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Cambios de año, cambios de nombres por jorge Edwards


Diario La Segunda, Viernes 03 de Enero de 2014
http://blogs.lasegunda.com/redaccion/2014/01/03/cambios-de-ano-cambios-de-nomb.asp

Me acuerdo de fines de año de la década de los sesenta y los comparo con el de hace tres días. París es otro y el mundo también lo es, y cuando me llaman desde una playa del centro de Chile, desde el sol y el mar, y recibo el llamado en una noche invernal de celebración, entre el ruido del viento y de la lluvia, siento que parte del cambio, parte esencial, es la comunicación, la tecnología, internet. Recibo por internet, por ejemplo, tarjetas de fin de año que cantan y que bailan, cosa que antes no era concebible. No sé si esto se puede llamar progreso o si es, de alguna manera, un retroceso, una trivialización y una dispersión de la vida. Leo y releo a Albert Camus y me pregunto si no he necesitado que él cumpla cien años para releerlo: si son los medios, que lo han puesto de moda por un rato y que lo olvidarán al rato siguiente, los que me han llevado a la relectura.
Por supuesto, estamos rodeados, bombardeados, por aniversarios, centenarios, conmemoraciones de toda especie. Comparar las películas que veíamos en los años sesenta y las que vemos ahora es un ejercicio interesante. En los sesenta descubríamos a Federico Fellini, a Ingmar Bergman, a Jean-Luc Godard. En París daban un film de Louis Malle, “Le feu follet” (El fuego fatuo), basado en una novela de Drieu la Rochelle, escritor de gran talento, colaboracionista, seducido por el nazismo, que se suicidó en las semanas finales de la Segunda Guerra. Llegaban noticias del cine brasileño, del nuevo cine soviético, de los japoneses, y a veces se estrenaba alguna película cubana, obra, por ejemplo, de Tomás Gutiérrez Alea, lo cual servía para que subieran los bonos y hasta la leyenda de la revolución castrista.
Ahora compruebo que la última película que he visto transcurre en la India, que la anterior transcurría en China continental, que en los últimos dos años he asistido a obras iraníes interesantes, siempre disidentes, defensoras de las libertades intelectuales y de la condición femenina. No sé si salen del interior de Irán o si existe una disidencia bien organizada en el extranjero y capaz de producir películas de calidad, con actores de primera clase. Hay materia abundante de reflexión, de aprendizaje, y el tiempo falta. No soy, desde luego, especialista en cine, pero compruebo, sin ir más allá, que la vieja Europa y los Estados Unidos ya no son el centro único del arte cinematográfico. Ya no tienen la hegemonía artística abrumadora, sin contrapeso, que tuvieron antes.
Trato de ver una película de Martin Scorsese sobre Wall Street, pero en la enorme sala sólo queda una entrada. ¿Y cómo voy a encontrar mi asiento? No creo que lo pueda encontrar, replica el hombre de la boletería, con expresión pesimista, encogiéndose de hombros. Entro, entonces, a una sala donde proyectan “The lunch-box”, película de producción india-francesa-alemana, dirigida y actuada por actores de la India. Había leído un buen comentario en alguna parte. Es una historia que tiene el arte de la sencillez, de la línea argumental clara y sobria, de la emoción contenida, de la ambientación impecable. Entramos en calles bulliciosas, en trenes, buses y taxis de tracción mecánica y de tracción humana, en fruterías atiborradas, exóticas, en infiernos burocráticos, en vidas de barrio, de conversaciones de un balcón a otro. Debido a un error de direcciones, una empresa de comidas entrega los recipientes del almuerzo a un empleado de la contabilidad, en lugar de entregarla al marido de la mujer que prepara los guisos. Se produce un intercambio de papeles escondidos en las viandas entre la esposa mal atendida, medio abandonada, hermosa y triste, y el ayudante de contador, cincuentón, melancólico, viudo. A medio andar, estamos asistiendo a una curiosa historia de amor por correspondencia, una historia clásica y contemporánea. El elogio de los guisos, escueto, no exagerado, pero escrito con sensibilidad, hace las veces de nuestros cumplidos y piropos occidentales. Vemos a la mujer que huele la ropa sucia de su marido, con tristeza profunda, y descubre olores femeninos. El viudo, entretanto, no dice nada: fuma, y en los anocheceres, en una modesta terraza de madera, entre ropa colgada y ruidos de la calle, lanza el humo y sueña.
La película consigue conmover y provocar un suspenso. No sabemos si culminará en una separación final, irremediable, o si tendrá un happy ending, un final feliz. En uno de los episodios, el empleado cincuentón viaja en un tranvía y un joven le cede el asiento. No nos dicen nada sobre su reacción interna, pero la adivinamos perfectamente. Su amada, que ha decidido salir de la pasividad, le da una cita en un café. Lo espera en una mesa, sola. Ella se llama Ila y no alcancé a captar el nombre del personaje masculino. El acude a la cita y observa a Ila, bella y triste, desde la distancia. Decide que ya es demasiado viejo y que debe renunciar. Asiste a la boda de uno de sus ayudantes, como único testigo, y contempla a los jóvenes novios con cariño y con un sentimiento de impotencia. Obtiene su jubilación y viaja a instalarse a otra ciudad. Pero la mujer insiste. Las últimas secuencias del film sugieren un encuentro, un regreso, una superación del tema de la vejez. Eso sí, el director, astuto, juega con el público: insinúa la posibilidad del final feliz, pero no lo confirma. La película termina a mitad de camino, y asistimos a una larga hilera de créditos que desfilan en la oscuridad. El actor se llama Irrfan Khan; la actriz, Ila, es Nimrat Kaur. Como se puede ver, estamos muy lejos de Robert Redford, de Marilyn Monroe, de Ingrid Thulin, de todos esos nombres tan familiares. Estamos, con la llegada del año 2014, en otro mundo.

