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Libro Los pigmentos como historia social: El color negro en la historia de Occidente



Bueno y malo, destacado y excluido, el tono de la muerte y el luto, pero también de la elegancia y la autoridad, este tinte nos dice mucho sobre el devenir occidental, desde Lascaux hasta nuestros días. Así lo revela Michel Pastoureau en "Negro: Historia de un color", donde escribe: "Toda descripción, todo apunte de color es cultural e ideológico".  

por Juan Ignacio Rodríguez Medina 

Diario El Mercurio, Artes y Letras
Domingo 30 de diciembre de 2012

Durante toda su vida Henry Ford, puritano y fundador de la marca de automóviles que lleva su apellido, se negó a vender autos que no fuesen negros. No le importaba que el público los pidiera ni que la competencia ya los tuviera, era un asunto moral, de rigor y recato. "En la segunda mitad del siglo XIX, y mucho después en el siglo XX, a ambos lados del Atlántico el gran capitalismo industrial y financiero está en manos de familias protestantes, que imponen sus valores y principios. Durante varias décadas, la producción estandarizada de objetos destinados al consumo diario viene acompañada de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos de consideraciones morales y sociales que se derivan en buena medida de dicho credo, al que hay que responsabilizar de la paleta tan poco colorida de los primeros objetos de consumo de masas", escribe Michel Pastoureau (París, 1947) en "Negro. Historia de un color" (451 Editores, distribuye Contrapunto).
Lo anterior muestra que estudiar la presencia de un color en la historia de Occidente, en este caso del negro, es mucho más que revelar un anecdotario de usos y datos. "Toda descripción -escribe Pastoureau -, todo apunte de color es cultural e ideológico, aunque se trate del más anodino de los inventarios o del más estereotipado de los documentos notariales". El color, dice, es un hecho social y, por lo tanto, es relativo a los distintos espacios y tiempos; por ejemplo: el rojo y el verde que para nosotros suponen un contraste violento, que opone un color primario a uno secundario, en la Edad Media era poco menos que un degradado.
Medievalista y experto en historia de la simbología, profesor de la Sorbona y en la École Pratique des Hautes Etudes, autor de "Una historia simbólica de la Edad Media occidental", "Azul. Historia de un color" y "Breve historia de los colores", entre otros títulos, en este libro, Pastoreau nos pasea desde los orígenes de la civilización, cuando el hombre controla el fuego, hasta el siglo XXI, donde el negro es uno más entre los colores.
En la Biblia, y también en la mitología griega y egipcia, el negro va acompañado de una simbología ambivalente: es tanto lo originario -anterior a la luz y a la creación del mundo-, como lo aterrador, el vacío, donde la vida no es posible. Para los romanos y en la Alta Edad Media, en tanto, representa la humildad, la templanza, la autoridad y la dignidad, pero también la muerte, las tinieblas, la aflicción, el pecado, la penitencia, el mal.
Hasta el año mil hay un negro bueno y un negro malo -en latín había dos palabras para lo que nosotros nombramos con una: niger , para el negro brillante, y ater , para el negro mate-, pero a partir de entonces se impone el segundo. Todo, desde la teología hasta el arte -salvo los monjes benedictinos que lo siguen usando en sus hábitos para proclamar sus viejas virtudes- confluye para hacer del negro un color siniestro y mortífero. El negro, y el rojo, son los colores del diablo, del infierno.
Recién tras la Edad Media y hasta el siglo XVI, sin perder del todo sus señas diabólicas (entre 1550 y 1560 se multiplicaron los procesos contra brujas, cuyo mundo, totalmente negro, sabe representar mejor el grabado que las ilustraciones de los libros medievales), el negro se rehabilita, incluso, como color de moda, lujoso, muy ayudado por los progresos en las técnicas de tintura textil (recién en el siglo XVI se logran progresos que lo democratizan poco a poco). También es solemne, si de moral cívica y de leyes se trata. Es color curial, y a veces real hasta principios de la Edad Moderna (Felipe III, el Bueno, lo pone de moda en Occidente), cuando -en pareja con el blanco, al que ahora se lo vincula- comienza a apartarse y destacarse del resto de los colores: gracias a la imprenta (que difunde a la nueva pareja con sus páginas blancas con impresiones en negro), al protestantismo (que lo elige, pues veía en la profusión de colores un signo de suntuosidad y sensualismo), al Renacimiento (que quiso "hacer color en blanco y negro"), hasta llegar ser excluido por Newton de la paleta de los colores.
