle, y el Lea, que correspondió a un experimento increíble de familiarización con el lenguaje. Los textos de ese libro eran un como delirio de sonoridades e imágenes. A veces me vienen a la mente algunas de sus frases: “Era un rey de rancios abolengos el lagarto engreído”.
-Padres e hijos tiene una idea bien radical, que es la desconfianza tuya hacia ciertos lugares comunes: el colegio, las bibliotecas infantiles, la lectura, el didactismo.
-Es posible que se trate de un trauma. Yo tuve de niño una curiosidad permanente por el mundo. Me interesaban las ciudades, los paisajes, las personas en un sentido bastante amplio. Fantaseaba mucho, pensaba libremente en las cosas, era eso lo que me gustaba. Y la intención didáctica de los adultos la vivía como una intromisión culpógena: “Usted no sabe nada, usted está en falta, yo le voy a enseñar”. Hay un ninguneo en esa actitud, la certeza de que la experiencia del niño no vale un comino. En el colegio era otra cosa, ahí uno jugaba el rol del alumno, abierto a que le transfirieran conocimientos. Pero el tiempo libre lo consideraba tiempo propio y prefería vivir mis propias fantasías antes que las ajenas.
-Leyendo Padres e hijos no dejé de recordar la idea de una cinta como Boyhood, que es captar en tiempo real los cambios físicos de los personajes. En el libro tus hijos van creciendo en la medida que leemos, lo mismo que la ciudad y tú mismo. Es un efecto interesante.
-Preferiría que los textos se mantuvieran intemporales, pero es imposible. Siempre aparecen estos rasgos que acusan momentos que ya quedaron a recaudo del pasado. Los niños crecen, yo voy envejeciendo, la ciudad cambia. Me imagino que es el mismo efecto inquietante de la película que mencionas. Lo peor de los cambios es que son imperceptibles. Vi una vez un trabajo de un tipo que se había sacado una foto cada día por un par de años. Si tú miras foto tras foto no hay mayor diferencia entre una y otra, pero la primera es radicalmente distinta a la última.
-2-
-Tengo una teoría: leídos de modo conjunto, tus libros de columnas funcionan como una novela. O como varias. ¿Cuál es tu relación con el género?
-Claro, hay ahí lo que se denomina un “sujeto” que recorre muchas zonas y al que le suceden muchas cosas. Pero plantear estos textos como parte de una novela implicaría un truco para velar su origen periodístico. Ver una novela aquí -una posibilidad real de transferencia literaria- es una idea de novelista. Y no lo soy. No pienso como novelista.
-¿Cómo piensas ?¿Como cronista?¿Como poeta?
-Es una pregunta muy difícil. Entiendo que tengo una especie de cabeza literaria, pero ignoro si pienso en una modalidad específica. Siento que hay una continuidad entre el modo en que experimentaba el mundo íntimamente cuando chico y ahora. Como que esa línea de pensamiento no se ha cortado nunca, es la misma voz, ampliada quizás por un grado mayor de conciencia. En ese trance puedo pensar momentáneamente como poeta, como ensayista o como místico amateur o como cualquier cosa. Lo único que me interesa conservar en ese proceso es una mirada realista, en atención a esa frase de Jung: he conocido muchas personas que dicen cómo las cosas deben ser y muy pocas que dicen cómo las cosas son.
-¿Cuál es tu relación con el pudor? Me parece que Padres e hijos tiene mucho de confesión, como si la escritura te permitiese procesar ciertas cosas que son nebulosas o abstractas, pero que sobre el papel se vuelven concretas e inapelables.
-Un amigo se negó una vez a ir a la tele a hablar sobre la masturbación, con el argumento de que era lo único íntimo que nos iba quedando. Yo tengo en cuenta esa distinción, hay cuestiones que no pueden saltar fácilmente de la esfera de lo íntimo. La sexualidad, por ejemplo. Encuentro que el género de las confesiones sexuales es muy fome, incluida la literatura erótica. Puedo exponerme a mí mismo hasta que me dé puntada, pero siempre conservando cierto sesgo de indagación objetiva, evitando la obscenidad.
-Vuelvo a la memoria. Muchas de tus columnas fueron escritas sin un plan previo, descubriste lo que querías decir en la medida que lo escribías, lo que me lleva a preguntarme cómo funciona tu memoria, qué la dispara, cómo es la máquina del tiempo de tus recuerdos.