Tiempo… ¿cuánto dura el tiempo?, ¿cuánto tiempo se necesita para capturar el tiempo?‏



Revista Qué Pasa, lunes 23 de diciembre de 2013
http://www.quepasa.cl/articulo/cultura/2013/12/6-13423-9-el-transcurso-del-tiempo.shtml

El transcurso del tiempo

Con la canonización de las series de cable, la "dictadura de las dos horas" de las películas dejó de ser algo arbitrario, inventado por los productores de Hollywood. A lo mejor  llegó el momento de anunciar el verdadero nuevo efecto especial: el uso del tiempo. La nueva cinta de Martin Scorsese, El lobo de Wall Street, es un ejemplo de esta tendencia.
El tema es al final simple: ¿por qué el tiempo debe ser restrictivo? Ya lo es en la vida: el tiempo falta, se disipa, no alcanza. La vida, al final, es finita pero ¿deben serlo las narraciones que nos hacen la vida más intensa y que son nuestros espejos?
“El lobo de Wall Street” ha sido cercenada tanto por su metraje como por sus imágenes, lo que le significó un temido NC-17. La cinta, que estuvo rondando los 220 minutos, al final se estrenará con 179 minutos y una calificación de R. ¿Será mejor la versión de director? Viniendo de Scorsese, lo más probable es que sí.
Hace un par de años fue el 3D digital el que iba a cambiar la forma en que veíamos cine. No sólo la forma: mejoraría sustancialmente la manera en que procesaríamos las historias. Narraciones tan intensas que era necesario -se volvía clave- que las dos dimensiones aumentaran a tres. Pues bien, sucedió. ¿Sí? ¿Qué sucedió? No mucho, la verdad. La primera que tiró toda la “nueva” tecnología a la parrilla fue Avatar de James Cameron: pocas veces una cinta tan básica y tramposa, tan kitsch como seudoecológica, generó tanto ruido, recaudó tal cantidad de dinero y terminó desapareciendo tan rápido en el tiempo… 

Tiempo… ¿cuánto dura el tiempo?, ¿cuánto tiempo se necesita para capturar el tiempo?

