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LA VOLUNTAD DEBILITADA



[Extracto de un texto de Isaac Riera
publicado hace algunos años
en el cuerpo cultural 'Artes y Letras'
del Diario El Mercurio de Santiago de Chile]

No cabe ninguna duda
de que nuestra sociedad del bienestar
tanto en la concepción de vida que predica
como en los modos de vida que practica,
influye decisivamente en la configuración
de personalidades débiles.

Se suele decir que nuestro gran mal
es nuestro materialismo invasor,
o el egoísmo insolidario,
o la enajenación de lo auténticamente humano
para vivir prendados de las cosas y de la técnica:
a este análisis crítico se han dedicado
muchos filósofos que crearon opinión y escuela.

Todo ello es muy cierto, pero quizá
no sean la diagnosis principal y más profunda.

Si el materialismo que vivimos
lleva a la enajenación del hombre,
no es tanto por el olvido de los valores del espíritu
como por la atrofia de las fuerzas del espíritu.

Una sociedad cuya máxima filosofía
es eliminar toda incomodidad en el orden material
y toda inhibición en el orden del comportamiento
no puede engendrar personalidades
con voluntad fuerte, sino todo lo contrario.

Los hijos de esta sociedad del bienestar
tenemos el alma muy débil y frágil,
porque no estamos acostumbrados
a soportar carencias ni tampoco a vencernos.

La voluntad se ejerce y se desarrolla
cuando hay que exigirse mucho a sí mismo
ante las dificultades y durezas de la vida,
pero queda atrofiada cuando todo son comodidades.

Y aquí está el punto central de la cuestión:
no puede esperarse mucha altura moral
de quienes se rigen
por la ley del mínimo esfuerzo,
pero esta ley nos la ha inculcado
en principios y en práctica
la sociedad del bienestar
en que estamos instalados.

La confirmación más clara
de que se rehúye por principio,
ejercer la voluntad,
la tenemos en la pedagogía moderna.

Si analizamos los profusos programas
de educación del niño,
encontramos una cantidad inmensa
de objetivos y de técnicas,
pero apenas se hace referencia alguna
a la formación de la voluntad.

Palabras tan elementales
como 'disciplina', 'virtud' o 'deber',
han desaparecido por completo
del vocabulario pedagógico moderno;
ocupan su lugar los términos
'estímulo', 'motivación', 'realización'
u otros parecidos.

La revolución pedagógica
que hoy se predica y se intenta aplicar
va mucho más allá
de un mero cambio de técnicas operativas:
es una nueva filosofía del comportamiento moral,
e incluso una nueva filosofía del hombre.

La nueva filosofía moral pretende basarse
en el sentimiento y en las tendencias espontáneas,
no en la superación hacia los ideales del espíritu;
y la nueva filosofía del hombre
se inspira en el esquema 'estímulo-respuesta'
del comportamiento animal,
no en la autonomía
de la voluntad libre y responsable.

Para mal del niño, del joven y del adulto
el comportamiento 'blando'
al que la sociedad del bienestar nos ha habituado
viene consagrado por modernos 'formadores'
que pretenden formar sentimientos, no formar voluntades.

Gravísimo error, porque no tienen en cuenta
lo que es el hombre real, y pésima pedagogía
porque considera a la persona
como un puro mecanismo de tendencias,
olvidando que es un ser de voluntad libre y responsable.

El ejercicio y desarrollo de la voluntad
depende muy directamente del ejercicio de la razón,
porque la voluntad no es otra cosa
que una tendencia racional, o más en concreto,
una tendencia racional hacia el bien
que la razón nos propone.

En la dinámica de la psicología humana
las sensaciones determinan nuestros apetitos:
los razonamientos, por el contrario
determinan nuestra voluntad.

Max Scheler define al hombre
como el 'asceta de la vida'
como el ser que puede decir 'no'
a sus impulsos egoístas,
a diferencia del animal
que siempre dice 'sí'
a los dictados de los sensible.

Y ésta es, justamente su grandeza
como ser de capacidad espiritual,
y por eso hay una vinculación muy estrecha
entre voluntad y vida moral
hasta el punto que se identifican en la práctica.

El mundo en el que hoy vivimos
favorece muy poco
el ejercicio de la razón y de la voluntad:
es el reino de las sensaciones
que nos arrastra a todos en su dinámica.