-Vivo con la memoria a un palmo del ojo. Es un misterio en cuyas fronteras me gusta desplazarme. Una vez con mi hermano exasperamos a unas niñas con las que salimos al ir recordando, en un viaje en micro, en qué boliches de los que se veían habíamos estado alguna vez. Recuerdos fútiles e inútiles pero que igual provocaban un efecto de sentido. Para mí el pasado no está zanjado en absoluto, ni el personal ni el colectivo. Es un fenómeno totalmente involuntario, como lo prueba la súbita irrupción de lo remoto en los sueños. Mis abuelos, mis bisabuelos son un enigma para mí y todavía no acabo de conocerlos cabalmente. En sus vidas hubo zonas inconclusas, equívocos que me parece que me determinan. Todo se hereda de manera diferida, desde los miedos a las fortalezas.
-3-
-Me imagino que tener un padre escritor es raro. ¿Te tocó alguna vez explicarles lo que hacías?¿Tus hijos leen lo que escribes?
-Debe ser raro, pero no más raro que tener un padre farmacéutico o aviador. Sé que el mayor ha estado leyendo el último libro, y ambos se saben los títulos de los libros que he publicado. Pero no les pregunto la opinión. En todo caso, todos los niños tienen siempre la idea de que su familia es rara. No hay cómo escapar de esa ilusión. Hay una edad en que la vergüenza más grande nos la proporciona la propia familia.
-Tienes una banda de rock con tu hijo mayor. Me imagino que escuchan música juntos. ¿Qué les gusta? ¿Qué detestan?
-No solemos escuchar música juntos. De vez en cuando nos mostramos un video o un tema específico, pero son cinco minutos. Hay, de todos modos, una transferencia de información de lado a lado y se producen situaciones raras, como que Clemente ande entusiasmado con algún grupo de mi época juvenil al que yo no le puse atención en su momento, como Pixies.
-¿Pixies?
-A fines de los 80 yo estaba magnetizado por The Smiths. Escuchaba otras cosas pero los Smiths era lo que más me gustaba. Cuando escuché a Pixies la primera vez en la casa de Carlos Bogni -quien me dio a entender que la onda venía por este lado-, como que me cerré, no quise enganchar, me dio lata cambiar de frecuencia.
-En uno de los primeros textos del libro dices que detestas Los Simpson.
-En el caso de Los Simpson hay algo molesto, una especie de simpatía focalizada en personajes que se mueven por intereses mezquinos, en un nivel de realidad que no despega nunca de la superficie. La combinación es, a mi modo de ver, desagradable. Todo es feo en Los Simpson y nos piden que nos identifiquemos con eso. Prefiero Beavis and Butt-Head, que no aparecen edulcorados por la mirada de sus creadores. Al contrario de Los Simpson, no pretenden generar identificación. Lo peor, en todo caso, es esa voz de garganta apretada que tiene Homero en el doblaje, y su permanente deseo de bagatelas. No sé, a mí estos monos me hacen mal para el ánimo.
Cristianismo y aborto

Cuando la Iglesia Católica se opone al aborto -como el acto que quita la vida a quien está por nacer, todavía en el seno de una madre- no pretende imponer a nadie una verdad que le sea ajena. La libertad de la conciencia ha sido, desde sus orígenes, uno de los pilares del cristianismo. Velar por el cuidado de la conciencia personal, por su formación y respeto es, por eso, una responsabilidad profunda de la Iglesia y de su magisterio. Ilustrar esa conciencia es deber suyo, pertenece a su misión y, por lo mismo, la Iglesia Católica no puede sino reclamar el pleno respeto a la vida y a la conciencia personal.
Que la Iglesia, a título de supuesta poseedora de una verdad absoluta, pretendiera forjar un dogma acerca del aborto, y tratara de imponerlo autoritariamente a quienes no reconocen su soberanía, ni creen en la verdad que profesa -como se oye decir- es un modo de pensar demasiado tosco o más bien odioso. Es montar una ideología y atribuírsela a otro para sustentar la propia, nada más como contraria. Una ideología a caballo de otra, que la primera fabrica a su gusto, resulta un espectáculo carnavalesco.
Don Quijote, con ilusorio idealismo, combatió molinos de viento. Pero forjar una ideología ad hoc nada más que para combatirla ya no es pelear con molinos de viento en un arranque de idealismo, sino, sencillamente, es obrar de mala fe, pensar ideológicamente. Marx explicó esto bastante bien.