Sigo: Avatar era un blockbuster con pretensiones intelectuales acerca de la posibilidad de viajar no tanto en el tiempo sino algo parecido: poder transformarte en otro (¿acaso el tiempo no es un viaje?, ¿acaso una de las cosas que acarrea el tiempo es que uno se transforma en otro, aunque no sea necesariamente aquel que querías ser?). Una premisa en sí tan fascinante como cautivante, pero no bastaba con eso. Al transformar al soldado mutilado en un esmirriado príncipe azul de una raza de basquetbolistas new age, las supuestas maravillas del 3D quedaron relegadas a subrayar más que nada el espectáculo. Cameron “pisó el palito” y traicionó lo que quiso explorar (por suerte ya había explorado esos temas en Titanic, Terminator y la subvalorada El secreto del abismo). 

Pasaron varios años, las cintas filmadas en HD ahora se proyectan en HD y casi no hay un filme digno de destacar que haya usado bien el 3D. Mucho terror gore, mucha cinta adolescente, mucho dibujo animado estridente. O, para decirlo de otro modo, no apareció ningún filme en 3D que perfectamente no pudiera funcionar en 2D. Hugo, de Martin Scorsese, un descontrolado pero bello y vacuo ejercicio de cinefilia-para-niños, es una de las pocas excepciones, pero Hugo no está ni cerca de lo mejor de la obra del director de Taxi Driver. Más bien es una excentricidad en su carrera. Gravedad, que por un momento este año se convirtió no sólo en la mejor cinta del año sino de la década, se fue desinflando, y hoy algunos la recuerdan como algo más que un buen videojuego, pero pocos críticos la están colocando en su lista de lo mejor del año. Lo respetable de Cuarón, eso sí, es que, al situar su cinta en el espacio, donde no hay dimensiones y la noción del tiempo es otra, optó por contar su thriller en unos acotados 85 minutos.

Quizás eso es lo mejor de Gravedad: usa el tiempo en su medida justa. Gravedad no necesita más tiempo pues la historia que ha optado por contar no necesita más metraje. Todo es muy básico y eficaz. El exitoso filme es acerca de un personaje en un momento muy limítrofe de su vida. Bien por Cuarón. Esto no implica que siempre menos es más. Casi, es cierto, pero no siempre. Viendo lo que está pasando recientemente en el cine y la televisión (que acaso es el nuevo cine o quizás lo correcto ahora es hablar de narraciones audiovisuales), a lo mejor  llegó el momento de anunciar el verdadero nuevo efecto especial: el uso del tiempo. 

Así es: con la canonización de las series del cable (la llamada era de oro de la televisión), el tema de la duración dejó de ser algo arbitrario inventado por los productores de Hollywood (de 100 a 120 minutos… ideal para no tener que levantarse para ir al baño y, más importante, un metraje rentable para poder exhibir la cintas un par de veces en los horarios más prime de la tarde). ¿Quién realmente estableció que las cintas no deberían exceder las dos horas? Filmes-espectáculo como La novicia rebelde o Lo que el viento se llevó superaban las tres horas. Hoy, en que el espectador accede a la pantalla de su conveniencia, el tema de la duración se ha vuelto pues relativo, para felicidad de Einstein. Hollywood y los filmes de los multiplex siguen tratando de crear  largometrajes que van entre los 90 y los 110 minutos, como promedio. Filmes de 130 o más minutos son considerados excesivos. 

Esto de la “dictadura de las dos horas” no es algo necesariamente hollywoodense. Al final, casi todo el mundo sigue este patrón y, tal como la estructura de tres actos “inventada” por los griegos, tiene algo natural, orgánico, humano. Es posible que esté ligado tanto a las necesidades básicas (de nuevo: ir al baño, comer) como al poder de concentración (un bloque de clases va entre 50 y 90 minutos, máximo). El arte, por lo general, se ha adecuado durante siglos a ciertos estándares: un cuento no debería exceder las treinta páginas, una obra de teatro tiende a rozar los 120 minutos, una canción que desea ser un hit radial no supera los 4 minutos. Así: una sinfonía es más corta que una ópera y, tal como el día se divide en 24 horas, el número redondo de 60 minutos termina siendo la vara con que toda creación artística se mide.

