por Nicolás Luco
Diario El Mercurio, Lunes 13 de Agosto de 2012

Tal como la velocidad de la luz se puede superar sólo en la imaginación, yo pienso que un viaje humano a Marte es todavía una hermosa fantasía.
El rover Curiosity que amartizó la semana pasada nos advierte que la radiación en el ambiente marciano supera la esperada. Y aunque hay sospechas de que hubo agua, tal vez material biológico, la atmósfera dista de ser amigable.
Lo único amigable en Marte hoy es el robot.
Si el robot fuera humano, estaría sufriendo mientras descubre. Como Hernando de Magallanes.
Todo esto lo escribo por si alguno de mis nietos estuviera siquiera pensando en inscribirse de astronauta para Marte.
Es terrible, niños.
Primero, hay que prepararse mucho y hay que esperar que los especialistas den el "vamos", para que el disparo de la nave se realice cuando la distancia entre la Tierra y Marte sea la menor. Eso ocurre cada 26 meses, así es que capaz que tuvieran que esperar dos años antes de partir, tal como la Nasa esperó para lanzar el "Curiosity".
O sea, imagínense que salen de la universidad, supongamos una carrera de cuatro años. Tendrían 22 años. Para postular hay que tener mil horas de piloto aéreo en el cuerpo. O sea, luego de aprender a volar y completar las horas de vuelo cumplirían 25 años. Y después viene el entrenamiento físico, el teórico, el psicológico, en jornadas de más de 15 horas diarias. Terminarían de unos 27 años.
Luego habría que esperar dos años para que Marte y la Tierra se acercaran. Vamos en 29. El viaje al planeta duraría unos 24 meses, dado el peso que habría que llevar. A los 31 años pisarían Marte.
Para regresar, tendrían que esperar otros dos años para cuando Marte y la Tierra estuvieran cerquita. Y llegamos a los 33 años. El viaje de regreso a la Tierra podría ser menor que el de ida porque hay que llevar provisiones sólo para dos años, no cuatro como a la ida. Supongamos que la nave aterriza al fin en el desierto de Atacama. Mis nietos astronautas ya tendrían 35 años. Serían otros.
Sus músculos estarán atrofiándose al funcionar con una gravedad menor a la de la Tierra. Y sus huesos, que van a tener que sostener menos músculos, van a sufrir de osteoporosis. Quizás qué les ocurrirá en la psiquis.
O sea, el astronauta que regresa de Marte será como un estropajo, orgulloso de su hazaña, pero estropajo igual.
Ahora, imagínense el viaje. ¿Dónde van a hacer sus necesidades? ¿Cómo tolerar la soledad? Definitivamente, como lo demuestra el cable, las películas no bastan.
Por eso, mejor estudien robótica. El Curiosity lo demuestra.
Hoy los generales y almirantes desarrollan robots para la guerra, porque para las tareas duras es mejor reemplazar con máquinas inteligentes a los soldados, a los pilotos, a los buzos.
Capaz que ustedes, nietos míos, van a ser los que se encarguen de los joysticks que manejarán los robots. Con ellos perforarán túneles mineros desde una oficina. O serán los cirujanos que usan ya robots en la mesa quirúrgica. O los que desarticulen bombas.
Elijan manejar robots, así tendrán tiempo para su propia vida humana.
(Pero concedo, lo mejor es perseguir los propios sueños, como lo demuestra Tomás González.)
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