En el siglo XVIII, el de las luces, toma ventaja el color -especialmente el rojo, el azul y el amarillo- que ahora se puede manejar a placer. La curiosidad por las colonias y por África, devuelve cierto interés por el negro, pero recién con los románticos y su melancolía vuelve a su sitio como primer color. Las novelas góticas inglesas ponen de moda lo macabro a partir de 1760: triunfan la noche y la muerte, las brujas y los cementerios, lo extraño y lo fantástico. Reaparece el diablo: "El Fausto de Goethe ejerce en este ámbito una influencia notable", escribe Pastoureau.
En el XIX el negro, que es elegancia, está omnipresente en el vestido y en el arte. Ya en el XX se lo recupera como color, símbolo de la modernidad. En la moda, también tiene su espacio: "El negro es un color indecente cuando se sabe llevar", dijo la diseñadora Sonia Rykiel. Será también el tono predominante en las fábricas, tal como lo era en las minas de carbón, y el del fascismo y el anarquismo.
Hoy, parece ser un color cualquiera. Cuando se pregunta por el color favorito no es el más apreciado, tampoco el más depreciado, según se lee en el libro. Está al centro: tras una historia de privilegios y excusiones, de bondades y maldades, "¿se habrá convertido en un color medio? ¿Un color neutro? ¿Un color como los demás?", se pregunta Pastoureau. En cualquier caso, lo cierto es que la historia del negro es también nuestra historia, la historia social de Occidente.
NEGRO: HISTORIA DE UN COLOR
Michel Pastoureau
451 Editores, Madrid, 211 páginas, $18.400
 El gato: del infierno a la casa
Hasta finales del siglo XIV, el gato se considera un animal poco fiable e inquietante, sobre todo el gato negro, que pertenece al bestiario del diablo. Sin embargo, con el tiempo, cuando se descubre que el gato es más hábil que la comadreja para cazar ratas y ratones, se le concede el derecho a entrar a las casas, para convertirse poco a poco en el acompañante familiar que conocemos. Imagen: Gatos negros en procesión. Miniatura de un bestiario inglés de mediados del siglo XIII. Oxford, The Bodleian Library.
El gran toro de Lascaux
Fue el control del fuego lo que acabó de distinguir al ser humano del animal. Le permitió no sólo calentarse y cocinar, sino también iluminarse. De este modo empezó a retroceder el inmenso miedo a las tinieblas y, con él, el terror a la noche y a los lugares oscuros y subterráneos. El negro dejaba de ser totalmente negro.
Los pigmentos negros son los más abundantes en las pinturas del Paleolítico. Aunque los más antiguos proceden de materiales vegetales o animales carbonizados, en cuevas con pinturas más recientes hay pigmentos minerales, como en Lascaux. Imagen: Gran toro negro. Cueva de Lascaux, hace unos quince mil años.
Negro monacal
Los primeros monjes no se preocupaban del color, era un "artificio inútil". Pero desde el IX el negro -la humildad y la penitencia- se convierte en el color monástico por excelencia. Luego será el color de los benedictinos, mientras que, en respuesta, las nuevas órdenes elegirán el blanco o el marrón. Pero con la Reforma y la Contrarreforma, el negro se impone. Desde los siglos XIII y XIV, legistas, juristas magistrados y funcionarios públicos lo elegirán: representa a la autoridad pública, a la ley y el derecho, y es el color de los religiosos, a quienes se quieren parecer y con quienes colaboran estrechamente. Los maestros universitarios, y más tarde todos quienes posean un saber, se sumarán a la moda. Imagen: Life of saint Cuthbert, de Beda el Venerable, alrededor de 1180-1185. Londres, British Library.
El libro impreso o el imaginario blanco y negro