El cristianismo cree que la vida humana es lo más valioso que existe en el universo, condición de existencia de todo lo más alto. Ante la cual -por lo mismo- no cabe sino venerarla. Estoy sinceramente convencido de que así piensan también quienes propician medidas abortivas sin ninguna intención de negar la vida, ni de ser anticristiano. Claro, esto sería simplemente una locura. Inclusive acepto que haya intenciones favorables a la vida en una búsqueda de soluciones concretas ante situaciones reales que surgen en este terreno.
Pero el punto ciertamente no está en que unos pretendan imponer a otros sus creencias personales y otros defiendan su libertad de conciencia. Evitemos estas simplificaciones de uso publicitario.
El cristianismo invita a considerar por qué la vida humana es venerable. El cristianismo mira la vida como un valor superior que está plenamente en el ser mismo del hombre y luce en el fondo de su conciencia; de su inteligencia, de sus más puros sentimientos y pasiones. En fin, en el sentido de su acción.
Por eso el cristianismo piensa que no debe nunca correrse el riesgo de atentar contra la vida, ni siquiera ahí donde pueda ser un átomo invisible de lo que puede llegar a ser una mujer o un hombre. Usted no puede disparar contra el vidrio de una habitación en la convicción de que ahí no hay nadie. Puede equivocarse. Usted no puede confiar en las hipótesis de unos fisiólogos y pensar que en esas semanas no hay nadie en el seno de una madre.
Si en algún momento resulta admisible dar muerte a un ser humano, solo puede ocurrir cuando no es eso en absoluto lo que se ha querido, sino, por el contrario, es algo hecho, justamente, en defensa de la vida misma, la propia o la de otros.
Juan de Dios Vial Larraín
Ministro del Medio Ambiente descongela ley de glaciares
Revista Qué Pasa, jueves 12 de marzo de 2015

Primero se había comprometido la presidenta Michelle Bachelet en su primer discurso presidencial del 21 de mayo pasado. Luego el ministro del Medio Ambiente, Pablo Badenier, empeñó su palabra ante un grupo de diputados de la llamada “bancada glaciar” de que el gobierno impulsaría una ley de protección de los glaciares. Seis meses después, el propio Badenier firmó un acuerdo con senadores y diputados del oficialismo y la oposición para que respalden una indicación sustitutiva que, en lo grueso, permite la protección del 100% de la superficie glaciar del país.
El miércoles el gobierno ingresó la indicación ante la Comisión de Medio Ambiente de la Cámara, tras intensas negociaciones con parlamentarios del oficialismo y la oposición, así como gremios y organizaciones civiles, además de las empresas mineras. De hecho, los responsables de los proyectos de Pascua Lama, Pelambres y Codelco Andina plantearon sus inquietudes por tratarse de proyectos ya aprobados, los que de todas maneras se verán afectos a la ley. “Está asegurada la protección del 100% de los glaciares del territorio nacional, incluso a través de la revisión de resoluciones de calificación ambiental ya otorgadas”, dijo el ministro a la página web de la Cámara de Diputados. Entre otras medidas se declararán los glaciares como bienes de uso público y no se podrán constituir derechos de aprovechamiento de agua sobre los mismos
El miércoles el gobierno ingresó la indicación ante la Comisión de Medio Ambiente de la Cámara, tras intensas negociaciones con parlamentarios del oficialismo y la oposición, así como gremios y organizaciones civiles, además de las empresas mineras. De hecho, los responsables de los proyectos de Pascua Lama, Pelambres y Codelco Andina plantearon sus inquietudes por tratarse de proyectos ya aprobados, los que de todas maneras se verán afectos a la ley. “Está asegurada la protección del 100% de los glaciares del territorio nacional, incluso a través de la revisión de resoluciones de calificación ambiental ya otorgadas”, dijo el ministro a la página web de la Cámara de Diputados. Entre otras medidas se declararán los glaciares como bienes de uso público y no se podrán constituir derechos de aprovechamiento de agua sobre los mismos
La literatura de los padres

Roberto Merino (1961) acaba de publicar Padres e hijos (Hueders), un volumen que recopila sus columnas sobre el tema publicadas en LUN a través de diez años. Con Andrés Braithwaite como coeditor, la presente obra complementa Pista resbaladiza (editado el año pasado) y funciona como una reflexión profunda sobre el tema de la paternidad, sus fantasmas y los modos en que los hijos reflejan a los padres y viceversa, construyendo una especie de laberinto circular donde su autor se pierde para encontrarse con los fantasmas de la memoria, pero también con los destellos del presente. De este modo, en el libro conviven su desconfianza hacia las instituciones y las majaderías del didactismo con los retazos de sus lecturas de infancia. Cronista, poeta, profesor de Literatura en la UDP, padre de dos hijos de 13 y 16 años, miembro de la banda de rock Ya se fueron (donde también toca su hijo mayor), Merino avanza así a tientas por el camino de espejos de la propia experiencia, para volver de ahí con una escritura carente de autocompasión, tan perpleja como sorpresiva, tan reflexiva como lúcida.
