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La divulgación de la ciencia y el efecto BERENJENA.


La ciencia hay que gritarla

La divulgación de la ciencia no se trata, al menos en el sentido usual, de enseñar ciencia. Quizás por esto algunos científicos lo consideran un subproducto de segunda categoría. Carl Sagan vivió ese rechazo en carne propia, pero él probablemente hizo más por la ciencia contemporánea que muchos de sus críticos colegas.
por Andrés Gomberoff | Vicerrector de Investigación y Doctorado de la UNABRevista Qué Pasa, 22/02/2012http://www.quepasa.cl/articulo/tecnologia---ciencia/2012/02/23-7824-9-la-ciencia-hay-que-gritarla.shtml
No sé muy bien qué me trajo a esto de la divulgación de la ciencia. Tampoco importa mucho. Los caminos que nos llevan a hacer lo que hacemos son usualmente poco interesantes. Siento, sin embargo, que hay algo enormemente importante en esta empresa. Entiendo que la recomendación viene de demasiado cerca, pero  no hay más remedio: sólo los que hacemos divulgación podemos enarbolar sus banderas para redimir esta actividad, que tan pocos practican y que creo es más necesaria que nunca.
Es un trabajo extraño. La divulgación de la ciencia no se trata, al menos en el sentido usual, de enseñar ciencia. Quizás por esto algunos científicos lo consideran inútil, una pérdida de tiempo, un subproducto de segunda categoría. Tanto es así, que Carl Sagan, quizás el más célebre divulgador científico del siglo XX, no fue aceptado jamás en la Academia Nacional de Ciencias de los EE.UU., a pesar de que era además un connotado astrónomo que publicó cientos de artículos científicos durante su vida. Según el físico y divulgador Chad Orzel, Sagan habría sido acusado de sobresimplificar en sus escritos para todo público. A pesar de que no conozco los detalles más que por el breve artículo de Orzel, mi defensa de Sagan es absoluta. Probablemente muchos de los científicos de mi generación nunca habrían llegado a la ciencia si no hubiese sido por la brillante serie Cosmos y la personalidad magnética de su conductor. Sagan hizo mucho más por la ciencia contemporánea que muchos de sus críticos colegas, atrayendo a niños y jóvenes que luego brillaron en sus carreras científicas.

La ciencia no es un gadget

La divulgación no sólo es importante para atraer a las nuevas generaciones de científicos. También es un modo de retribuir a la sociedad lo que ella misma ha pagado con sus impuestos. Una forma de hacerlo es intentar responder algunas de las preguntas sobre el universo que naturalmente emergen en el público. Porque, aunque muchos lo olviden, esto no se trata sólo de avances tecnológicos. La tecnología es un subproducto del corazón de la actividad: la sed de conocimiento, la curiosidad.
El físico norteamericano Richard Feynman tituló El placer de descubrir a un libro en que reunió diversos textos y entrevistas. Él mismo había renunciado a la Academia de Ciencias que rechazó a Sagan, argumentando que no veía el punto de pertenecer a una organización que pasa la mayor parte de su tiempo decidiendo a quién deja entrar. "No sé nada, pero sé que todo es interesante si entras con suficiente profundidad", decía en el libro. Pocos científicos han plasmado mejor que él la pasión de la actividad científica. Él deja claro que el placer de practicarla es el más importante motor de la ciencia.
Si los científicos están más motivados por la curiosidad, es raro que sea la tecnología la cara visible de la ciencia, como nos dan a entender la mayor parte de los medios. De hecho, sus secciones sobre ciencia incluyen, casi siempre, a la tecnología. La ciencia entonces suele quedar escondida en una caja negra desde donde emergen, como por arte de magia, teléfonos celulares, tratamientos para el cáncer y juegos para PlayStation. Hay mucha gente que siente la necesidad de que le expliquen el truco. Es nuestra responsabilidad como científicos hacerlo. Mostrarles la belleza de aquello que nos motiva. Mostrar, en definitiva, lo que realmente hacemos.