Hasta ahora… en que se inventó el tiempo. O que, al menos, se logró liberar de su cárcel. El tema es al final simple: ¿por qué el tiempo debe ser restrictivo? Ya lo es en la vida: el tiempo falta, se disipa, no alcanza. La vida, al final, es finita, pero ¿deben serlo las narraciones que nos hacen la vida más intensa y que son nuestros espejos? Algo ha pasado en los últimos años: no sólo la vida dura más sino que, gracias a la tecnología, el tiempo también lo ha hecho. Así, ver House of Cards, un “filme” de 13 horas, no es procesado como un exceso ni menos como una pérdida de tiempo, sino al revés. Game of Thrones no debería ir a las salas de cine porque se perdería demasiado: con suerte sería una trilogía a lo El señor de los anillos. Y justamente fue la televisión e internet y la capacidad de crear una lealtad a través de distintas vías de comunicación lo que Peter Jackson puso en práctica: estrenar una trilogía donde todas las reglas estarían claras. La historia continúa, pero en un año más. La saga Crepúsculo, mala literatura que sin embargo necesitó de muchas páginas y tomos para contar lo que deseaba contar, hizo lo mismo; Harry Potter no hubiera sido un fenómeno con un solo filme: la gracia de esa saga era ver a los personajes crecer frente a nosotros.

Y quizás es la literatura la que está detrás de este nuevo “uso del tiempo”. El exceso de páginas nunca ha sido del todo un problema. A lo más, por un tema de peso y encuadernación, se optó por la idea de tomos o sagas. Proust fue tan lejos que quiso explorar el tema desde adentro y la suma de sus novelas las bautizó con el impresionante rótulo de En busca del tiempo perdido. Si Proust hubiera sido editado para dejar toda su historia en un solo tomo, quizás no lo recordaríamos porque lo que cuenta no es tan importante como la manera cómo lo cuenta. No vamos donde Proust para avanzar rápido; lo leemos para quizás tener más tiempo y recobrar nuestro propio tiempo perdido. El título en francés es más correcto: la novela se trata de buscar el tiempo. Buscarlo, atraparlo, verlo transcurrir entre nuestros dedos y ojos. 



NARRAR SIN RESUMIR


Lo que ahora sucede es -quizás, insisto- gracias a las series: narrar y narrar sin preocuparse de resumir. Si Six Feet Under o Los Soprano superan las cien horas, pues por algo será. ¿Mad Men, el filme? Una mierda, impensable, puro diseño retro y música Rat Pack para no contar nada en 110 minutos. O habría que optar por una anécdota: Don Draper va a Hollywood y sólo tiene un affaire. Punto. Hace unos años, el clásico Mildred Pierce, el melodroma noir con Joan Crawford, fue readaptado por HBO y dirigido por Todd Haynes. El desafío era adaptar realmente la novela de James M. Cain. Así, la adaptación de 1945 duraba 111 minutos; la versión del 2011 con Kate Winslet, 336 minutos. Comparar siempre es complicado, pero en este caso específico (y sin haber leído la novela) sin duda que la nueva adaptación funciona mejor y es menos “camp”: deja de ser un melodrama donde todo está sobregirado para dejar que las cosas fluyan más lentamente y donde tiempos muertos y personajes secundarios puedan respirar y participar. 

Sin duda que la idea de “una narrativa económica” sigue siendo válida: Al este del paraíso de Elia Kazan optó más por James Dean que por contar la saga de una familia rural, como lo hacía la larga novela de Steinbeck. Hoy el cine debe tener muy en claro lo que puede y no puede hacer. Hay cosas que en dos horas se pueden contar muy bien; no hace falta más. Sería un exceso, una redundancia. Inside Llewyn Davis, la inspirada nueva cinta de los hermanos Coen, no necesita más de sus acotados 105 minutos de metraje. Entre otra cosas porque es muy fiel a su título: cuenta un momento en la vida de un intérprete folk. Lars von Trier, en cambio, ha anunciado que su Nymphomaniac necesita más de cinco horas, y en estos precisos instantes hay una lucha por su metraje. Al parecer, su estreno americano durará poco más de cuatro horas. ¿Qué sucederá al final? Quizás se divida en dos partes o no llegue a muchas salas (su sexo explícito ayudará a eso de igual modo), pero una cosa es clara: pasado el escándalo de su estreno en algún festival clase A, el filme se verá televisivamente o, para no herir susceptibilidades, en un formato doméstico:  televisor, computador, iPad. 