Como es bien sabido,
vivimos hoy en la cultura de la imagen
cuyo fin no es ejercer la reflexión y el discernimiento
sino suscitar reacciones más o menos instintivas.

El hecho de que la imagen televisiva, por ejemplo,
(válido también para una buena parte
del uso que estamos haciendo
de los medios audiovisuales interactivos de hoy en día)
haya sustituido a los libros, tiene consecuencias
sumamente importantes en el desarrollo
de la personalidad moral de los individuos.

La cultura del libro nos ayuda a pensar,
tener ideas sobre las cosas
y a formar criterios que orienten
responsablemente nuestra conducta;
la cultura de la imagen, en cambio,
va orientada al desarrollo
de las sensaciones e impresiones,
disminuyendo la capacidad reflexiva.
y ello, naturalmente, tiene consecuencias
en el ámbito de la voluntad.

Si las ideas pueden proporcionar 'ideales'
para el ordenamiento de la voluntad,
las imágenes proporcionan,
en buena parte, atractivos sensibles
para el desarrollo de los deseos.

No hemos de extrañarnos, por tanto,
de que los ideales de superación
hayan sido sustituidos por los deseos de cosas.

El hombre y la mujer de hoy
tiende a comportarse
como un mecanismo de deseos
que se puede tentar, dirigir y manipular
a través del mundo de sensaciones e imágenes
en que vive sumergido;
ya no es el principio de superación
sino el principio de la no frustración
el que rige su conducta.

Otra consecuencia no menos importante,
de vivir en el reino de las sensaciones,
es la pasividad y falta de madurez que se observa
en el comportamiento individual y colectivo.

La indolencia viene favorecida
por el sensualismo,
mientras que la fuerza de voluntad
y la capacidad de decisión
se desarrollan en el discernimiento activo
de las cosas y de los problemas.

Hay trabajo activo y emprendedor,
allí donde impera la voluntad
firme y enérgica,
allí donde existe el espíritu
de superación ante las dificultades.

Acostumbrado a las comodidades
y a tener al alcance de la mano
todo cuanto quiere,
el hombre y la mujer
de la sociedad de bienestar,
como los niños,
se ha vuelto el eterno descontento de todo
y el insaciable en sus exigencias
y esa misma inmadurez lo hace
sumamente frágil ante las dificultades;
cualquier contrariedad lo desequilibra,
cualquier obligación o renuncia
le parece una montaña insuperable.

Si las histerias y neurastenias
eran poco frecuentes en épocas de penuria,
son ahora enfermedades crecientes
en la época del hartazgo.

El ideal de la libertad,
del que se hace bandera
y del que hoy en día somos tan celosos,
es en la práctica el menos ejercitado
a causa, justamente,
del debilitamiento de la voluntad
que manifestamos en nuestro comportamiento.

Nos creemos libres e independientes
porque, a diferencia de lo que ocurría
en otros tiempos, 'hacemos lo que queremos'
(aunque tantas veces 'no queramos lo que hacemos').

Pero en esta expresión se contiene
un concepto muy equivocado
de lo que es la libertad:
se le confunde con la liberación
de las tendencias espontáneas.

La libertad verdadera, en cambio,
es la autonomía en nuestras decisiones
y en nuestros actos; y la autonomía,
a su vez, depende del ejercicio de la voluntad.

Somos y nos sentimos verdaderamente libres
cuando somos dueños de nuestras propias decisiones
cuando afianzamos nuestra independencia
cuando nuestra voluntad se enfrenta
si es preciso, a la fuerza del ambiente.

Una persona sin voluntad,
será siempre esclava de las circunstancias;
una persona de voluntad fuerte
hará emerger su singularidad e independencia
sobre lo que lo rodea.

Si tuviésemos que elegir
entre las características
que más definen a nuestra sociedad,
probablemente señalaríamos
la enorme masificación
de los comportamientos y de los hábitos.

El hombre de hoy tiene, por así decirlo,
una personalidad 'mimética', que tiende a configurarse
en imitación a lo que se impone en el ambiente.

Deja de ser él mismo
y adopta por completo el tipo de personalidad
que le proporcionan las pautas culturales
y, en consecuencia, se transforma
en un ser exactamente igual a todo el mundo
y tal como los demás esperan que sea.