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-¿Cuánto conservas de los libros de la infancia, de esa biblioteca a la que aludes muchas veces y donde recordabas, por ejemplo, la edición de Quimantú de Shólojov?
-Algunas cosas andan todavía por ahí. El primer Papelucho que me regalaron en 1967 lo tengo todavía. Y otro libro ilustrado de Marcela Paz, Caramelos de luz, que traía pequeños relatos muy enigmáticos. Y dos silabarios, el Hispanoamericano, que venden todavía en la calle, y el Lea, que correspondió a un experimento increíble de familiarización con el lenguaje. Los textos de ese libro eran un como delirio de sonoridades e imágenes. A veces me vienen a la mente algunas de sus frases: “Era un rey de rancios abolengos el lagarto engreído”.
-Padres e hijos tiene una idea bien radical, que es la desconfianza tuya hacia ciertos lugares comunes: el colegio, las bibliotecas infantiles, la lectura, el didactismo.
-Es posible que se trate de un trauma. Yo tuve de niño una curiosidad permanente por el mundo. Me interesaban las ciudades, los paisajes, las personas en un sentido bastante amplio. Fantaseaba mucho, pensaba libremente en las cosas, era eso lo que me gustaba. Y la intención didáctica de los adultos la vivía como una intromisión culpógena: “Usted no sabe nada, usted está en falta, yo le voy a enseñar”. Hay un ninguneo en esa actitud, la certeza de que la experiencia del niño no vale un comino. En el colegio era otra cosa, ahí uno jugaba el rol del alumno, abierto a que le transfirieran conocimientos. Pero el tiempo libre lo consideraba tiempo propio y prefería vivir mis propias fantasías antes que las ajenas.
-Leyendo Padres e hijos no dejé de recordar la idea de una cinta como Boyhood, que es captar en tiempo real los cambios físicos de los personajes. En el libro tus hijos van creciendo en la medida que leemos, lo mismo que la ciudad y tú mismo. Es un efecto interesante.
-Preferiría que los textos se mantuvieran intemporales, pero es imposible. Siempre aparecen estos rasgos que acusan momentos que ya quedaron a recaudo del pasado. Los niños crecen, yo voy envejeciendo, la ciudad cambia. Me imagino que es el mismo efecto inquietante de la película que mencionas. Lo peor de los cambios es que son imperceptibles. Vi una vez un trabajo de un tipo que se había sacado una foto cada día por un par de años. Si tú miras foto tras foto no hay mayor diferencia entre una y otra, pero la primera es radicalmente distinta a la última.
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-Tengo una teoría: leídos de modo conjunto, tus libros de columnas funcionan como una novela. O como varias. ¿Cuál es tu relación con el género?
-Claro, hay ahí lo que se denomina un “sujeto” que recorre muchas zonas y al que le suceden muchas cosas. Pero plantear estos textos como parte de una novela implicaría un truco para velar su origen periodístico. Ver una novela aquí -una posibilidad real de transferencia literaria- es una idea de novelista. Y no lo soy. No pienso como novelista.
-¿Cómo piensas ?¿Como cronista?¿Como poeta?
-Es una pregunta muy difícil. Entiendo que tengo una especie de cabeza literaria, pero ignoro si pienso en una modalidad específica. Siento que hay una continuidad entre el modo en que experimentaba el mundo íntimamente cuando chico y ahora. Como que esa línea de pensamiento no se ha cortado nunca, es la misma voz, ampliada quizás por un grado mayor de conciencia. En ese trance puedo pensar momentáneamente como poeta, como ensayista o como místico amateur o como cualquier cosa. Lo único que me interesa conservar en ese proceso es una mirada realista, en atención a esa frase de Jung: he conocido muchas personas que dicen cómo las cosas deben ser y muy pocas que dicen cómo las cosas son.
-¿Cuál es tu relación con el pudor? Me parece que Padres e hijos tiene mucho de confesión, como si la escritura te permitiese procesar ciertas cosas que son nebulosas o abstractas, pero que sobre el papel se vuelven concretas e inapelables.