Efecto berenjena

Paradojalmente, parece que este placer y  pasión por la ciencia no son compartidos por muchos. Al contrario, parecen temerle. Parecen percibir, en particular, a la física y a la matemática como un mal recuerdo colegial. No tengo la más mínima pista de por qué una actividad humana que me ha seducido con tanta fuerza desde mi infancia resulta tan poco atractiva, tan intimidante, tan repulsiva para algunos.
Intuyo, sin embargo, que se trata de una reacción que nosotros mismos hemos generado por la forma que enseñamos ciencia y la comunicamos. Algo que podríamos llamar el "efecto berenjena":  ésta parece no ser del agrado de la mayoría, pero no podemos culpar a la berenjena. Es claro que sólo puede deberse la ignorancia que existe de cómo cocinarla.
La sensación que me provoca el escuchar "odio la física" debe ser muy similar a la de un chef que se esmera en la preparación de una ensalada de berenjenas asadas para sus invitados, y que al final descubre que quedó intacta sobre la mesa. El chef se siente frustrado, no entiende cómo una preparación que provoca tanto placer en él puede ser despreciada de esa forma por el resto. El chef quiere hablar con la gente. Quiere rogarles que prueben de nuevo, sin prejuicios. Que no se priven de toda esta maravilla. ¡Qué espectacular sería cambiarles su opinión! Sería casi tan placentero como la ensalada misma. Es el placer de la divulgación.

El turismo de Cortázar

El placer del descubrimiento científico no debe estar limitado a los científicos, del mismo modo en que la ensalada de berenjena no debe limitarse al mencionado  chef. Un ejemplo notable de cómo se experimenta el amor hacia la ciencia por primera vez ocurre en las aulas universitarias al comenzar una carrera científica. Cuando nos exponen los grandes descubrimientos de los siglos precedentes, pronto nos damos cuenta de que el proceso mental de comprender estas viejas teorías requiere, necesariamente, una actitud creativa. No basta con escuchar, con memorizar las ideas y las técnicas. Debemos redescubrirlas. Es difícil explicar a quienes no han tenido una experiencia científica cómo ocurre esto. Uno lo ve en los estudiantes, cuando un brillo especial en sus miradas nos revela que sus mentes ya saborean el placer de descubrir.
En literatura se habla en ocasiones del lector activo. Éste sería uno que interactúa con el texto. Que se pierde en él a través de túneles que lo llevan a sus propias reflexiones. A su propia historia. A ideas e historias nuevas gatilladas por lo que lee. Es el lector-macho del Cortázar de Rayuela.
En la comprensión real de la ciencia sólo cabe este tipo de lector. Es típico que en la lectura de un artículo científico tengamos que releer decenas de veces un párrafo, y que entre lectura y lectura hagamos nuestros propios cálculos en un cuaderno, hasta lograr "reproducir" el resultado . El científico está acostumbrado a la lectura activa, quizás más que ningún otro lector en el espectro intelectual humano.
Curiosamente, Julio Cortázar era un gran lector de  ciencia. En una entrevista que dio a Sara Castro-Klaren, en 1976, afirmó:  "A lo largo de mi vida, siempre que he podido acercarme a esos artículos de divulgación en donde problemas de física pura o alta matemática son presentados de manera que alguien como yo, que ignora la física y las matemáticas puede, de todas maneras, tener una idea global y general de la cosa, los he leído siempre apasionadamente, porque su reflejo sobre la literatura me parece evidente y total… estoy contento de haber hecho ese turismo de la ciencia ".
El científico que aprende una nueva teoría, al igual que el lector-macho de Cortázar, no está conociendo. Está reconociendo. Algo similar debemos inducir en el público si pretendemos que experimente el sabor de la ciencia.

