Diario La Segunda, Viernes 04 de Mayo de 2012
http://blogs.lasegunda.com/redaccion/2012/05/04/cadaver-exquisito-melodramatic.asp
Enrique Pardo, el director de la obra, la define como “cadáver exquisito melodramático”. Pardo, peruano de origen, no pertenece a la categoría de los artistas que le dan facilidades al público. Es partidario de que éste trabaje, participe y saque sus propias conclusiones, ajustadas o equivocadas. Su definición, sin embargo, revela mucho. Nos dice, en primer lugar, que estamos ante un melodrama. En seguida, ante una de las formas clásicas del surrealismo. En mi juventud, alrededor de mesas donde bebían vinos diversos, en general malos, personajes del surrealismo chileno como Teófilo Cid o Braulio Arenas, dedicábamos horas a escribir cadáveres exquisitos. Eran productos del dictado automático, del azar, de una fantasía que trataba de alimentarse de la memoria profunda, de los sueños, del inconsciente.
En el de aquí, intervienen tres personas, Daniela Molina, actriz chilena; Pierre-François Blanchard, músico, y Enrique Pardo, creador y director. Se nota que lanzaron ideas, propuestas, gestos, esbozos de música, al aire, y que trataron de que se organizaran por sí mismos, por su propio dinamismo, y que se desorganizaran libremente. El resultado fue una obra más bien descoyuntada, de poco texto, bilingüe, donde brota de repente el chileno callejero, divertido, de Daniela, la canción popular latinoamericana, el francés mal hablado de los inmigrantes con o sin papeles: marroquíes, chilenos, ecuatorianos, mexicanos.
El título original es un juego de palabras, L’Autri-chienne, entre dos significados: la austríaca y la austro-perra. La austríaca es María Antonieta, ni más ni menos, la reina que llegó a Versalles a los dieciséis años de edad, desde el otro extremo de Europa, que fue siempre una extranjera, una persona que hablaba con acento y que no entendía bien lo que sucedía a su alrededor, en la intrincada corte que parecía muchas veces corte de los milagros, y que terminó en la guillotina. En otras palabras, una precursora, a su modo, de los inmigrantes posteriores, de los sin papeles, de los humillados y ofendidos de estos días.
Después de mucho buscar, entre las barreras exigidas por la celebración del primero de mayo, en un día de primavera irregular, llegamos a la rue de la Folie Méricourt, al escondido y amenazado estudio DTM, que se encuentra al final de corredores provisionales, de cables sueltos, de andamios, de una escalera empinada. En contraste con los escenarios llenos de máquinas, de lujos decorativos, de efectos especiales, que he visitado en estos días, el pequeño espacio de la Folie Méricourt, nombre que si no hubiera existido habría sido necesario inventar, con sus cincuenta y tantas sillas, con su escenario dividido por cortinas opacas, con tres o cuatro objetos simbólicos, con el negro difuso de un piano al fondo, produce una inmediata sensación de sencillez, de libertad, casi de alivio. Estamos aplastados por los barrocos fáciles de la sociedad del espectáculo. Aquí llegamos, en cambio, a un sector limítrofe, a una periferia. Daniela Molina, con su versatilidad extraordinaria, con su actuación caja de sorpresas, que pasa de un idioma a otro, de la dicción a la canción, del movimiento normal al movimiento descoyuntado, a la danza, al conato de danza, nos mantiene interesados, en estado de alerta permanente, y cada cierto tiempo soltamos la risa. Es decir, es el efecto inverso del teatro atiborrado, precisamente, de efectos, que nos impresiona durante un rato y después nos agobia, nos irrita, nos aburre, y donde los maravillosos textos del siglo XVII, del siglo XVIII, caen aplastados por el bullicio, por la utilería.
Aquí hay un piano al fondo, y un movimiento discreto, que casi no toca el suelo, entre ese fondo y el primer plano. De repente hay alusiones al momento, se escucha, en la distancia, un garabato criollo que se podría escuchar en nuestra Vega Central, presenciamos un desfile militar onírico, rescatado por la gracia de Daniela, y escuchamos un apellido de mala sombra, que se queda clavado en el aire durante un rato.
Salí irritado de mis lujosas, barrocas, excesivas, experiencias teatrales recientes. Ahora, en cambio, salí contento, conmovido, hasta con ganas de aventurarme en un monólogo de teatro, como hice en mis años juveniles, entre la escritura de los cuentos de El Patio y otras aventuras. Entro, con mis amigos, a un bar restaurante cercano que se llama La Farmacia. Pido de entrada una aspirina frita y tengo la impresión de que el mozo se ríe. Las canciones mexicanas de Daniela, la del “cariño malo”, me dan vueltas en la cabeza. Mientras espero la aspirina, no puedo dejar de canturrear. El surrealismo, me digo, en su primera etapa, se transformó con rapidez en una forma académica. En esta etapa segunda se abre, se esconde bajo apariencias inocentes, se acerca a lo cotidiano, a lo inmediato, y de repente se aleja con una mueca, con una contorsión, con un alarido de mujer perra, de animal onírico. Si fui joven surrealista en las mesas del Bosco y del Club de los Hijos de Tarapacá, no tengo el menor reparo en volver a serlo.
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