Vuelvo a Scorsese: Hugo tuvo 3D, pero era un cuentito (de 126 minutos) y su director lo tenía claro. Ahora regresa con una cinta que algunos que la han visto dicen que es algo así como Buenos muchachos (que ya era larga para las convenciones de la industria) en el mundo de la Bolsa y los yuppies: El lobo de Wall Street -que se estrena en Chile el próximo jueves- ha sido cercenada tanto por su metraje como por sus imágenes, que le significaron un temido NC-17. La cinta, que estuvo rondando los 220 minutos, al final se estrenará con 179 minutos y una calificación de R. ¿Será mejor la versión de director? Viniendo de Scorsese, lo más probable es que sí. Sucedió con New York, New York. El famoso corte del director tiende a ser mejor que el corte del productor. Pero claro: una cinta de más de tres horas es algo complicado. En el caso de Scorsese, mi impresión es que él lo tiene claro: lo que se verá pronto en los cines será un borrador pulido, un aperitivo. Al final, aparecerá su versión más larga y no creo que sea inferior a la cercenada. Claramente, la verdadera New York, New York funciona mejor que la que fracasó en los cines en su momento de estreno.

Para terminar, antes que esto sea más largo de lo necesario: hace poco me llegó un link de un videoclip que dura 24 horas (24hoursofhappy.com). Realmente no es cierto: la canción -“Happy”, de Pharrell Williams- dura 4 minutos, pero su puesta en escena intenta recrear un día, de sol a sol, donde un elenco de 360 personas cantan y bailan el tema a lo largo de caminatas por toda la ciudad de Los Ángeles (una ciudad famosa porque ahí nadie camina). El resultado es glorioso, contagioso, adictivo. No es necesario verlo entero, pero sí es fascinante ir moviendo el reloj y caer de manera random sobre alguien que sigue cantando y aplaudiendo. Quizás 24 horas es excesivo, pero una cosa me quedó clara: cuatro minutos hubiera sido un desperdicio, una falta de respeto, un error. Como ir a tomarse un café con alguien que uno estima y que el mozo te diga que tienes que parar la charla a los diez minutos. Mal. Impresentable. Poco civilizado.

Expertos en educación



En carta reciente y a raíz de una columna de Carlos Peña, la vocera de la Confech y presidenta de la FEUC, Naschla Aburman, demanda "participación vinculante" para "todos los actores sociales de la educación" en la futura reforma educacional. No especifica ni la forma de participación que tendrían esos actores ni el alcance del adjetivo "vinculante", lo cual sería importante que precisara. Pero sí es muy explícita en descalificar el rol de expertos "que creen saber más por los títulos que han obtenido en prestigiosas universidades, pero que no pueden definir (...) hacia dónde tiene que avanzar un país en educación".

Si se refiere a expertos de verdad, esos que han efectivamente estudiado en prestigiosas universidades, como ella misma lo hace hoy; que conocen los distintos sistemas educacionales que operan en países exitosos, que tienen opiniones fundadas en la experiencia e investigación acerca de las causas de nuestros problemas, entonces opino que su visión acerca de los expertos es muy equivocada. Más bien creo que por muchas décadas la voz de los que saben de educación no ha pesado suficientemente en el diseño de políticas públicas, primando agendas políticas cortoplacistas al momento de establecer prioridades y dar destino a los recursos asignados al sistema.

Concuerdo con Aburman en que los actores sociales tienen mucho que decir acerca de los problemas que los afectan. Pero sobre su solución y las mejores estrategias para lograrlas deben opinar los expertos, ilustrando la discusión pública y ponderando las alternativas en el contexto social y político que se vive, para que gobernantes y legisladores actúen con adecuada información, responsabilidad y consecuencia.

Al que le aprieta un zapato tiene derecho a quejarse, pero el arreglo del zapato es tema de zapatero.

Francisco Claro
Profesor Titular UC

Pastelero a tus planteles...