La caja de magia

Como el deporte, la ciencia debería ser practicada de una forma u otra por toda la sociedad y no sólo por especialistas. 
Ahora bien, es muy difícil llevar al público que no pretende una comprensión detallada de la ciencia, a experimentar esta sensación de descubrimiento. Podemos, sin embargo, intentar que redescubran pequeñas ideas, y contarles otras como en un cuento. El editor de Breve historia del tiempo de Hawking le decía que cada ecuación bajaría a la mitad el número de lectores. Yo creo que cada párrafo que requiere de más de una lectura tendrá igual desenlace.  Allí reside entonces el gran desafío de la divulgación: inducir al lector a releer un párrafo mientras redescubre, al menos en parte, una idea científica.
Quizás logramos así que el lector viva esa urgencia que despierta la curiosidad y el placer de encontrar la respuesta. Quizás podamos entregar ideas simples y profundas en un contexto interesante. Quizás llegue a comer, al menos en pequeñas dosis, un poco de berenjena.
Esto es radicalmente distinto de lo que hace normalmente el periodismo científico en los medios, en donde la ciencia es esa intimidante caja negra que se mira desde la sensualidad de un teléfono celular. Por otra parte,  son pocos los periodistas que pueden transmitir ideas científicas, pues son pocos - aunque los hay- los que las comprenden. Es por esto que la divulgación científica debe estar, principalmente, en manos de científicos. Es algo que ya se ha entendido bien en el mundo. Incluso en Chile, desde hace algunos años,  la mayoría de los fondos públicos de financiamiento de la ciencia están exigiendo que una fracción de éstos sea destinada a la divulgación.
Y si, después de todo,  el placer de la berenjena no es suficiente, podemos hablar también de su valor nutritivo. De que más que una caja negra, es un sombrero negro en un show de magia. Uno que, en efecto,  ha producido más magia de la que cualquier hechicero ocultista hubiese podido soñar. Nos ha permitido volar, pararnos en la superficie lunar, conocer la edad del universo, comunicarnos a través del vacío a lo largo de distancias enormes. Un sombrero abierto cuyos trucos están a la vista para todos los que deseen observar. Magia basada en evidencias, en los más prolijos razonamientos, y no por eso menos sorprendente. Magia real. La magia de la naturaleza y de la experiencia que una mirada cuidadosa sobre ella nos puede dar. Una mirada que nos entrega herramientas poderosas no sólo para la actividad científica. Como el deporte, debería ser practicada de una forma u otra por toda la sociedad y no sólo por especialistas. Porque creo que es incluso más sana que el deporte mismo; la ciencia es demasiado importante como para dejarla en manos de los científicos.

Casi lo tuvimos todo



El sábado pasado murió Whitney Houston. El día siguiente, Adele barrió con los Grammy y dejó al mundo encantado. La primera llegó a ser para la industria todo aquello que la segunda se empeña en resistir.

La muerte de Whitney Houston el sábado pasado, en la antesala de lo que sería la edición 54 de los Grammy  fue tanto una tragedia como una advertencia.  Bastión de un pop conservador,  compartió con Madonna y Michael Jackson durante los ochenta y noventa el sitial indiscutido de estandartes deónde podía empujar los límites de la dominación total del pop.  Whitney Houston, esa chica bien, absurdamente bonita, se distinguió de sus pares al basar su carrera en una voz entrenada en el gospel y el soul. Astutamente, sacrificó  el riesgo en pos de una mezcla de la tradición con la masividad, exhibiendo rutilante sus acrobacias vocales casi sobrenaturales con la aparente facilidad de quienes han dominado una técnica a la perfección.
Adele, quien el domingo se coronó reina de una industria que cada año parece empeñarse en poner en escena propuestas cada vez más irrelevantes, emerge con su vozarrón despechado como la gran esperanza blanca de un mercado que ve en el revival de soul un lugar sospechosamente seguro.  Con un espaldarazo absoluto y la paternalista introducción de Gwyneth Paltrow, la performance  pasional y  algo falta de carisma de Adele no puede verse sino como un contrapuesto siniestro de la que fuera  en 1986 la noche de consagración de Whitney Houston, presentada por un demodé Kenny Rogers y donde ella, jovencísima, flaca esmirriada y enfundada en un vestido rojo, canta radiante esa promesa  virginal que era "Saving all my love for you".
Predilecta de la misma industria que necesita sucesoras para sobrevivir, Whitney Houston sería por casi quince años lo que Adele parece ahora estar renegando, al declarar que quiere darse una temporada sabática para disfrutar el amor ahora que por fin lo tiene. Aunque luego echó pie atrás ("¿dije cinco años? ¡más bien cinco días!", escribió en su blog), que haya situado su plan ideal en un receso para enamorarse, componer un disco "feliz" y "plantar hortalizas", resulta revelador: el paraíso de Adele está lejos de la industria.  Whitney jamás dudó. Se enfrentó con su sonrisa amplia y sus ademanes aristocráticos a un mercado que cada vez se inclinaba más al hip hop y que caía víctima de los one hit wonders, y llevó su voz hasta los límites de la pirotecnia, pasando de adolescente cándida a una nueva diva, soberana y encantadora por igual. Y no satisfecha con eso, se reinventó como una mala actriz, y siguió apostando a la cautela en bandas sonoras que la catapultaron a un éxito planetario absoluto. Luego siguió adelante hasta su aniquilación, haciendo eso mismo que juró con su voz campeona que nunca haría: dejar que le quitaran su dignidad.  Whitney Houston se convirtió en la década pasada en un personaje tristísimo.
Al final,  terminó consumida por una industria demasiado ávida de estos costalazos épicos que ella misma promueve y que necesita para seguir perpetuándose.  Adele, cauta, fantasea con la improbable idea de dar un paso atrás, lejos del ruido. Y parece que no hay mucho que reprocharle.

