Marcas en la memoria


por Gustavo Santander
Diario El Mercurio, Revista Ya, martes 7 de agosto de 2012
http://diario.elmercurio.com/2012/08/07/ya/revista_ya/noticias/c624df21-068d-40e7-8954-d4b0af3cf30c.htm

Por la ventana de mi departamento veo caer la noche sobre la ciudad. La luz natural se va desintegrando poco a poco, dando paso a una oscuridad contrarrestada por infinidad de postes de luz y avisos luminosos que pueblan las calles. En mis manos, un café humea su vaporoso aroma, devolviéndome a otras tardes viendo la misma escena, la noche cayendo, las tinieblas atacadas por luces de mentira. Hace un rato me he enterado de que una persona muy cercana a mi familia ha sido diagnosticada con Alzheimer, lo que significa que progresivamente irá olvidando gran parte de lo que su cerebro ha almacenado en el transcurso de su vida. Como si cayera una noche interna, se le irán oscureciendo esas zonas que albergaban imágenes que por alguna razón se negó a descartar y las fue guardando para revivirlas una y otra vez en sus años venideros. La enfermedad no discriminará entre lo que le dio felicidad o la sumió en una tristeza indeleble, y de la misma forma desaparecerá la alegría nerviosa de su primer beso como la amarga decepción al saberse engañada.
Si bien con el correr de los años me he ido resignando al deterioro del cuerpo, aún lucho contra la idea de una mente aniquilada. ¿A dónde van a parar nuestros recuerdos cuando una enfermedad o la propia muerte acaba con ellos? ¿Cómo ayudar a alguien que se irá quedando progresivamente vacía? ¿Cómo se vive sin recuerdos? En 2001 Odisea en el espacio, la clásica película de Kubrick, una turbada computadora espacial -llamada HAL 9000- se pasma al sentir cómo el astronauta Dave Bowman le va borrando uno a uno los recuerdos que ha almacenado, en ese momento, la máquina se aterroriza: "I'm afraid, Dave. Dave, my mind is going. I can feel it. I can feel it. My mind is going", le confiesa. Ésa es una de las escenas más perturbadoras de mi lista de escenas cinematográficas perturbadoras. ¿Es posible sentir cómo se difumina parte de nuestra memoria? ¿Tendrán dimensión y densidad nuestras evocaciones?
Los recuerdos son como anclas que arrojamos en algunos momentos de nuestras vidas para no perdernos. Son marcas que dibujamos con una navaja en un árbol. Migas de pan dejadas para recordar el camino que transitamos. ¿Cuántas cosas podríamos registrar si intentásemos hacer una lista de ellas? Una melodía tarareada por alguien en la calle, una mano acariciando el pelaje de un perro, el olor a tierra húmeda, un plato de sopaipillas pasadas, la textura de unos labios, una mujer apareciendo de improviso por un ascensor, una carta amarillenta encontrada sin querer dentro de un libro, un auto antiguo que ya sin existir persiste en una fotografía, el rostro de un niño que se parece al de su propio padre que lo lleva tomado de la mano.
Un hecho almacenado puede ser, indistintamente, una viga en la que sostenemos el amor o el rencor, la pasión o el resentimiento, lo nostálgico o lo eufórico. Cada quien construye a su manera los muros que protegerán su memoria, eligiendo inconscientemente los ladrillos que construirán esta fortaleza, donde vivirán cientos de imágenes de nosotros mismos vagando a la vez, multiplicados infinitamente como en un juego de espejos, esperando el estímulo que hará aflorar a alguno de ellos para instalarlo nuevamente en nuestra conciencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

COMENTE SIN RESTRICCIONES PERO ATÉNGASE A SUS CONSECUENCIAS