La aparición y difusión del libro impreso, con sus letras negras sobre fondo blanco, desempeña un papel de suma importancia en el nacimiento de un imaginario "en blanco y negro". El pergamino de los manuscritos medievales era más beis que blanco, y la tinta, a menudo más marrón que negra. En lo que a las miniaturas se refiere, todas o casi todas eran policromas. Con la imprenta, la paleta del libro da un giro radical, estamos ante una revolución que conllevará profundas transformaciones en el ámbito de la sensibilidad por los colores: el blanco y el negro comienzan a separarse de los otros colores.
Fertilidad y renacimiento
En el Egipto faraónico, el negro se vincula a la fertilidad de la tierra. En los ritos funerarios garantiza el paso del difunto al más allá: es un negro beneficioso, promesa de un renacimiento. La mayoría de las divinidades relacionadas con la muerte se suelen pintar de negro, como Anubis, el dios chacal, señor de los embalsamadores, que acompaña al difunto hasta su tumba. Imagen: Anubis. Pintura y jeroglíficos en el interior de la tumba de Inherka. Tebas, siglo XII a. C.
El nuevo orden de Newton
La separación del negro y el blanco de la familia de los colores -que había empezado con la invención de la imprenta- culmina cuando Isaac Newton descubre el espectro de los colores: no es sólo que la secuencia básica -que rige hasta hoy- sea morado, índigo, azul, verde, amarillo, naranja y rojo; ni que el rojo ya no esté en el centro de la secuencia, sino en un extremo; tampoco que se pueda crear verde mezclando amarillo y azul; lo principal es que ya no hay sitio ni para el negro ni para el blanco. Y lo del negro es peor: mientras su par está afectado indirectamente por el espectro de los colores, porque los contiene, el negro no.
¿Un color peligroso?
Nacida en la Revolución Francesa, la bandera roja acompaña las insurrecciones populares y las revueltas obreras a lo largo de todo el siglo XIX. A partir de 1880-1900, la bandera negra la desbancará como emblema de los movimientos anarquistas y símbolo de la desesperanza. En la política, el negro rebelde y anarquista no debe confundirse con otros dos negros: el conservador, de los partidos de la Iglesia -tomado de las sotanas y del traje tradicional del clero-, activos e influyentes en la Europa del siglo XIX, pero más efectivos tiempo después; y el negro policial y totalitario de las milicias del partido fascista italiano (los "camisas negras") y de las SS y la Waffen-SS del régimen nazi. Imagen:Mitin en el estadio Charléty, París, 27 de mayo de 1968.
El regreso contemporáneo
Luego de la Primera Guerra Mundial, pintores, grafistas, estilistas y costureros devuelven al negro su estatus de color verdadero y lo convierten en un símbolo de la modernidad. El art déco le reserva un lugar importante, y el expresionismo lo suele combinar con el blanco y el rojo, volviendo así a la tríada primitiva (muy presente en la Antigüedad y la Edad Media), cuya pregnancia nada ha perdido en violencia. Imagen: Tamara de Lempicka, La duquesa de La Salle, 1925. Óleo sobre lienzo. Colección W. Joop.
Romanticismo y melancolía
En el siglo XIX, dos atributos acompañan a menudo la representación del artista o al poeta romántico: un atuendo negro y una postura "melancólica", con el cuerpo más o menos reclinado, el codo doblado y la mano apoyada en la sien, la mejilla o la frente. Es la actitud característica de los personajes sufrientes o atormentados que ya aparecían en la iconografía antigua y medieval. Imagen: Retrato de un artista en su taller. Pintura francesa anónima, mediados del siglo XIX. París, Musée du Louvre.
El carbón y la fábrica
Hacia mediados del siglo XIX, el negro no sólo recubre la vestimenta de los dandis y el corazón de los poetas; a partir de entonces se cernirá sobre el común de los mortales y se hará omnipresente en la vida diaria: es el principio de la segunda revolución industrial, que, en Europa y Estados Unidos, irá ennegreciendo poco a poco todos los espacios urbanos y parte de los rurales hasta bien entrado el siglo XX. Como el de la mina, el mundo de la fábrica fue durante mucho tiempo un mundo donde predominaban el gris y el negro. Hasta fechas más recientes no harán su aparición los colores. Imagen: Una fábrica de platos de acero inoxidable, Normandía, 1965.