Las palabras (que aquí suenan como un murmullo, casi como puro ruido) son la distancia que separa a los unos de los otros. Escribir sobre un papel


CULTURA

La máquina del perdón

"El rey pálido", la novela póstuma de David Foster Wallace, llega en marzo a librerías chilenas. Obra coral, se trata de una apuesta riesgosa que se interroga por la mecánica cuántica de la novela como género, pero sobre todo acerca del desconsuelo del arte.
La parodia es una forma de la tristeza y la memoria, un disfraz de la confusión. 
Las palabras (que aquí suenan como un murmullo, casi como puro ruido) son la distancia que separa a los unos de los otros.
Escribir sobre un papel lo que nos atormenta, dejar que el arte se lo trague y lo haga picadillo.
En una entrevista para The Guardian, Karen Green habla de la "máquina del perdón" que ha construido. Karen Green es artista visual y también es la viuda de David Foster Wallace. Fue ella quien lo acompañó cuando el Nardil, el medicamento que tomaba hace años, dejó de hacer efecto y los nuevos tratamientos (otras drogas, una vuelta infructuosa al Nardil, electroshock) dejaron de funcionar y él terminó suicidándose en 2008. La "máquina del perdón" trabaja así: escribes en un papel la razón por la que quieres ser perdonado o, al revés, a quien quieres perdonar. La máquina aspira el papel y al otro extremo el papel es destrozado y así, quizás, obtienes lo que buscas.
Es imposible no pensar en la máquina de Green cuando uno lee El rey pálido, la novela inconclusa que dejó Foster Wallace, y que su editor Michael Pietsch terminó de armar de fragmentos, capítulos sueltos y anotaciones. Quizás la novela es otra versión de esa máquina. Más allá del tema (la vida en una agencia de impuestos estatal en la ciudad de Peoria, en 1985) y de la estructura (aquella clase de hipertrofia narrativa ultraconsciente que es la marca de estilo de Foster Wallace), lo que hay es una biografía íntima de un puñado de vidas falsas devoradas por la culpa, el trauma, la soledad, el abandono, perdidas en una geografía inestable, evitando la extinción y el olvido. Obra coral, se trata de una apuesta riesgosa que se interroga por la mecánica cuántica de la novela como género, pero sobre todo acerca del desconsuelo del arte. "Hasta que llegues aquí no entenderás por qué. Es dickensiano", anota alguno de los personajes bien avanzada la novela. Tiene sentido. No hay foco alguno en El rey pálido. No hay héroes: la perspectiva de un mundo coral de voces que hablan para evitar el vacío o consignar su cercanía satura todo. Esto es parte del estilo del autor. Foster Wallace es el héroe de la postergación y el desdoblamiento, de la narrativa de lo fútil y lo accesorio que se vuelve consciente de su vacío inherente. Pero es algo más. El rey pálido duele porque esos viejos trucos (que son el centro de La broma infinita) adquieren acá otra clase de riesgo.
Y ese riesgo interesa. Para Foster Wallace, narrar es una trampa, algo que siempre está puesto en entredicho, hasta el punto que la parodia es una forma de la tristeza y la memoria, un disfraz de la confusión. Dice otro personaje, sobre su adolescencia: "La mayor parte de estos recuerdos casi dan la impresión de pertenecer a otra persona. Prácticamente no conservo ninguno de mi primera infancia, solamente pequeños destellos extraños y aislados. Cuanto más fragmentado es el recuerdo, sin embargo, más parece ser auténticamente mío, lo cual es extraño".
Los pasajes más inquietantes del libro provienen de esas historias que transcurren en medio de suburbios y universidades regionales, bombas de bencina y pasillos de colegio. Más que Coupland o Jonathan Franzen, "El rey pálido" se parece al trabajo del historietista  Chris Ware.