-Un amigo se negó una vez a ir a la tele a hablar sobre la masturbación, con el argumento de que era lo único íntimo que nos iba quedando. Yo tengo en cuenta esa distinción, hay cuestiones que no pueden saltar fácilmente de la esfera de lo íntimo. La sexualidad, por ejemplo. Encuentro que el género de las confesiones sexuales es muy fome, incluida la literatura erótica. Puedo exponerme a mí mismo hasta que me dé puntada, pero siempre conservando cierto sesgo de indagación objetiva, evitando la obscenidad.
-Vuelvo a la memoria. Muchas de tus columnas fueron escritas sin un plan previo, descubriste lo que querías decir en la medida que lo escribías, lo que me lleva a preguntarme cómo funciona tu memoria, qué la dispara, cómo es la máquina del tiempo de tus recuerdos.
-Vivo con la memoria a un palmo del ojo. Es un misterio en cuyas fronteras me gusta desplazarme. Una vez con mi hermano exasperamos a unas niñas con las que salimos al ir recordando, en un viaje en micro, en qué boliches de los que se veían habíamos estado alguna vez. Recuerdos fútiles e inútiles pero que igual provocaban un efecto de sentido. Para mí el pasado no está zanjado en absoluto, ni el personal ni el colectivo. Es un fenómeno totalmente involuntario, como lo prueba la súbita irrupción de lo remoto en los sueños. Mis abuelos, mis bisabuelos son un enigma para mí y todavía no acabo de conocerlos cabalmente. En sus vidas hubo zonas inconclusas, equívocos que me parece que me determinan. Todo se hereda de manera diferida, desde los miedos a las fortalezas.
-3-
-Me imagino que tener un padre escritor es raro. ¿Te tocó alguna vez explicarles lo que hacías?¿Tus hijos leen lo que escribes?
-Debe ser raro, pero no más raro que tener un padre farmacéutico o aviador. Sé que el mayor ha estado leyendo el último libro, y ambos se saben los títulos de los libros que he publicado. Pero no les pregunto la opinión. En todo caso, todos los niños tienen siempre la idea de que su familia es rara. No hay cómo escapar de esa ilusión. Hay una edad en que la vergüenza más grande nos la proporciona la propia familia.
-Tienes una banda de rock con tu hijo mayor. Me imagino que escuchan música juntos. ¿Qué les gusta? ¿Qué detestan?
-No solemos escuchar música juntos. De vez en cuando nos mostramos un video o un tema específico, pero son cinco minutos. Hay, de todos modos, una transferencia de información de lado a lado y se producen situaciones raras, como que Clemente ande entusiasmado con algún grupo de mi época juvenil al que yo no le puse atención en su momento, como Pixies.
-¿Pixies?
-A fines de los 80 yo estaba magnetizado por The Smiths. Escuchaba otras cosas pero los Smiths era lo que más me gustaba. Cuando escuché a Pixies la primera vez en la casa de Carlos Bogni -quien me dio a entender que la onda venía por este lado-, como que me cerré, no quise enganchar, me dio lata cambiar de frecuencia.
-En uno de los primeros textos del libro dices que detestas Los Simpson.
-En el caso de Los Simpson hay algo molesto, una especie de simpatía focalizada en personajes que se mueven por intereses mezquinos, en un nivel de realidad que no despega nunca de la superficie. La combinación es, a mi modo de ver, desagradable. Todo es feo en Los Simpson y nos piden que nos identifiquemos con eso. Prefiero Beavis and Butt-Head, que no aparecen edulcorados por la mirada de sus creadores. Al contrario de Los Simpson, no pretenden generar identificación. Lo peor, en todo caso, es esa voz de garganta apretada que tiene Homero en el doblaje, y su permanente deseo de bagatelas. No sé, a mí estos monos me hacen mal para el ánimo.
-Algunas cosas andan todavía por ahí. El primer Papelucho que me regalaron en 1967 lo tengo todavía. Y otro libro ilustrado de Marcela Paz, Caramelos de luz, que traía pequeños relatos muy enigmáticos. Y dos silabarios, el Hispanoamericano, que venden todavía en la calle, y el Lea, que correspondió a un experimento increíble de familiarización con el lenguaje. Los textos de ese libro eran un como delirio de sonoridades e imágenes. A veces me vienen a la mente algunas de sus frases: “Era un rey de rancios abolengos el lagarto engreído”.
-Padres e hijos tiene una idea bien radical, que es la desconfianza tuya hacia ciertos lugares comunes: el colegio, las bibliotecas infantiles, la lectura, el didactismo.