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Carta corta: Esquela esquelética...‏



El parque de los esqueletos.
El patio de los callados.
La paz de las tumbas.

El recorrido de lo que queda.
El trayecto del más acá al más allá.
El sendero de los caminos que se bifurcan.

La sala de espera.
El parto de los montes.
El postnatal de la muerte.

Las pompas fúnebres.
El lugar de los despojos.
El sitio trascendental de lo tenebroso.

El canto al amor desaparecido.
El llanto al dolor que no se va.

La esquela infinita, no dicha,
al ser querido del cual queda,
con suerte, sólo el esqueleto.

La espera esperanzada
del reencuentro prometido,
por el muerto resucitado,
alguien incomparablemente
más que un mero iluminado,
siendo a la vez: camino, verdad y vida, 
pasó de la cruz a la perenne luz…

La falsa soberbia Escribir desde el "yo" es una tarea no tan sencilla como parece. A algunos, incluso, les molesta encontrarse con escritores que escriben desde su propia y personal perspectiva. por Rafael Gumucio


Diario El Mercurio, Revista de Libros
Domingo 30 de diciembre de 2012

Hay muchas maneras de escribir mal, aunque todas ellas tienen en común el mismo error de base: escribir para ser algo más que uno mismo. Resbaloso concepto, lo admito, ese "uno mismo", que la escritura tiene como papel revelar, aunque sea muchas veces -como le sucede al hombre invisible- usando para delimitar sus rasgos los velos y el humo. Ficciones, mentiras, metros y rimas que no tienen otro objeto que inventarnos una espada y una pared entre la que ponernos para contar sin pausa y sin trampa por qué llegamos aquí. Como esas manos que los cavernícolas dejaron marcadas en las paredes de la cueva, esa simple marca, esos dedos que todos tenemos atraviesan los siglos mejor que toda suerte de mensajes para la eternidad.
Escribir lo primero que se te pasa por la cabeza es un ejercicio que pide un talento sin par, porque escribir es de las últimas cosas que se nos pasan por la cabeza. Escribir como quien habla implica primero entender la leyes del habla y luego domesticarla para que quepa naturalmente en la jaula de la escritura. El estilo que parece surgir sin esfuerzo, la prosa que parece siempre haber estado ahí, denota un doble esfuerzo, el esfuerzo por encontrar lo que se busca, y el esfuerzo por volver a dejarlo caer para dejarnos a nosotros el placer de recogerlo como si nada.
Esa generosidad provoca en los que ven la literatura como una máquina dispensadora de prestigio -aunque sea el prestigio bohemio y canalla- que la escritura no sea un medio de promoción o de mistificación que les hace sentir a los amantes de la prosa sonora o minimal algo incomprensible. A las mucamas gramaticales, el pasajero del hotel que trata la habitación como su casa le resulta enojoso. Sólo así me explico el carácter agrio e impaciente con que no pocos críticos inteligentes y amigos lúcidos, descubren para su desilusión que Los círculos morados , las memorias de Jorge Edwards, las escribió Jorge Edwards y tratan de su vida. De sus críticas sólo se puede extraer ese hecho de la causa, que Jorge Edwards se llama Jorge y se llama Edwards y que nunca podría salir de eso. Que Jorge Edwards no es Daniel Villalobos (que tiene justamente el talento de ser en Sur , su libro, completamente Daniel Villalobos); que Jorge Edwards no puede contar la pobreza en los años ochenta o el delirio en Villa Alemana o los sindicatos culturales en San Antonio, es algo que Jorge Edwards sabe mejor que nadie. Lo que hace su libro tan inteligente como valiente es el gesto de no salirse nunca de sí mismo, de rodearse, de flotar en los supuestos de su identidad, para hundirse en círculos concéntricos (los círculos morados del título) hacia la incerteza de una memoria que no está muy segura de qué recuerda o qué inventa, de qué sabe o qué adivina.
Aparentemente leve y muchas veces terrible, lo que ciertos amigos detestan es lo que más me gusta del libro, esa falta de patetismo, esa actitud a veces distraída, que le permite a Edwards contar más y no menos: abuso sexual, absurdos sociales, los orgullos y los prejuicios de un mundo ido que explica en gran parte el nuestro. Su yo, como ocurre con el yo de Patricio Fernández de La calle me distrajo , es una linterna que muestra más de lo que juega a mostrarse, una forma curiosamente púdica -e inesperada para quienes les basta leer el nombre del autor para juzgar el libro- de generosidad. Es cierto que esa seguridad en ambos casos no es ajena a ciertas certezas de clase que por lo demás denuncian. Lo hacen con el acento de esa clase, sabiendo que también esa es la tarea del escritor, dejar patente el tono de un mundo, la forma verbal de un universo.
Yo prefiero la falsa soberbia a la falsa humildad. Pelear contra quien depone sus armas, el que se cuenta del modo más simplemente plausible es un tipo de cobardía muy parroquial. La gracia de este libro (y del de Fernández y el de Villalobos) es que son libros indefensos que cuentan lo poco o nada que sus autores ven o creen ver del mundo. Testimonios que son más que lo que aparentan, que tienen la nobleza de no aparentar todo lo que saben, que nos recuerdan que escribir es también eso, el famoso espejo al borde del camino de Stendhal.
Hace poco, Philip Roth renunció a escribir sólo para evitarse la neurosis de estar encerrado en un bosque cercado por el subconsciente. ¿Se puede escribir, apartado de todo y todos, novelas que se paran solas en la nada? Pienso en Chateaubriand y Benjamin Constant, escritores entre muchas otras cosas que no renunciaron a ninguna batalla, a ningún error, a ninguna tentación, incluso la de escribir y escribirse. Roth se dedica ahora a ver gente y hablar cosas. Estoy seguro de que si escribiera eso, sólo eso, todo lo que ha hecho desde que renunció a escribir, daría al fin con su obra maestra. Es el tipo de libro que personalmente estoy esperando, esos que renuncian a ser escritos para escribirse mejor.