Puede ser. El rey pálido hace filoso ese procedimiento, mientras busca certezas que puedan remediar el vacío, que acá cobra la forma del tedio: "Por qué nos apartamos instintivamente de lo aburrido. Tal vez sea porque el aburrimiento es intrínsecamente doloroso; tal vez sea de ahí de donde vienen expresiones como 'aburrimiento atroz' o 'aburrimiento mortal'".
Tiene sentido, aunque lo que más llama la atención del libro no sea la histérica comedia kafkiana (llena de formularios y códigos) de la oficina de impuestos sino los capítulos que refieren lo anterior: la década del setenta. Más allá del hecho que Foster Wallace se haya colgado en su cabaña y sus cenizas hayan sido lanzadas en la isla Juan Fernández, lo que importa son esas vidas que el libro cuenta con detalle y que provienen, por lo menos moralmente, de ahí: la de la muchacha que arranca con su madre de auto en auto, de motel en motel; la del médium de datos; la de la mujer que se automutila y que está casada con un enfermo terminal; la del funcionario que recuerda la muerte de su padre en el metro; la de un tal David Foster Wallace que aparece en la novela y dice que se trata de una historia real, una autobiografía sobre el año que estuvo "convertido en poco más que una diminuta y efímera pieza del engranaje de una burocracia federal inmensa".
Así, los pasajes más inquietantes del libro provienen de esas historias que transcurren en medio de suburbios y universidades regionales, bombas de bencina y pasillos de colegio. Más que Coupland o Jonathan Franzen, antes que la literatura, El rey pálido se parece al trabajo de Chris Ware, el historietista que supuso una revolución formal del género en los últimos años. Como Foster Wallace, Ware tiene como temas centrales la alienación y el tedio. Su trabajo -donde la página muta a veces a infografías o planos, fractalizándose-  tiene la misma aura desolada que se resuelve en la experimentación formal y bebe de los traumas y abandonos de la misma década, mientras se sumerge en un riesgo narrativo sin par.
Por lo mismo, no puedo dejar de leer El rey pálido sin recordar la Acme Novelty Library (1993-2010) o el Jimmy Corrigan (2000) de Ware. El filo es el mismo. La pena es casi idéntica. En ambos casos, el contar una historia es un modo de mutilación, una forma de daño. El humor ahí es apenas un barniz. En un cómic de Ware, pueden pasar casi 500 páginas para que alguien le dé la mano al protagonista. En la novela de Foster Wallace, todos los personajes cuentan sus historias porque sufren una distancia patológica con respecto a los demás: las palabras (que aquí suenan como un murmullo, casi como puro ruido) son la distancia que separa a los unos de los otros. En cualquier caso, hay una lección ahí sobre la necesidad de volver a la novela como un callejón sin salida, como una forma de vértigo. O como la máquina del perdón de Karen Green: escribir sobre un papel lo que nos atormenta, dejar que el arte se lo trague y lo haga picadillo.

Everything that happens will happen today.


Talking heads...

Everything that happens will happen today.
What about our relative existence?
What if intelligence explodes?
What happens when machines 
become more intelligent than humans?

Everything that happens will happen today.
All things must pass
The things we said today
The things we plan to do.
Every little thing. 
Every little wing that flies away.

Everything that happens will happen today
or it will never happen.  Cause things
that already happened, occured just yesterday.
A hard day's night is just the beginning
of a day in a life.  Good morning, good morning.

Everything that happens happens everyday
& nothing has changed, but nothing's the same
or all things must change, to remain the same,
cause everything that happens already occured.
Just wait a little bit and see. Tomorrow never knows.