-Es posible que se trate de un trauma. Yo tuve de niño una curiosidad permanente por el mundo. Me interesaban las ciudades, los paisajes, las personas en un sentido bastante amplio. Fantaseaba mucho, pensaba libremente en las cosas, era eso lo que me gustaba. Y la intención didáctica de los adultos la vivía como una intromisión culpógena: “Usted no sabe nada, usted está en falta, yo le voy a enseñar”. Hay un ninguneo en esa actitud, la certeza de que la experiencia del niño no vale un comino. En el colegio era otra cosa, ahí uno jugaba el rol del alumno, abierto a que le transfirieran conocimientos. Pero el tiempo libre lo consideraba tiempo propio y prefería vivir mis propias fantasías antes que las ajenas.
-Leyendo Padres e hijos no dejé de recordar la idea de una cinta como Boyhood, que es captar en tiempo real los cambios físicos de los personajes. En el libro tus hijos van creciendo en la medida que leemos, lo mismo que la ciudad y tú mismo. Es un efecto interesante.
-Preferiría que los textos se mantuvieran intemporales, pero es imposible. Siempre aparecen estos rasgos que acusan momentos que ya quedaron a recaudo del pasado. Los niños crecen, yo voy envejeciendo, la ciudad cambia. Me imagino que es el mismo efecto inquietante de la película que mencionas. Lo peor de los cambios es que son imperceptibles. Vi una vez un trabajo de un tipo que se había sacado una foto cada día por un par de años. Si tú miras foto tras foto no hay mayor diferencia entre una y otra, pero la primera es radicalmente distinta a la última.
-2-
-Tengo una teoría: leídos de modo conjunto, tus libros de columnas funcionan como una novela. O como varias. ¿Cuál es tu relación con el género?
-Claro, hay ahí lo que se denomina un “sujeto” que recorre muchas zonas y al que le suceden muchas cosas. Pero plantear estos textos como parte de una novela implicaría un truco para velar su origen periodístico. Ver una novela aquí -una posibilidad real de transferencia literaria- es una idea de novelista. Y no lo soy. No pienso como novelista.
-¿Cómo piensas ?¿Como cronista?¿Como poeta?
-Es una pregunta muy difícil. Entiendo que tengo una especie de cabeza literaria, pero ignoro si pienso en una modalidad específica. Siento que hay una continuidad entre el modo en que experimentaba el mundo íntimamente cuando chico y ahora. Como que esa línea de pensamiento no se ha cortado nunca, es la misma voz, ampliada quizás por un grado mayor de conciencia. En ese trance puedo pensar momentáneamente como poeta, como ensayista o como místico amateur o como cualquier cosa. Lo único que me interesa conservar en ese proceso es una mirada realista, en atención a esa frase de Jung: he conocido muchas personas que dicen cómo las cosas deben ser y muy pocas que dicen cómo las cosas son.
-¿Cuál es tu relación con el pudor? Me parece que Padres e hijos tiene mucho de confesión, como si la escritura te permitiese procesar ciertas cosas que son nebulosas o abstractas, pero que sobre el papel se vuelven concretas e inapelables.
-Un amigo se negó una vez a ir a la tele a hablar sobre la masturbación, con el argumento de que era lo único íntimo que nos iba quedando. Yo tengo en cuenta esa distinción, hay cuestiones que no pueden saltar fácilmente de la esfera de lo íntimo. La sexualidad, por ejemplo. Encuentro que el género de las confesiones sexuales es muy fome, incluida la literatura erótica. Puedo exponerme a mí mismo hasta que me dé puntada, pero siempre conservando cierto sesgo de indagación objetiva, evitando la obscenidad.
-Vuelvo a la memoria. Muchas de tus columnas fueron escritas sin un plan previo, descubriste lo que querías decir en la medida que lo escribías, lo que me lleva a preguntarme cómo funciona tu memoria, qué la dispara, cómo es la máquina del tiempo de tus recuerdos.
-Vivo con la memoria a un palmo del ojo. Es un misterio en cuyas fronteras me gusta desplazarme. Una vez con mi hermano exasperamos a unas niñas con las que salimos al ir recordando, en un viaje en micro, en qué boliches de los que se veían habíamos estado alguna vez. Recuerdos fútiles e inútiles pero que igual provocaban un efecto de sentido. Para mí el pasado no está zanjado en absoluto, ni el personal ni el colectivo. Es un fenómeno totalmente involuntario, como lo prueba la súbita irrupción de lo remoto en los sueños. Mis abuelos, mis bisabuelos son un enigma para mí y todavía no acabo de conocerlos cabalmente. En sus vidas hubo zonas inconclusas, equívocos que me parece que me determinan. Todo se hereda de manera diferida, desde los miedos a las fortalezas.
