Diario El Mercurio, Sábado 18 de Agosto de 2012
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Es inusual ser contemporáneo de acontecimientos que, años después, para bien o para mal, los libros de historia consideran un hito, un giro, un momento traumático y decisivo que marca a la nación o, incluso, a la humanidad entera. La Historia, así con mayúscula, suele hablar de episodios y personajes remotos, pertenecientes a un pasado lejano; tanto, que a veces -y es hasta cierto punto razonable- parece dudosa la utilidad de su estudio. Y, de otro lado, las personas, por lo común, desconocen los significados históricos, incluso los más fundamentales, de aquello que acaece simultáneamente a sus vidas. Es frecuente, por decirlo de algún modo, estar perdido en la Historia, como el héroe de Stendhal que, confundido, cree estar participando de una irrelevante escaramuza, cuando se encuentra en el centro de la batalla de Waterloo.
La literatura ofrece variados ejemplos notables y, también, excepciones -más extraordinarias aún, de lucidez histórica-, ya que, por vía del contraste, patentizan lo habitual de nuestro ofuscamiento.
Es cierto que se dan individuos que por su formación, perspicacia y temperamento crítico logran desprenderse de algún modo de las restricciones de su situación y visualizar el paisaje desde una suerte de atalaya. Pero quizás todo primer examen de los hechos parte por situarse en el lugar preciso y concreto en que cada cual se encontraba en ese momento, e intentar representárselos del modo lo más fiel posible al propio punto de vista, de manera que aparezcan ante nuestra vista los supuestos, prejuicios y emociones de entonces: como fueron para mí.
Porque otro es el caso de la narración histórica de esos mismos acontecimientos, el relato que todos, aunque sea no deliberadamente y de manera ingenua, vamos construyendo después, basado en lo que leemos en libros o periódicos, o vemos por televisión, o por los testimonios directos de personas que vivieron los hechos en otra situación y lo cuentan desde su ángulo. El relato histórico se suma así, sin cancelarla, a la experiencia biográfica que parece en principio tan inconmovible y cierta. A la memoria subjetiva se superpone, entonces, la versión que aquél va elaborando de esos acontecimientos, crecimiento que permite sobrepasar la circunstancia concreta en que los acontecimientos "históricos" nos rozaron y que podría considerarse como una necesaria ampliación de su horizonte de comprensión: entre lo que recordamos y lo que después vamos averiguando se produce, por cierto, una tensión, pero debemos aceptar que la memoria personal no es un archivo inamovible y completo, sino que, como el vino, es algo orgánico que revisitamos y que las nuevas experiencias y conocimiento pueden -y deben- ir alterando.
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