Why is the universe made of matter? Not up to Standard



The Economist, Mar 1st 2012, 11:46 by J.P.   http://www.economist.com/blogs/babbage/2012/03/why-universe-made-matter
THAT the universe is made of matter is obvious enough. What bothers fundamental physicists, though, is why that is. The best current theory of particle physics, called the Standard Model, suggests that basically equal amounts of matter and antimatter should have been produced in the Big Bang. Famously, however, matter and antimatter annihilate on contact and disappear in a puff of pure energy, so a primordial equity between the two would have led to a lifeless, photon-filled universe. One possible reason for the apparent imbalance is a phenomenon called charge conjugation/parity violation (or CP violation for short).
If charge conjugation and parity were conserved, nature would treat particles and their antiversions, which carry the opposite electric charge and opposite value of a property called spin, alike. The Standard Model allows for a whiff of CP violation. But that is nowhere near enough of it to explain matter's cosmic dominance.
Last November an experiment called LHCb, which feeds off the world's biggest particle accelerator, the Large Hadron Collider (LHC) near Geneva, saw hints of excess CP violation beyond theorists' predictions. Now an experiment in America, known as CDF,has spotted something similar. It announced its results at a meeting in La Thuile, in Italy.
Like LHCb, CDF was looking at a subatomic species called mesons. These come in a variety of types, or flavours, each containing a quark and an antiquark. One flavour, known as D0-mesons, is composed of a charm quark and an up antiquark. Its antimatter twin, known as D0-bar, consists of a charm antiquark and an up quark. (A charm quark is a heavier cousin of the up quark which, together with down quarks, makes up the ordinary protons and neutrons found in atomic nuclei; lest things get too straightforward, the down quark is not simply an up antiquark.)
D0s and D0-bars are unstable and decay into other short-lived particles called pions and kaons. According to the Standard Model, D0-mesons and D0-bars should produce these in basically the same proportions. CDF has confirmed that they do not. 
The experiment has not been taking new data since its source of particles, an accelerator called the Tevatron at Fermilab, a big laboratory near Chicago, was shut down last September. But its boffins are busy crunching billions of as-yet-unanalysed collisions and have now looked at all those remaining which involve D0-mesons. They put the odds of the D0/D-bar discrepancy coming about by pure chance, something physicists have to reckon with in the probability-ruled world of quantum physics, at about one in 200. That is less than LHCb's result of one in 2,000, and well below the exacting standard of one in 3.5m required to claim discovery in particle physics. But it lends credence to the idea that CP violation is indeed lurking there.
It might yet emerge, however, that the findings do not in fact contradict the Standard Model. That is because, for complicated theoretical reasons that have to do with how the strong nuclear force works, calculating the expected number of different D-meson decays is notoriously tricky. Since until LHCb dropped its bombshell no one expected to see much in the way of CP violation in charm quarks, theorists have only recently got cracking on the difficult sums. They need more time to reach a firm conclusion.
Experimentalists aren't sitting idly by. Researchers at LHCb and others are looking for hints of CP violation which are unequivocally at odds with the Standard Model. They know that theory cannot be the last word in particle physics. Otherwise no one would be here to ponder the matter/antimatter conundrum.

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE (TODAVÍA)


Llegó marzo, aunque el glorioso día 
pareciera desmentirlo completamente.

Como si la intensa luminosidad, 
así como nuestro fuero interno
se negaran a reconocer la evidencia 
de que el verano apronta su retirada inminente
y las grandes olas que viene principalmente 
desde el oeste, aunque también desde el norte y el sur, 
por aire mar y tierra, nos inundarán 
y arrastrarán en su irrefrenable carrera, 
a más tardar cuando concluya este fin de semana.

Mientras tanto, contemplo 
los duraznos en el árbol,
las racimos colgando de la parra, 
los frutos del nogal que silenciosamente maduran
y cómo va cambiando el color de los tomates 
plantados en el huerto,  y se van enrojeciendo
día a día, así como se luce
el amarillo intenso de la flor del zapallo.

Recuerdo la expresión de mi hijo menor,  Benito, 
quien cuando era un niño todavía pequeño
ya había inventado su propio calendario de estaciones
soltando frases como: «Los árboles con fruta se llaman verano».

El cerro Manquehue se yergue majestuoso,
enmarcado por el brillo de las hojas del pimiento
y las tonalidades verde amarillas de la cordilínea
que se asoman desde mi ventana
y la flor de la lantana espera 
el regreso de los picaflores.