SENCILLA MEDITACIÓN PARA FIN Y COMENZO DE AÑO





PUNTOS PARA LA MEDITACIÓN

1).-Termina un año más de tu existencia. 
Dios te ha dado la vida, 
condicionada por dos coordenadas 
de las que nadie se puede evadir: tiempo y espacio. 

Tu vida, tu hoy, tu presente, el lugar donde vives, 
con las circunstancias sociales, económicas, 
familiares y laborales, con tu vida de relación… 
es el lugar y el tiempo que Dios ha querido para ti, 
para que realices aquello para lo que te ha creado: 
conocerlo, amarlo y servirlo.

No tienes otro tiempo, no tiene otro espacio… 
es este, hoy, ahora. 

El pasado se fue, 
el futuro no sabes si lo tendrás, 
solo tienes el hoy… 
No sabes si vas a durar veinte años más 
o si mañana ya no abrirás los ojos. 

“CARPE DIEM”. ¡Aprovéchalo! 
¡No dejes pasar la oportunidad 
que Dios te brinda para conocerlo, amarlo y servirlo!

Dios te ha dado la vida para aprovecharla, 
para ponerte de su parte o para rechazarlo, 
para escogerlo a él o hacer tu vida a tu manera, 
para ser santo o para condenarte para siempre.

Para el cristiano el tiempo es más que oro: 
en él se juega nuestra felicidad, nuestra eternidad.

2).-Fin de año: corazón agradecido. 

Un año lleno de gracias espirituales y materiales. 

Piensa en ellas, 
en las veces que has participado en los sacramentos, 
especialmente en la Eucaristía y en la Penitencia, 
en todas las veces que el Señor te ha dado fuerza 
para superar las tentaciones, también los sufrimientos, 
la enfermedad, los problemas… 

Por todos los momentos de oración, 
de intimidad con el Señor, de gozo espiritual… 

Da gracias por toda los bienes recibidos durante este año: 
por tu pertenencia a la Iglesia,  
por haber recibido su enseñanza, por el nuevo Papa, 
por el bien recibido por los sacerdotes y los consagrados, 
por el bien que nos han hecho los hermanos 
de la comunidad, del grupo o de la parroquia… 

Da gracias por la salud, el pan de cada día, el trabajo… 
Gracias por la familia, por los amigos, por el amor, 
el cariño, el apoyo y la ayuda de los que te quieren… Da gracias…  

También por las dificultades, que sin duda, 
Dios la permite para fortalecer tu fe. 

También gracias por los deseos y anhelos 
de santidad, de conversión, de penitencia…. 

Da gracias…

3).- Fin de año: corazón arrepentido.  

Párate, reflexiona, haz examen de conciencia. 

Piensa en tu vida…  

Reconoce que has pecado, 
que no has luchado con todas tus fuerzas, 
que has sido débil y perezoso… 
que te has dejado llevar 
por tus pasiones, malos sentimientos y deseos… 

Que nos has llegado a la sangre en la lucha contra el pecado… 

Pide perdón por todo ello, 
por los pecados cometidos durante este año 
de palabra, de obra, de pensamiento… 

Recuérdalos, te ayudarán a tener 
un verdadero dolor por haber ofendido al Señor…  

Pide perdón también por todo el bien 
que has dejado de hacer por tu pereza o desidia, 
por desánimo o tu falta de entusiasmo…

Pide perdón también por aquellos pecados 
que has cometido y no te das cuenta, 
pero ofenden igualmente al buen Dios. 

Pide perdón por los pecados más graves: 
la falta de caridad hacia el prójimo. 

“Quien dice que ama a Dios y aborrece a su hermano es un mentiroso”…

4).-Fin de año: corazón necesitado. 

Un año termina y otro empieza. 

Ahora es el tiempo de nuestra salvación. 

Pide, sí, pide. 

Reconócete necesitado de ayuda, 
que no eres autosuficiente, 
que si falta Dios en tu vida 
eres pobre, muy pobre, paupérrimo. 