Publicación Aspectos de la autora viajera María Graham: la vida como una novela



La escritora inglesa vivió en Chile entre abril de 1822 y enero de 1823. Una de las tantas etapas incluidas en "María Graham. Una biografía literaria", obra de la investigadora chilena Regina Akel que primero se editó en inglés y ahora aparece en castellano. Entrevista a la autora del libro y una reseña del connotado profesor James Stevens Curl.  

por Patricio Tapia 

Diario El Mercurio, Artes y Letras
Domingo 30 de diciembre de 2012

Casi 200 años después hizo el viaje inverso de María Graham. Regina Akel fue profesora de literatura en la Universidad Católica, pero se alejó de la vida académica en 1977. Años después cumplió su deseo de viajar a Inglaterra para estudiar un doctorado. Fruto de su labor de investigación sobre María Graham -pudo ver los manuscritos de sus diarios no publicados, pudo consultar su correspondencia con el editor John Murray- publicó en inglés una biografía de la viajera, en 2009. Su libro abarca toda la vida de María Graham, quien estuvo sólo diez meses en Chile.
Regina Akel adquirió en Inglaterra la costumbre de evitar la hipocresía diciendo, de manera amable, la verdad, y también el gusto por el té. Su libro tiene una perspectiva literaria, en el sentido de que sus análisis suelen comparar las técnicas usadas o adelantadas por Graham y también porque ella construyó una suerte de personaje y narró su vida como en una novela. Además, el libro de Akel está escrito con cierto gusto por el suspenso e incluso el misterio: tuvo acceso a un diario de María Graham en poder de un coleccionista chileno que prefiere permanecer en el anonimato.
-María Graham, ¿es más que una viajera inglesa que pasó por Chile?
-A su llegada al país, María Graham ya había publicado con éxito tres diarios de viaje: dos acerca de la India y uno que relata su estadía en el pueblo de Poli, al norte de Italia. Cuando acompañó a su marido en su viaje a América del Sur, sin duda tenía pensado retratar los países que visitara. Ahora, este retrato tenía una finalidad: informar a los viajeros e inversionistas ingleses acerca de las características de estos lugares desconocidos que recién abrían sus puertas al mundo. Así, junto con describir comidas, vestimenta y costumbres de los chilenos, ella devela las carencias en infraestructura del país y el atraso en las prácticas agrícolas, por ejemplo, junto con riquezas que esperan ser explotadas. Me parecen notables también las descripciones de plantas que encontró en sus caminatas por los cerros de Valparaíso y el relato de los efectos del terremoto de 1822 en costas y caminos. Sus afirmaciones no estuvieron exentas de controversia en su propio país, pero más tarde fueron validadas por la Royal Geographical Society de Londres.
-¿En qué aspectos reside la importancia de María Graham para los chilenos?
-Ella fue la primera mujer que escribió sobre Chile al comienzo de nuestra vida independiente. Nos entrega detalles de la vida cotidiana en Santiago y Valparaíso que preferentemente notan las mujeres antes que los hombres; por ejemplo, su observación de que los chilenos prefieren moverse en vehículo antes que caminar. Esto a propósito de una invitación a cenar del Director Supremo, Bernardo O'Higgins, al Palacio de Gobierno que estaba ubicado donde se encuentra la actual oficina central de Correos de Chile. La casa donde ella alojaba estaba justo detrás del palacio, en calle Santo Domingo, pero para dirigirse a la cena los dueños de casa hicieron traer su coche y caballos. Pienso que en eso no hemos cambiado mucho en doscientos años. También me parece importante que haya descrito personajes históricos con gran inmediatez, a veces citando sus propias palabras en la intimidad de una conversación casual. Por otra parte, sus juicios deben ser recibidos con cierta precaución, porque la imparcialidad no era una de sus mayores virtudes.
-Usted coteja, cuando los hay, los "diarios" publicados y los "diarios" verdaderos. Y tienen diferencias. ¿Cuáles son las razones de ella para adoptar una voz pública distinta?