El verano siempre remitirá a mi infancia
-la luz de un estío mítico e interminable-
y también sus olores y sabores.

Ahora mismo estoy disfrutando
de unos exquisitos porotos granados 
perfumados con una hoja de albahaca,
y de unas tunas cosechadas ayer
y guardadas desde entonces
en el refrigerador para el postre de hoy.
(Aunque para muchos la fruta no es postre,
esta vez no hay sustituto mejor).

Eso sí, me siento como esos condenados
a los que se le concede el último deseo
antes de que llega la fatídica hora de la ejecución

Y así como llegará
el casi inevitable efecto colateral
de los porotos granados,  
marzo se nos aparece de pronto 
como los cañones de Navarone,
aquella película de hace medio siglo,
con Gregory Peck, David Niven y Anthony Quinn,
galardonada por sus efectos especiales,
o como Tobruk, protagonizada 
por Rock Hudson y George Peppard, 
para anunciarnos que ya es hora
de que los comandos vuelvan al frente de  batalla...

Preserving rare languages



Embracing the future

Modern technology can save languages as well as destroy them

Quick, remind me: how do you say “lights, camera, action”?
THE phrase “use it or lose it” applies to few things more forcefully than to obscure languages. A tongue that is not spoken will shrivel into extinction. If it is lucky, it may be preserved in a specialist lexicographer’s dictionary in the way that a dried specimen of a vanished butterfly lingers in a museum cabinet. If it is unlucky, it will disappear for ever into the memory hole that is unwritten history.
This is not a fate which appeals to K. David Harrison, of Swarthmore College in Pennsylvania. But Dr Harrison is an optimist. He believes information technology—something seen by many people as a threat to linguistic diversity—might actually turn out to be its saviour.
On the face of things, there are few more powerful forces for the extermination of languages than IT. The internet, in particular, looks like a threat. It spreads imperious, widely spoken tongues like English at the expense of more modest, local ones, as an introduced species of animal or plant drives out less robust natives. Dr Harrison, however, is helping speakers of threatened languages use IT to fight back.
He gave details of four projects, in India, Oregon, Papua New Guinea and Siberia. In some, remaining speakers of the local language numbered in the hundreds when the project began. In one, but a single individual truly knew the tongue.
The first task in each case was to create a talking dictionary that could be put onto the web, to which speakers and would-be speakers of the language then had access. This job itself illuminated the quirky way that technology spreads.
The two villages in Papua New Guinea which speak Matukar Panau, for example, were linked to the country’s electricity grid only in 2011, but almost immediately people there started using the internet and the dictionary Dr Harrison had helped to create. In Oregon, meanwhile, many now text each other in Siletz Dee-ni. This was the tongue that had only one fluent speaker at the beginning of the project, but with his help and that of a few others who had partial knowledge of the language, Dr Harrison and his team have built a talking dictionary containing 14,000 words.
Something similar will happen soon, they hope, in the part of north-eastern India where Koro-Aka is spoken. Here, people had mobile phones before drivable roads arrived and were thus familiar with the technology. Dr Harrison thinks that when the Koro-Aka dictionary is complete, texting in the language will take off rapidly.
The most advanced project of the four is in Tuva, in southern Siberia, where Russian is becoming the dominant language. A talking dictionary of Tuvan has existed since 2006. Apocryphally, natives of the Arctic have hundreds of words for different sorts of snow. But the Tuvans really do have dozens for the colours and patterns of goat fleeces. They also have three versions of the verb “to go”, whose correct usage depends on the direction of travel in relation to the direction of the local river’s current. All these and more are now available to Tuvan and non-Tuvan alike. Indeed, according to Dr Harrison, the worldwide nature of the web has spawned at least one long-distance relationship, between a Texan man and a Tuvan woman, conducted in her language.
What these projects have in common, and what is most likely to make them succeed, though, is not just the technology. It is that in each place there is an enthusiastic local who is wise enough to care about saving his heritage and young enough to see that this requires embracing modernity. Sometimes that has involved the enthusiast in clashes with tribal elders who want to keep the modern world at bay and preserve their cultures in aspic. But that will not work. In the words of Giuseppe Tomasi di Lampedusa, for everything to stay the same, everything must change. If it does not, everything will be lost.