Pide gracias, pide bendiciones, 
pide ayuda para ti, para los tuyos, 
para la Iglesia, 
para todos los hombres de buena voluntad, 
para todo el mundo, para los pobres pecadores… 

En la medida en que somos conscientes 
de nuestra mendicidad, 
crece nuestra conciencia de que no podemos vivir sin Dios.


ORACIÓN DE SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS

Mi cántico de hoy

Mi vida es un instante, una efímera hora,
mi vida es sólo un día volandero y fugaz :
Tú lo sabes, Dios mío, ¡para amarte aquí abajo
no tengo más que hoy !
¡Oh, Jesús, yo te amo, hacia ti mi alma tiende,
sé por un solo día mi dulce protección,
ven y reina en mi pecho y dame tu sonrisa
¡nada más que por hoy !

¿Qué me importa que en sombras esté envuelto el futuro ?
¡Nada puedo pedirte para mañana, oh Dios… !
Conserva mi alma pura, cúbreme con tu sombra
¡nada más que por hoy !

Si pienso en el mañana, me asusta mi inconstancia,
siento nacer tristeza, tedio en mi corazón.
Mas yo acepto, Dios mío, la prueba, el sufrimiento
¡nada más que por hoy !

¡Oh Piloto divino, cuya mano me guía !,
en la ribera eterna pronto te veré yo.
Sobre las fieras olas guía en paz mi barquilla
¡nada más que por hoy !

¡Ah, déjame, Señor, esconderme en tu Faz !
allí no oiré del mundo el inútil fragor.
Dame tu amor, Señor, consérvame en tu gracia
¡nada más que por hoy !

Muy cerca de tu pecho, olvidada de todo,
ya no temo los miedos de la noche, mi Dios.
En tu amplio corazón dame un sitio , Jesús,
¡nada más que por hoy !

Pan vivo, Pan del cielo, divina Eucaristía,
¡oh misterio sagrado, regalo de tu amor !…
ven a habitar mi alma, Jesús, mi blanca Hostia,
¡nada más que por hoy !

Dígnate unirme a ti, Viña santa y sagrada,
y mi débil sarmiento dará fruto en sazón,
y yo podré ofrecerte mi racimo dorado, Señor, ¡ya desde hoy !
Es de amor el racimo, sus granos son las almas ;
para brotarlo, un día tengo que huye veloz.
¡Ay, dame, Jesús mío, el fuego de un apóstol
¡ nada más que por hoy !

¡Virgen Inmaculada, tú eres mi dulce Estrella
que irradias a Jesús y haces con Él mi unión !
Déjame, Madre buena, posar bajo tu manto
¡nada más que por hoy !

¡Santo ángel de mi guarda, cúbreme con tus alas,
que iluminen tus fuegos mi peregrinación !
Ven y guía mis pasos…, te suplico me ayudes
¡nada más que por hoy !

Señor, verte deseo sin velos y sin nubes,
mas, aún exiliada, ¡sin ti que débil soy !
Que tu adorable rostro tan solo se me oculte
¡nada más que por hoy !

Yo volaré muy pronto para ensalzar tus glorias
cuando el día sin noche se abra a mi corazón.
Entonces cantaré con las liras angélicas

¡el sempiterno hoy… !

LECTURA DEL LIBRO DEL ECLESIASTÉS 3, 1-9

Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:
Su tiempo el nacer,
y su tiempo el morir;
su tiempo el plantar,
y su tiempo el arrancar lo plantado.
Su tiempo el matar,
y su tiempo el sanar;
su tiempo el destruir,
y su tiempo el edificar.
Su tiempo el llorar,
y su tiempo el reír;
su tiempo el lamentarse,
y su tiempo el danzar.
Su tiempo el lanzar piedras,
y su tiempo el recogerlas;
su tiempo el abrazarse,
y su tiempo el separarse.
Su tiempo el buscar,
y su tiempo el perder;
su tiempo el guardar,
y su tiempo el tirar.
Su tiempo el rasgar,
y su tiempo el coser;
su tiempo el callar,
y su tiempo el hablar.
Su tiempo el amar,
y su tiempo el odiar;
su tiempo la guerra,
y su tiempo la paz.
¿Qué gana el que trabaja con fatiga?