-3-
-Me imagino que tener un padre escritor es raro. ¿Te tocó alguna vez explicarles lo que hacías?¿Tus hijos leen lo que escribes?
-Debe ser raro, pero no más raro que tener un padre farmacéutico o aviador. Sé que el mayor ha estado leyendo el último libro, y ambos se saben los títulos de los libros que he publicado. Pero no les pregunto la opinión. En todo caso, todos los niños tienen siempre la idea de que su familia es rara. No hay cómo escapar de esa ilusión. Hay una edad en que la vergüenza más grande nos la proporciona la propia familia.
-Tienes una banda de rock con tu hijo mayor. Me imagino que escuchan música juntos. ¿Qué les gusta? ¿Qué detestan?
-No solemos escuchar música juntos. De vez en cuando nos mostramos un video o un tema específico, pero son cinco minutos. Hay, de todos modos, una transferencia de información de lado a lado y se producen situaciones raras, como que Clemente ande entusiasmado con algún grupo de mi época juvenil al que yo no le puse atención en su momento, como Pixies.
-¿Pixies?
-A fines de los 80 yo estaba magnetizado por The Smiths. Escuchaba otras cosas pero los Smiths era lo que más me gustaba. Cuando escuché a Pixies la primera vez en la casa de Carlos Bogni -quien me dio a entender que la onda venía por este lado-, como que me cerré, no quise enganchar, me dio lata cambiar de frecuencia.
-En uno de los primeros textos del libro dices que detestas Los Simpson.
-En el caso de Los Simpson hay algo molesto, una especie de simpatía focalizada en personajes que se mueven por intereses mezquinos, en un nivel de realidad que no despega nunca de la superficie. La combinación es, a mi modo de ver, desagradable. Todo es feo en Los Simpson y nos piden que nos identifiquemos con eso. Prefiero Beavis and Butt-Head, que no aparecen edulcorados por la mirada de sus creadores. Al contrario de Los Simpson, no pretenden generar identificación. Lo peor, en todo caso, es esa voz de garganta apretada que tiene Homero en el doblaje, y su permanente deseo de bagatelas. No sé, a mí estos monos me hacen mal para el ánimo.
Titi Jacobita
Información se obtuvo con la ayuda de celulares y cámaras trampa:
Área en que habita el gato andino se duplica tras ser avistado en Atacama y Coquimbo
Se trata de una especie difícil de observar. Hasta ahora su registro más austral se había obtenido cerca de San Pedro de Atacama.
Richard García
Área en que habita el gato andino se duplica tras ser avistado en Atacama y Coquimbo
Se trata de una especie difícil de observar. Hasta ahora su registro más austral se había obtenido cerca de San Pedro de Atacama.
Richard García
Diario El Mercurio, miércoles 11 de marzo de 2015
El gato andino ( Leopardus jacobita ) debe ser una de las especies más enigmáticas de Chile. Hasta 2004 apenas se habían fotografiado cuatro ejemplares.
En gran parte la escasez se debía a que el animal era muy codiciado por su piel. Incluso se decía que si un aimara se cruzaba con uno de ellos y no lo mataba, tendría un año de mala suerte.
Afortunadamente en los últimos doce años se ha producido un vuelco en el conocimiento de la especie y hoy incluso existe una red internacional que aboga por su protección.
Las cámaras trampa han permitido conocer mejor su rango de distribución. Al principio, solo se había detectado en la Región de Arica-Parinacota y en el altiplano de Antofagasta, pero en 2012 se obtuvieron los primeros registros en Tarapacá.
La última evidencia científica verificada situaba su posición más austral en la zona de las termas de Puritama, cerca de San Pedro de Atacama, al interior de Antofagasta.
Pero ahora nuevas evidencias más que duplican su área conocida de distribución.
"Llevamos ya largo tiempo trabajando con el gobierno regional en la parte sur de la Región de Coquimbo, capturando pumas para colocarles radiocollares satelitales y poder rastrear sus movimientos. En el marco de este proceso, apoyado por la Wildlife Conservation Network, logramos observar un gato andino en varios videos obtenidos por una cámara trampa", cuenta entusiasmado el biólogo Agustín Iriarte, quien es gerente de Flora y Fauna Chile. El hallazgo fue realizado por los investigadores Cristián Sepúlveda, Guillermo Sanz y Ricardo Pino.
