Diario El Mercurio, Martes 14 de Agosto de 2012

"No existe una fuerza lo suficientemente grande que nos haga olvidar a quienes, algún día, nos hicieron felices", leí por ahí. La frase vuelve a mi memoria motivada por algo más que el azar: en la bandeja de entrada de mi mail veo un nombre que no sólo reconozco, sino que añoro hace años, como se añoran los días felices de la infancia. A veces las cosas que más deseamos llegan muy tarde, incluso después de que hemos olvidado cuánto deseábamos que lleguen. Mi historia con la chica del email comenzó una tarde cualquiera en una ciudad que no era ni suya ni mía. "Un encuentro casual que sería lo menos casual en nuestras vidas", como diría Cortázar en un libro que envejeció mal. Nos encontramos por casualidad en unas conferencias a las que ambos fuimos invitados pero sin saber muy bien a qué íbamos, dos asientos que el azar hizo que quedasen juntos, el típico saludo de rigor y luego tres horas en silencio; ella tomando notas con un lápiz de tinta calipso, yo luchando contra mi déficit de atención, escuchando a un
hombre de lentes redondos que hablaba como un Mesías, y en eso la hora del coffee break, los nervios acechando, la disyuntiva entre abordarla o no, el miedo a saltar.
hombre de lentes redondos que hablaba como un Mesías, y en eso la hora del coffee break, los nervios acechando, la disyuntiva entre abordarla o no, el miedo a saltar.
"¿Quieres un café?", le dije, pensando que si me mandaba al diablo tendría que buscar otro asiento para no pasar el resto del día soportando la incomodidad del rechazo. Un segundo, diez, treinta ¿cuánto demora la espera de una respuesta? Y justo cuando el pesimismo se empozaba en mi cabeza vino su sí tranquilizador: "Claro, vamos, hace frío". Y así comenzó todo, o nada, porque lo nuestro duró lo que duraba ese taller -¿acaso la felicidad eterna puede durar cuatro días?-, ese curso que luego de todo este tiempo descubro que no me sirvió para nada más que para recordarla.
Recordarla como lo hago ahora que veo su nombre resbalar por mi inbox, sin subject que describa el motivo del mensaje y antes de darle doble click rememoro la noche en que luego de caminar por la ciudad recalamos en un bar pequeño y oscuro, un bar hecho para esconderse del mundo, y ella dejó caer que tenía a "alguien" -así fue exactamente como lo dijo- y acto seguido se me quedó mirando, esperando a que la besara -sólo las mujeres saben cómo miran cuando esperan que las besen- y ese momento fue como el desbarrancadero del deseo, las horas furibundas, los días pasando sin remedio, acercándonos al momento de despedirnos, a que ella regrese a ver a ese alguien, y entonces el torbellino nublándome la cabeza, la tonta inocencia ("por qué no te quedas conmigo, por qué no armamos algo juntos") y ella escuchando sonriente, como se escucha a un niño que pide cosas imposibles, negando con la cabeza, "las reglas estaban claras desde un principio ¿no?" y sí, tenía razón, yo acepté.
El mail se abre y veo que son varias líneas escritas, primero los buenos deseos, y luego una prosa limpia y bien hilvanada, ese amor por la palabras que me quedó claro cuando en la última noche que pasamos juntos me habló un poco más acerca de ella, de sus lazos familiares, sus gustos, sus lecturas, sus filias y fobias, sazonando cada razonamiento con una inteligencia mordaz, dejándome claro que no era una mujercita confundida a la que yo había conquistado, sino por el contrario, que era una mujer con la cabeza lo suficientemente clara como para separar esta aventura de ese alguien, o, mejor dicho, de lo que quedaba de su vida con ese alguien. Leo la última línea de su correo con la vista pegada en la pantalla: "Estuve una semana en Santiago pero me voy mañana, ¿alcanzamos a vernos esta noche?". Y obviamente no cabe otra respuesta: "¿Dónde te paso a buscar?" escribo antes de apretar send.
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