Es cierto que la mayoría de la gente,
en nuestra sociedad masificada
está convencida que sus decisiones le pertenecen
por el hecho de que no se le obliga a algo
mediante la fuerza externa.

Pero es una de las grandes ilusiones
que tenemos acerca de nosotros mismos.

En realidad, gran número de decisiones
no son decisiones de una voluntad autónoma y libre,
sino que han sido sugeridas desde afuera.

La pérdida de la autonomía
deriva por lógica consecuencia,
en falta de responsabilidad,
un fenómeno muy característico
de nuestra época.

Es bien sabido que, hoy en día,
todo el mundo reivindica derechos,
pero casi nadie quiere asumir obligaciones;
el sentido del deber ha desaparecido.

Somos muy prontos a exigir a los demás,
pero sumamente remisos en exigirnos.

Y esto indica, una vez más,
el debilitamiento de la voluntad
del hombre moderno (sin distinción de género).

Porque, entre todas las facultades del hombre,
es únicamente la voluntad la que tiene fuerza y tesón
para someter nuestros actos al imperativo del ideal.

La que nos hace superar
las tendencias del egoísmo,
la que es capaz de asumir
los sacrificios que la obligación requiere.

Uno de los rasgos
que definen nuestra época es, sin duda,
el poco o ningún aprecio a la disciplina,
tanto en los programas educativos
como en la formación de personas,
incluida la formación religiosa y moral.

Pero el rechazo de la disciplina
es signo claro e inequívoco
del debilitamiento de la voluntad
en el hombre moderno.

Porque uno de los edificios principales de la voluntad
es conseguir lo que jamás puede el sentimiento:
poner orden en nuestro interior y en nuestro comportamiento
como medio eficaz para lograr costosos objetivos.

El alma de las 'generaciones del consumo'
es blanda y amorfa, sin estructura vertebrada,
porque está acostumbrada
a alimentarse de cosas placenteras.

Vive en el mundo multicolor de las imágenes sugestivas,
de la espontaneidad natural que nos pide el instinto,
del ritmo frenético de las cosas y de los acontecimientos.

Este mundo desordenado
en el que estamos sumergidos
ha llevado también al desorden
en los comportamientos
y el desorden en las almas.

No es nada extraño que rechacemos la disciplina:
no estamos acostumbrados ni estamos dispuestos
a ponernos una faja que limite nuestros actos
y ordene nuestras tendencias.

En el ámbito de la formación moral y religiosa,
ese rechazo a la disciplina tiene, además,
un trasfondo ideológico que se ha extendido
enormemente incluso dentro de la Iglesia Católica:
el olvido de la formación personal del individuo.

En épocas pasadas, el trabajo de formación
se centraba en en la atención dirigida a la persona individual
en orden al autocontrol y a la adquisición de virtudes;
eran los tiempos en que se hablaba de la formación del carácter,
los ideales de superación personal, de sacrificios.

No se concebía una vida auténticamente cristiana
sin la remodelación del alma que proporciona la disciplina.

Pero vinieron los tiempos en que se perdió
o se consideró negativo el énfasis individual,
confundiendo individualidad con individualismo.

Este peligroso individualismo
había que combatirlo
con la apertura solidaria hacia el prójimo.

Pero al imponer esta visión unilateral del ideal cristiano:
pérdida de la individualidad para que aflore
solamente nuestra dimensión solidaria y comunitaria,
apeló fundamentalmente a los sentimientos
y se olvidó de formar voluntades.

La formación moral y cristiana
se centra hoy exclusivamente
en el 'grupo' y 'comunidad',
como ámbito absolutamente necesario
para suscitar sentimientos de solidaridad.

Pero constituye un grave error
dejar de lado la formación
disciplinaria de la voluntad.

Y es un error grave porque carece de realismo.

Sean cuales fueren los ideales cristianos
que se propongan, el sentimiento por sí mismo
jamás podrá llevarnos a cabo, como tampoco
puede lograr ningún ideal costoso...

 [Por supuesto que esta voluntad,
en el caso cristiano,
se sumerge en la Divina Voluntad
-identificada en el sacrificio de Cristo en la Cruz-
que es la plenitud de la libertad de los hijos de Dios.

Como dice la canción:

«...para que mi amor sea más que un sentimiento...»]

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