-Hay rasgos permanentes en la voz pública de María Graham que denotan una gran necesidad de aparecer moral e intelectualmente superior a su entorno. Por ejemplo, el uso de palabras rebuscadas, la referencia a autores extranjeros y a obras musicales, literarias o filosóficas poco conocidas, o la crítica constante a la vestimenta o cualidades morales de las mujeres que encuentra a su paso. Creo que sería aventurado proponer explicaciones para esta no muy agradable característica del estilo de María Graham, aunque en general se considera que esta actitud refleja un deseo de compensar alguna carencia sufrida en la niñez. Ahora, pienso que había una gran contradicción en esta escritora, porque a pesar de que guardaba celosamente sus sentimientos más íntimos, cuando se refería a Lord Thomas Cochrane mostraba una faceta muy apasionada y dejaba de lado toda restricción estilística. En pocas ocasiones, al leer el manuscrito del viaje hacia la India de 1808, o el diario que relata su niñez, compuesto al final de su vida, se pueden vislumbrar rasgos de la verdadera María, una niña y una joven sensible y maltratada por los acontecimientos de su vida.
-En el caso de Chile, no hay diarios y cartas. Pero usted compara algunas cosas con escritos de otros viajeros. ¿Podría indicar las principales distorsiones o inexactitudes que encontró?
-Existen distorsiones en varios planos entre los diarios publicados de María Graham y la realidad que conocemos. Por ejemplo, en el plano histórico, cuando ella detalla las razones de la disputa entre Lord Cochrane y José de San Martín, es un relato totalmente sesgado a favor de su compatriota. En el visual, cuando describe lugares, personajes y objetos claramente inexistentes en el Chile de la época, como el caso del misterioso boticario de Valparaíso que parece traído directamente desde la Florencia medieval. Notable es su descripción del convento de las monjas de San Agustín en Santiago con la extraña pila de agua en el centro del claustro. O los casos que imagina motivaciones e intenciones en personas que encuentra a su paso: la connotación siniestra que atribuye a su vecina de Valparaíso y a sus hijas. Todos estos agregados me parecen estrategias literarias para agregar interés a su relato, que en partes parece más ficción que descripción.
-Señala que recurrentemente ella percibió rechazo y hostilidad. ¿No sería un poco insoportable?
-Sin duda debe haber sido difícil convivir con María Graham desde que era niña. Si hacemos un recuento de los pasajes conflictivos que ella narra a lo largo de su vida, vemos que ya en el colegio dejó de hablarle a su prima porque la consideraba estúpida. Más tarde se enemistó con otras compañeras y estuvo sometida al castigo del silencio durante meses porque se negó a pedir perdón, cuando solamente tenía nueve años. Luego, en el barco con destino a la India, la oficialidad completa, con excepción del entonces teniente Graham, dejó de hablarle durante semanas. En Chile no tuvo mayores problemas, pero sí en Brasil. Las damas de la sociedad no la soportaban por su abierto interés en Lord Cochrane, a pesar de que la esposa de éste se encontraba en el país. Luego, en su breve paso por el palacio imperial, las damas de la corte le hicieron la guerra porque las enemistó con sus permanentes aires de superioridad. Por ejemplo, insistía en dirigirse solamente a la emperatriz Leopoldina en francés, de esa forma alienando a las damas portuguesas de la corte. Debe haber sido una señora sumamente antipática.
-Dedica un capítulo entero a Lord Cochrane. ¿Qué significó él para ella?
-Un capítulo entero de la biografía está dedicado a Lord Thomas Cochrane, porque es un personaje importante para nosotros además de controvertido e interesante. ¿Qué significó él en la vida de María? Mi opinión muy personal es que gracias a él existe el Diario de mi residencia en Chile . María no se habría quedado sola en Chile de no haber sabido que Lord Cochrane se encontraba aquí ayudando a la causa de la Independencia de Chile y Perú. Su disculpa aduciendo que no estaba de ánimo para soportar un viaje de vuelta a Inglaterra después de la muerte de su esposo parece débil viniendo de una hija y esposa de marinos que, por lo demás, había pasado parte de su juventud a bordo de un barco. Al igual que mucha gente, pienso que dada la forma en que María se refiere a Lord Cochrane en sus escritos, él fue el amor de su vida, pero dudo que él le haya correspondido. Esta incertidumbre ha dado lugar a especulaciones y varias novelas. La última, Maria and the Admiral , de Rachel Billington es excelente y fue publicada en Londres el año pasado.
-Si pudiera preguntarle algo a María Graham, ¿qué sería?
-Le preguntaría si realmente llevó un diario privado de vida durante su estadía en Chile, y si así fue, ¿dónde está? Si ese diario existiera, su lectura nos despejaría muchos misterios.
 Graham en Chile