Unos meses antes, un empleado del proyecto minero Caserones había captado otro ejemplar con su celular a unos 120 kilómetros al sureste de Copiapó. "Con eso avanzamos 700 kilómetros más al sur de su punto de distribución más austral. Ahora, con el que encontramos al sur de Coquimbo, lo extendemos a 1.100 kilómetros", enfatiza Iriarte, quien es miembro de la Alianza Gato Andino (AGA).
El video -destaca- es el primer registro científico de su existencia tan al sur. "Siempre estuvo la suposición de que podía estar presente y había gente que decía haberlo visto, pero no había pruebas".
Por eso ahora queda intentar ver si también está presente en la Región de Valparaíso.
¿Podría vivir también en la cordillera frente a Santiago? Al menos el naturalista Rodulfo Philippi describió un gato idéntico en la precordillera de La Dehesa en 1891, pero nunca más ha sido observado otra vez.
El gato andino se parece a un gato doméstico, pero es un tercio más grande y posee una cola gruesa con ocho anillos.
Anécdotas contadas por Willy Arthur Aránguiz
[Extractado del libro De Memoria
de Germán Becker
Editorial Andújar, Santiago, 2001]
con un grupo de trabajadores
arreglando una alambrada.
De pronto se sintió el motor
de una nave aérea.
Uno de ellos gritó:
«¡Mire patrón la helicóptera!».
Domingo: «No hombre, helicóptero».
Trabajador: «Ave María la vista suya».
....
Me contaba el guatón De Ramón,
huaso, arquitecto, poeta y músico,
que en su Santa Cruz natal, en Colchagua,
había un juez entrado en años,
de una simpática pachorra.
Llegó a ejercer a ese lugar,
una chiquilla recién titulada de abogado.
El lunes, a primera hora,
fue a saludar al magistrado.
La puerta del tribunal estaba abierta.
Desde allí saludó:
«Buenos días su señoría»
a lo que el juez contestó:
«Mandandirum dirum da».
...
Del arzobispo de Santiago
monseñor Crescente Errázuriz
se cuentan muchas historias.
Este piadoso y erudito historiador,
era de firme carácter y ágil imaginación.
Un sector político,
con prejuicios religiosos
le tenía una gran antipatía.
Un día monseñor Errázuriz
entraba -de sotana- al Club de la Unión
a dar una conferencia,
cuando en la puerta se cruza
con alguien que salía.
Este individuo
que venía con sus tragos,
lanzó una exclamación
con el propósito de ofender
al prelado: «Me cargan las polleras»,
a lo que don Crescente,
sin inmutarse le contestó: «¡Maricón!».
Willy Arthur tenía una infinidad de anécdotas
y chascarros que le ocurrían con frecuencia
y que deleitaban a sus contertulios,
así como historias ocurridas a otros
como la que viene a continuación:
El marido mandó a lavar el auto,
ella se cambió para ir de compras.
Él le dijo a su mujer
que se quedaría en el departamento
para arreglar un desperfecto
que había con el lavaplatos.
Al hombre le gustaba maestrear.
Con una vieja camisa escosesa
y sus ya raídos jeans,
se metió debajo del artefacto,
mientras la señora salía
tirándole un beso a la pasada.
Después de media hora
de intentar infructuosamente
arreglar el problema,
utilizando la llave inglesa,
la francesa y demás herramientas,
no hubo caso y no pudo aflojar una tuerca.
Aburrido, fue al teléfono
y le pidió al conserje
que por favor le enviara
un gásfiter para solucionar el cuento.
Llegó el maestro, al cual le explicó
el problema y se fue a dar una ducha.
Entre tanto el maestro procedió
con sus también raídos jeans
a corregir la dificultad,
sumergiéndose bajo el lavaplatos
con diversas herramientas
que traía consigo incluyendo
una estopa y un soplete.
En eso estaba, en cuatro patas laborando,
y mientras hacía ingentes esfuerzos
por aflojar la pieza atascada,
afanado como estaba, la parte
trasera del pantalón comenzó
poco a poco a bajar develando
con cada movimiento, una
mayor proporción de su anatomía humana.
Por lo demás este especie de strip-tease
involuntario, es sumamente habitual
en este tipo de labores.
Cuando ya la ranura dorsal,
se asomaba plenamente
se sintió abrir la puerta
y entró la señora del dueño de casa
cargada de paquetes.
Cuando entró en la cocina
dejó las bolsas sobre una mesa
y, cariñosa, introdujo su mano
entre el jean y el cuerpo del
que creía su marido, diciendo:
¿De quién es este potito?
Dicen que el maestro paralogizado
entró en algo parecido a un coma
por varios días. Fue atendido por Fonasa.
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