El Diario de una residencia en Chile fue traducido en nuestro país por José Valenzuela en 1902, con varias reediciones. El escritor Tomás Lago (1903-1975) dejó en sus archivos un manuscrito, sin su última revisión, de una vida de María Graham que se publicó póstumamente como La viajera ilustrada (2000). En 2007, LarrainVial editó el Diario de una residencia en Chile en edición facsimilar y completa de la primera edición en castellano, con ilustraciones coloreadas por la viajera. De esta edición son las imágenes utilizadas aquí.
Una mujer nada común
María Graham (nacida Dundas, 1785-1842), viajera y escritora, era, al igual que la tía de Charley -el personaje en la obra teatral de Brandon Thomas-, una mujer nada común. Su lectura era omnívora, alentada por William Delamotte, el paisajista, quien la introdujo en las obras de Edmund Burke. Pero ella también se movió en el círculo de Agnes y Mary Berry, que habían sido amigas del celebrado ingenio y virtuoso Horace Walpole. Más tarde, en Edimburgo, conoció a miembros destacados de la Ilustración escocesa, incluyendo a Dugald Stewart y John Playfair. Sin embargo, ella enfermó de tuberculosis (la que finalmente la mataría) y, en el invierno de 1806-07, su ocio forzoso le permitió adquirir conocimientos sobre un amplio rango de temas, lo que le resultaría muy provechoso. Pero ella siempre resintió el hecho de no haber asistido a la universidad y esto aparece en la cálida biografía de Regina Akel.
En 1808, María Graham se embarcó con destino a la India. A bordo se encontraba el teniente Thomas Graham: cuando el barco atracó en el subcontinente, ellos estaban comprometidos, y se casaron en diciembre de 1809. Durante el siguiente par de años, Graham viajó por la India, asimilando impresiones y adquiriendo un inteligente interés en todo lo que veía. Después de su regreso a Inglaterra, publicó su Diario de una residencia en la India(1812), seguido de Cartas acerca de la India (1814), y su amplitud de miras es evidente en ambos textos, aunque no dejó de criticar algunas costumbres indias. Describió prácticas tales como el suttee , o sati , con el desapego del mero registro de hechos, lo que le granjeó una cierta cantidad de oprobio de parte de aquellos que sentían que las mujeres ni siquiera podían mencionar tales cosas sin sufrir graves desmayos.
En 1818, los Graham estuvieron en Roma, donde conocieron a numerosos artistas, incluyendo a Charles Lock Eastlake, John Jackson, J. M. W. Turner y Sir Thomas Lawrence. Fue Eastlake quien proporcionó las ilustraciones para Tres meses en las montañas al este de Roma , de Graham (1820), y Lawrence quien pintó el atractivo esbozo al óleo, ahora en la National Portrait Gallery, que muestra a Graham usando el tocado estilo turbante que solía lucir, probablemente para ocultar una lesión que sufrió cuando era una niña. En 1820, se publicaron sus Memorias de la vida de Nicolás Poussin , la primera monografía en inglés sobre ese artista.
En 1821, los Graham se embarcaron hacia América del Sur, pero en 1822 Thomas murió en el mar, y Graham se estableció por un tiempo en Chile, donde sufrió y escribió sobre un terremoto. En 1823, sin embargo, fue nombrada institutriz de Maria da Gloria, hija del Emperador del Brasil, y se mantuvo en el puesto hasta 1824. En 1825 regresó a Inglaterra. Mantuvo diarios sobre su residencia en Chile y el viaje a Brasil, y en 1828 publicó (con John Murray, de quien se había convertido en lectora) Una breve historia de España . En 1827, esta formidable sabelotodo se casó con el pintor Augustus Wall Callcott, para consternación de sus amigos y familiares, y la pareja hizo un largo viaje continental en 1827-1828 que llevó a los Ensayos preliminares de una historia de la pintura (1836). Su libro más exitoso, sin embargo, fue un libro para niños: Historia de Inglaterra de Arturito (1835).
Desde 1831, María Callcott se convirtió en una inválida permanente, y la vida le resultó desagradable y frustrante. Fue duramente desairada por Sir William Allan y John Callcott "Ropas" Horsley cuando aventuró puntos de vista sobre la decoración del Palacio de Westminster, y después de eso evitó toda conversación cuando se discutiera de arte. A partir de 1837, cuando su esposo fue nombrado caballero, ella fue Lady Callcott, pero como María Graham su nombre es venerado tanto en Chile como en Brasil (donde, en la desagradable jerga de estos tiempos ignorantes, ella es un "ícono gay").
Las ilustraciones en el libro de Akel incluyen la losa de la tumba de los Callcott / Graham (restaurada gracias a los esfuerzos de los Amigos del Cementerio Kensal Green y la Embajada de Chile) en el Cementerio General de Todas las Almas.
Traducción: Patricio Tapia

Lemebel: Barroquismo hiperbólico, herético y desvergonzado, disenso al grano, mínimo de adornos; ternura y simpatía...



Pedro Lemebel se ha convertido en una figura tan notoria, tan visible en el Chile actual que cuesta darse cuenta en qué medida es un milagro. Nunca había sido tan difícil emitir pronósticos sobre la literatura, nunca habíamos enfrentado un futuro tan incierto y aún así, de algo podemos estar seguros: la persona y la obra de Lemebel permanecerán y serán recordadas por su carácter único, herético, completamente desvergonzado. No es una hazaña menor en una época en la que lo irreverente está de moda y cualquiera sería capaz de vender a sus hijos con tal de posar como rebelde sin causa. Hay más que decir al respecto: Lemebel ha sido traducido, ha viajado a muchos encuentros fuera y dentro del país, ha recibido reconocimientos por doquier y es un ídolo a quien se lee y escucha con devoción en diversas partes, por los sectores más encontrados de la sociedad. Y nada de esto lo ha cambiado, porque no se le han subido los humos a la cabeza ni ha olvidado sus orígenes. Y, lo que es más importante, su prosa, flamígera e irrepetible, conserva un poderoso vigor y casi podría decirse que ha mejorado con el tiempo.
Háblame de amores , su sexto libro de crónicas, comprende artículos y relatos publicados en los últimos 20 años. Por lo general, vienen sin fecha, de modo que es inesperado descubrir "La insoportable levedad", texto escrito en 1993 y que comienza con las palabras: "Ciertamente que reconstruir la historia de la homosexualidad en Chile significa bucear en el océano oscuro de su clandestinidad". Luego vienen una serie de argumentos que, a veces, exhalan florituras y cascadas verbales -Lemebel siempre es Lemebel-, aunque bien podrían haber sido formulados por un cientista social. Sin embargo, el llamativo personaje se mueve a cuerpo de rey en otro tipo de piezas y sus admiradores gozarán con "Morir de amor en el Amazonas", "Luna de Barranquilla que me hiciste sangrar", "Maraqueo matinal", "Toda la piel de América en mi piel" -homenaje a Mercedes Sosa-, "Las azucenas estropeadas del incesto" y, sobre todo, "Los funerales de la Candy". Este ensayo, de mayor extensión que el resto, resucita, mediante un barroquismo hiperbólico, incluso para los estándares del escritor, a la que fuera reina de los transexuales, desde sus tiempos en el Blue Ballet, hasta su período más elegante, cuando fue dueña de un exclusivo restaurante santiaguino; el tema se presta para las lentejuelas, la seda, las pedrerías y toda clase de objetos, chabacanos o primorosos, de tal forma que el autor saca el máximo partido al estilo churrigueresco, rebosante, destemplado que tanto éxito le ha proporcionado.
El peligro de esta clase de escritura es que puede hostigar, pues ocurre con ella algo parecido a comer chocolate: podemos zamparnos una barra, pero seríamos incapaces de tragar una tonelada. Y he aquí que Háblame... demuestra algo realmente sorprendente y que, una vez más, confirma la singular calidad de este narrador: después de todo, resulta que Lemebel puede ser sencillo, puede ir al grano con un mínimo de adornos y puede conmovernos gracias a la ternura y la simpatía que vuelca en sus historias.
Esto es quizá lo mejor de Háblame... y vale la pena detenerse en unos cuantos títulos. "Aloma ya no vive aquí" cuenta la relación con una septuagenaria dama uruguaya, quien, junto a otras amigas, todas ex tupamaras, "se reunía una vez a la semana...a tomar mate leyendo, bromeando, comentando, emocionándose con los ojos anegados", hasta que reaparece su primer novio. Un paisaje muy distinto es el de "La Juanita de Puerto Viejo": en una caleta perdida en el desierto de Atacama, donde no hay luz, agua ni transporte, la gente, muy pobre, vive tranquila y sin problemas. "Adiós, Stella. Ñau, ñau, poeta" es un emocionado recuerdo de la formidable y temperamental Stella Díaz Varín. "Las manitos arañadas" y "De regreso al colegio" revelan ese don especial, ese acercamiento de Lemebel hacia los niños, y "El sabor tecnicolor de La Vega" muestra su irrenunciable gusto arrabalero.
Con todo, Háblame... contiene una breve sección que, en apariencia, nada tiene que ver con el trabajo previo de Lemebel, aun cuando, considerándola a fondo, pertenece ciento por ciento a su pluma: "Tres museos", donde se juntan lo estrambótico, lo incongruente, en medio de la cotidianeidad, el devenir pausado de los días en lugares normales... y muy inverosímiles.
En realidad, Háblame... da para mucho y, de nuevo, Lemebel nos provee con esa voz suya, la voz escéptica, vigorosa e incorrupta del disenso.